Panchito Pérez Guzmán, un hombre que se forjó a sí mismo
Cuando se le entregó, en la sala Nicolás Guillén, de la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, durante las actividades de la Feria Internacional del Libro, el Premio Nacional de Ciencias Sociales a Francisco (Panchito) Pérez Guzmán , no podía imaginarse, que, solo unos meses más tarde, fallecería este hombre, laborioso y humilde, que con voluntad y esfuerzo, se forjó a sí mismo dentro del universo intelectual cubano.
En sus 65 años de existencia nos legó un amplio registro de sus investigaciones, estudios y obras, dentro de la disciplina de la Historia, que tuvo y tiene en él uno de sus más agudos y penetrantes cultivadores, alguien que jamás olvidó sus raíces y que, desde su natal Güira de Melena, no solo se dedicó, en su adolescencia, a la lucha revolucionaria y las actividades clandestinas frente al Batistato, sino que hizo del estudio de la historia, una vía de conocimiento y de enriquecimiento humanos, no una letra muerta, aunque desde su niñez parecía —según afirman sus biógrafos— inclinado al ejercicio del deporte, desde la condición de cronista de esa esfera de la vida.
Panchito fue un periodista de fibra, además de un excelente escritor, con dotes en la comunicación, dentro de la disciplina de las Ciencias Sociales, virtud no siempre alcanzada por otros especialistas.
Fue la lectura, el deseo de saber, la voraz apetencia de información y de cultura, el medio para enrumbar en los estudios académicos, partiendo desde los grados de la enseñanza primaria y secundaria, hasta el nivel universitario y donde se convierte, como legítima expresión de su modestia y laboriosidad en Doctor en Ciencias Históricas y miembro del colectivo del Instituto de Historia de Cuba.
Comprometido con las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y becado en la República Popular China, parecía que Panchito sería un magnífico piloto…y así llegó a ser “profesor de motor y fuselaje de Mig-15, en la escuela de especialistas menores de Barbosa”, mientras se adentraba, desde el ejercicio de sus responsabilidades militares, en otras exploraciones, que culminaron en un libro como La Guerra en La Habana (1974). Y es que, aquel joven vinculado al aire, aterrizó entre las páginas de la revista Verde Olivo, órgano de prensa, en el que trabajó durante toda una década, desde 1973 a 1983, al tiempo, que elevaba su formación académica y podía, al pasar a la vida civil, ingresar a la Academia de Ciencias de Cuba y dedicarse, desde ese tiempo a la Historia, disciplina que ocuparía todo su tiempo.
Dentro del plano científico, aquel campesino ascendió al Doctorado en Ciencias Históricas, convirtiéndose también en Profesor Titular Adjunto de la Universidad de La Habana y del Instituto Superior Pedagógico Rubén Martínez Villena, así como en Investigador Titular del Instituto de Historia de Cuba y miembro de la Asociación de Historiadores de Cuba, de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC) y del Comité Nacional del Seminario de Estudios Martianos, relacionado, como muchos de los miembros de su generación, a la vida y la obra del Apóstol.
Panchito Pérez Guzmán tuvo su «universidad» en las salas de la Biblioteca Nacional José Martí, y entre los maestros, que allí laboraban, estaba la también Premio Nacional de Ciencias Sociales, Zoila Lapique. Aprendió, precisamente, que para ser historiador, había que ir a la semilla y, tambièn, entregarse a la búsqueda, análisis y divulgación. Era muy abierto al intercambio de experiencia y de ideas con sus colegas y amigos, y cuanto iba descubriendo en sus investigaciones.
Por eso fue a España y buceó, virtualmente, en el Real Archivo de Indias, tras las huellas de Cuba y de su historia, así como enriqueció sus teorías e hipótesis con otros especialistas, en los encuentros de historiadores latinoamericanos, a los que asistió en varios países como Venezuela, México, Bulgaria y Cuba, al tiempo que se entregaba — dentro de sus amplias y plurales líneas temáticas— al estudio del pensamiento latinoamericano, de próceres, como Bolívar y de alguien, que fue una brújula para su obra, el Generalísimo Máximo Gómez, aquel cubanísimo héroe dominicano.
Desde los años 70, Francisco Pérez Guzmán, de manera callada, pero sistémica ( desde antes de licenciarse como historiador), fue dejando la muestra de su vocación y la agudeza de su labor investigativa, subrayando su sapiencia y dominio, en especial de los temas militares, en el proceso de las tres guerras de independencia cubanas, dejando más de una docena de libros, cientos de artículos y ensayos en la prensa, tanto en la divulgación entre públicos lectores heterogéneos, a los que sabía llegar con sus conocimientos y buena escritura de la historia, como en revistas especializadas.
En su bibliografía podemos encontrar títulos como La Guerra en La Habana (1974), La Batalla de las Guásimas (1975), La Guerra Chiquita: una experiencia necesaria (1982, Premio de la Crítica), El 180 en el Frente Este (1986), Máximo Gómez. La Guerra de Liberación (1986), Bolívar y la independencia de Cuba (1987), La aventura cubana de Cristóbal Colón (1992, Premio de la Crítica), La Habana, clave de un imperio (1997), Herida Profunda (1998) y Radiografía del Ejército Libertador (2005), entre otros.
También, y en el rubro de los reconocimientos, Panchito recibió varios, como el Premio del Concurso 26 de Julio de las FAR (1979, 1983), el Premio Nacional de Historia (2005) y el Premio de la Crítica (1982), a los que se sumó el Premio Nacional de Ciencias Sociales correspondiente al 2005, que se le entregó en el 2006, otorgado por la obra de toda una vida, por decisión unánime del jurado, antes de que falleciera en la capital cubana, tempranamente, el veinte y uno de mayo de 2006, cuando tenía numerosos proyectos que realizar y estaba siempre ávido de nuevos retos, como expresión de esa suerte de heroísmo intelectual, que lo llevaba siempre, a mayores y más complejas investigaciones.
