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El Niágara de Heredia

Virgilio López Lemus, 21 de junio de 2010

Poema romántico por excelencia, el «Niágara», de José María Heredia se ha convertido también en paradigma antológico en Cuba. Cuando un poeta ofrece un texto excepcional, suele decirse: ése es su «Niágara». No todos los poetas lo logran. Y a veces nos preguntamos por qué este poema herediano salta de su estilo quizás enfático y hasta pudiera parecer grandilocuente, para ganar vigencia, actualidad. ¿Sólo por su anhelo de ver las palmas cubanas frente al fragor del agua? ¿Sólo por ese sentido patrio y el declamado anhelo de libertad ante el torrente?

No, no solamente. A casi doscientos años de su escritura, sigue siendo un texto disfrutable, si bien su lectura se va ciñendo más a sus dos líneas principales de contenido: la situación existencial del poeta y la nostalgia por la patria distante. Es una oda organizada en forma de silva, con ciento cuarenta versos en combinaciones de endecasílabos y heptasílabos, la mayor parte de los cuales son endecasílabos de ritmo mixto, con alguna mayor presencia del heroico. El poeta realiza una invocación, supuestamente a las Musas: «Templad mi lira, dádmela…», y se refiere a su anterior alejamiento de la escritura para, en rápido apóstrofe, establecer un diálogo con el torrente inspirador, personificando el fragor de la catarata con una situación equivalente a la suya propia: «al despeñarse el huracán furioso, / al retumbar sobre mi frente el rayo». Mudo hasta entonces, sólo el torrente le hace cantar.

En lo sucesivo, el poema describe serenidades en el río, furia en la cascada, y sensaciones semejantes en el poeta, de modo que la naturaleza y el hombre se corresponden, sufren, se expresan. En el momento cimero de la descripción, el poema acude a una fuerte presencia verbal: «!Ved!!Llegan, saltan!», y junto al frenesí queda tiempo para advertir el mundo en torno, pues tanto sonido tremendo: «al solitario cazador espanta». Ese es el instante en que Heredia mira a lo lejos, se abstrae, salta su mente del sitio donde se encuentra sumido en meditación ante el torrente, para emitir los ocho versos más famosos de la oda:

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
Con inútil afán? ¿Por qué no miro
Alrededor de tu caverna inmensa
Las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas,
Que en las llanuras de mi ardiente patria
Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
Y al soplo del las brisas del Océano,
Bajo un cielo purísimo se mecen.

La evocación de la patria distante trae al poeta unos minutos de calma, de recuerdo inefable, de paz. No es una estación de paso en su preocupación, pues unos versos más adelante cambia su diálogo con el torrente para dirigirse a Dios, y denunciar ante Él los «monstruos execrables», desoladores, atizadores de guerras fraticidas, y a mentidos filósofos, todos los cuales ofrecen al conjunto de versos una suerte de pequeño Infierno dantesco. El poeta siente la voz de Dios en el torrente, y vuelve a observar las cataratas como metaforización, o mejor, como emblema, o mejor aun como alegoría del mundo, por el que corre «el torrente oscuro de los siglos». El poema se torna metafísico, la pena domina al cantor del Niágara, quien de pronto siente «soledad y mísero abandono / y lamentable desamor». Es un momento de angustia central para el poeta que se advierte sin mujer (a la que idealiza en unos versos de tono petrarquista, no de amada ausente, sino de mujer anhelada), pero también «sin patria». Como un paria, como un hombre sin asidero, observa la caída tumultuosa del agua como paradigma de la eternidad, en tanto él, efímero, se despide, se va hacia la muerte, hacia la consumación de la finitud de su vida: «¡Pueda piadoso / viéndote algún viajero, / dar un suspiro a la memoria mía».

En 1992, tres poetas cubanos de paso por Toronto, hicimos la obligada peregrinación al sitio, donde una discreta tarja recuerda la estancia en Niágara Fox del gran poeta. Linda Grovotsky, esposa de Heriberto Pagés, nos condujo (junto a este amigo ya residente en la gran ciudad canadiense) a José Pérez Olivares y a mí mismo a las márgenes del Niágara. El torrente nos dejó mudos, absortos, las palabras limpias que dijimos fueron a la memoria de Heredia. Veíamos la catarata mayor del lado canadiense, en tanto nos desafiaba la vista la otra orilla, el lado norteamericano vedado para nosotros, al menos para Olivares y para mí, cubanos residentes en la Isla. Era una frontera plena de cascadas menores, un precipicio de indudable belleza retadora. Por entonces, todos pasábamos la edad en que José María Heredia había llegado hasta allí. Nuestra reacción fue otra, diferente, marcada por las vivencias de nuestro tiempo, y no sentimos en el revuelo de las aguas, en el rugido y la caída, el efecto metafísico que aprehendiera el poeta romántico. Quedé un rato solo en el lapso en que mis amigos se fueron a desayunar, caminé intensamente las márgenes canadienses, observé la conjunción de cataratas, miré al detalle cada roca, volví a leer la placa herediana, tomé una piedra y la lancé al abismo, pero de pronto observé en sitio recoleto, al otro lado de la gran cascada donde las aguas del salto pasaban con menos fragor, la figura de una blanca faz, como un dibujo de la muerte, como una calavera. Me asustó un poco aquella visión, se la señalé a mis amigos de regreso, estuvimos allí un rato más bajo una fina llovizna, el viento estaba cada vez más fuerte y el frío de noviembre se intensificaba. Entonces nos fuimos, dejábamos a nuestras espaldas la eternidad herediana, el recuerdo suspirante del poeta que osó querer ver allí palmas imposibles. Antes de marcharnos definitivamente, exclamamos: «Las palmas, ¡ay! Las palmas deliciosas!», ¿qué más podíamos decir? El recuerdo de Heredia quedó ligado a nuestra propia memoria del gran torrente, ahora ya fijo detrás de nosotros, en una fotografía.

 
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