La Reina de las Nieves
El espejo es un invento maravilloso, surgió seguramente del hábito de Narciso de mirarse en las tranquilas aguas de un lago helénico, o quizás cuando un hombre de la edad de los metales advirtió que el escudo guerrero no solo servía para protegerse en las batallas, sino también para arreglarse la barba, el bigote o el cabello, antes de irse a ver a la amada. Como se ve, no es únicamente un invento femenino, aunque luego se convirtió en objeto indispensable del ajuar de toda mujer.
Este es el caso de la Reina de las Nieves, una señora algo dura de carácter, cuyo Reino es un espacio congelado en el que siempre está cayendo nieve en cualquier estación del año. El Diablo en persona le había obsequiado un espejo a La Reina de las Nieves, por lo que, quizás, algunos piensan que el espejo es una invención diabólica. En el de esta Reina helada, las cosas buenas que se reflejaban, disminuían de tamaño, en cambio, las malas aumentaban y mostraban sus peores aspectos. Claro que este espejo era mágico, por haber sido forjado en los Infiernos y ser luego propiedad de una señora maligna, que sentía placer congelándolo todo a su paso.
La Reina solía prestar su espejo a decenas de demonios menores, que jugaban con él. Les encantaba reflejarse allí y advertir sus lados más feos, horribles para un buen observador, que a ellos les parecían de maravillas. Hay que advertir que también lo horrible puede ser real maravilloso. Unos se veían muy gruesos, enormes, inflados como globos, y otros muy delgados y estirados, como horquetas o como varas de tumbar gatos. Hacían muecas, se mofaban los unos de los otros, e incluso pasaban al interior del espejo y se perdían allí por pasadizos secretos, para nunca más regresar.
Lucifer y Belcebú estaban distantes de aquellos juegos especulares, porque en disonancia con sus respectivas dignidades de emperador y príncipe de los demonios, pero ya se veía a Astarot con el espejo en mano, mientras Lucifugo se lo arrebataba, para, en seguida, quitárselo Satanachia, y lo hacían llegar de un diablo a otro, como solaz de Agaliarept, Florety, Sargatanás, Nevaros y otros más, cuyos nombres no me acuerdo, todos igualmente malísimos. No se sabe bien si fue a Nevaros a quien se le resbaló de las manos, pero el caso es que el espejo se rompió en mil pedazos y cayó sobre la Humanidad, que se encontraba en ese momento debajo de una nevada.
Desafortunadamente, en un lugar de avalanchas cuyo nombre no puedo recordar, vivían dos niños llamados Hans y Gerta. Se amaban mucho, tenían muy bien cuidada la buhardilla donde residían, y salían de ella por una puertecita azul que daba a un balcón sobre un hermoso tejado, donde un bello rosal sembrado en una gran tina verde daba las rosas más radiosas de la comarca. En este sitio jugaban ambos, cuando Hans sintió un golpe profundo en el corazón: un pedacito del espejo del Diablo se le había colado allí. Desde ese momento, se convirtió en un golfo, se fue a mataperrear y a tirar piedras a locos y cuerdos, a amarrar a los gatos por las colas, a lanzar dardos contra los pajaritos que, pese al enorme frío que hacía en la aldea, trinaban en las ramas de los árboles callejeros para alegría de la población.
Un día en que Hans jugaba a meterle espinas de rosas por el hocico a un perrito recién nacido, en medio de la nieve espesa apareció una señora muy blanca y vestida de ese color, que lo invitó a montar con ella en su veloz carruaje. Se trataba de un lujoso coche de plata, lleno de diamantes, tapizado en nieve y con cortinas como copos. El niño enganchó su trineo al carro de la dama, y ambos salieron veloces hacia Parteninguna, capital del Reino de las Nieves. Antes de llegar a su Palacio, la señora se identificó: no era otra que la Reina de las Nieves, que estaba juntando los pedacitos de su espejo, para ver si los podía pegar. Para esto, necesitaba el corazón de Hans. Claro que no le dijo tal cosa, y el niño se sintió encantado con irse de visita a un sitio tan irreal como esplendoroso.
Como pasaban muchos días y Hans no regresaba, Gerta se puso a llorar al lado de las rosas de invierno, pero, oh maravilla, ellas le hablaron del siguiente modo: «--Gerta, no llores que te saldrán arrugas, Hans está vivo y lo único que tienes que hacer es salir a buscarlo». Así fue cómo Gerta se lanzó al mundo en busca de Hans, para lo cual puso en su mochila una cuerda, un lápiz philosophorum labial, una cámara fotográfica marca Paísdelasnieves, y un aria de Wagner en papel rosado.
El primer sitio que visitó, fue el jardín de una anciana que vivía sola y que invitó a Gerta a quedarse para siempre con ella. La niña rehusó, pero la anciana, que era bruja, le echó unos polvos que tuvieron el efecto de hacerle olvidar a Hans. Hasta que un día en el jardín floreció un pequeño rosal y Gerta volvió a recordar al niño. Como la casa no tenía puertas, sino solo túneles para entrar y salir, Gerta se escapó a través del más angosto, por donde la bruja no podía seguirla a causa de su gordura. Por el camino, se encontró con un cuervo parlante que le dijo: «--¿A dónde vas o a dónde piensas que vas?» Ella aprovechó para contarle la historia de su vida completa, pues era una niña muy locuaz debido a que había nacido bajo el signo de Piscis, y el cuervo le dijo que a lo mejor y hasta él conocía a Hans y sabía dónde estaba, lo que le causó un gran regocijo a Gerta, que sacó su cámara fotográfica y le hizo un flash precioso al cuervo. Agradecido por la fotografía, que guardó con sumo cuidado debajo de un ala, el cuervo le relató que el niño estaba prisionero de la Reina de las Nieves. Decidieron ir juntos hasta el Palacio de Parteninguna, y por una entrada secreta que el cuervo sabía de memoria, fueron a parar a la habitación principesca de un castillo prodigioso, cercano del Palacio Real.
En esto apareció una princesa vestida, claro está, muy de blanco y que poseía unos ojos brillantes como copos de nieve, la cual preguntó a la insólita pareja qué cosa hacían en su habitación privada. Gerta le dijo que sólo venían a traerle un regalo, sacó el lápiz philosophorum labial y se lo obsequió. La joven y bella dama se puso tan feliz que premió a la niña con una frase mágica: «Ziá, Ziá», que la hizo empequeñecer lo suficiente para montar sobre el cuervo y salir volando de allí.
Se desmontó en un bosque congelado, seguramente mágico, porque lo primero que le sucedió fue recuperar su tamaño normal, y luego de caminar solo unos pasos y ver desaparecer al cuervo, se encontró con una niña ladrona que llevaba la falda llena de objetos hurtados en diferentes sitios, a la cual Gerta le cayó de lo más bien. A cambio de que le contara toda su historia y le regalara una cuerda para atar el bulto de los objetos robados, la ladrona llamó a un ciervo encantado, hizo montar a la niña sobre su lomo, y resultó ser que el siervo había sido antiguamente uno de los que tiraban de la carroza de la Reina de las Nieves, a cuyo Palacio condujo de súbito a Gerta.
Era un enorme castillo de hielo. Gerta tocó a la puerta, pero quién ha visto que el hielo suene al ser tocado por alguien. El ciervo le recomendó que en lugar de tocar, gritara. Ella lo hizo, y por suerte en ese momento la Reina no se hallaba en casa. A pesar de que allí el viento hacía un ruido pasmoso cuando pasaba por las grietas del hielo del Palacio, Hans escuchó a Gerta aún sin reconocerla, le abrió la puerta y la asustó con su aspecto de bandido refrigerado. Gerta lloró tanto de la emoción, que una de sus cálidas lágrimas saltó directamente al corazón de Hans, quien de inmediato sintió salir el fragmento de espejo y volvió a ser el buen niño que había sido antes. Con mucho cuidado, ambos pusieron el fragmento sobre una suerte de mesa acristalada, para que la Reina de las Nieves lo encontrara y no los persiguiera, y escaparon sobre el ciervo hacia Sabediosquelugar, una pequeña aldea no encantada, algo distante del Palacio de Nieve. Contentos por escuchar tan rara historia, los aldeanos ayudaron a Hans y Gerta a llegar a su aldea natal, donde sus padres, que los creían muertos, hicieron una fiesta a la cual invitaron a todos los habitantes, quienes cantaron repetidas veces la complicadísima aria de Wagner de la página rosada. A partir de allí todos vivieron felices hasta la eternidad.
