Esquela a modo de preámbulo desde un personaje a otro o Carta-prólogo de María E a Nicanor
Querido amigo:
No te imaginas la alegría que me produce volver a encontrarte. Aunque estemos separados literariamente, es mentira eso de que las almas que se han querido cuando se alejan no vuelven más. En algún momento de nuestras vidas (esas que arrastramos por papeles), estaremos juntos en un cuento y al fin lograré desplazar a tu Ana. Porque de que nos queremos, espero no te quepa duda. El hecho de que seas bastante mayor que yo (más viejo, sin ofender) no es óbice para el cariño que siento por ti, y que espero sea correspondido. Tengo la sospecha de que así es, porque de lo contrario no veo sentido a que le hayas solicitado a Laidi Fernández de Juan, la autora de mi existencia, las palabras de presentación a este nuevo libro, en el que apareces más o menos veinte y seis veces.
Rectifico: No fuiste tú quien hizo la petición, sino el petulante de Eduardo del Llano (ese hombrecillo que posa por ser tu creador).
Y que tuvo el atrevimiento de omitirte en más o menos cuatro de los cuentos de este libro. Siento la misma indignación por este hecho que por el inexplicable cariño que tienes hacia mi amiga Brígida Sepúlveda. Sin embargo, hoy no voy a atormentarte con eso. Pero sí con lo otro. ¿Es que no has aprendido a defenderte como personaje ilustre que eres?
Tú, que debes estar acostumbrado a la fama, a que te manipule tu dueño como el gran Nicanorblástico que es, a salir en pantallas de todos los tamaños bajo la piel de otro hombre (buenísimo actor, me ha contado mi ama), ¿cómo permites la infamia de ser irrespetuosamente obviado en los cuentos “Yeni y Omarito”, “Pecadores”, “Mecánica aplicada” y en “Los Beatles”?
Que no se diga, Nicanor.
Tú, que en este libro saltas de ser chofer a cosmonauta frustrado, de periodista a náufrago que acaba por ser devorado por un escualo que más tarde se deja capturar y es servido en un restorán de nombre “El sinsabor”, debiste tener más coraje.
A ver, ¿cómo soportaste que Eduardo te convirtiera en novelista en una de las narraciones, sabiendo el desasosiego que te esperaba? ¿Cómo golpeaste a tantos artistas cuando fuiste obrero de un taller de refrigeración en “Los enanos de Bergman”?
¿Dónde se ha visto que un ingeniero electrónico una vez, se convierta en ayudante de carpintería más tarde y descubra un túnel entre un punto de Madrid y la acera de enfrente al Capitolio habanero?
Todo eso, y mucho más aparece en este libro, sin resistencia alguna por parte tuya. Pero en aras de seguir existiendo, perdono tu debilidad. Después de todo, no somos dueños de nuestros destinos. De personaje a personaje, te tiendo la mano. Pero, insisto, yo, María E, hubiera pataleado hasta el infinito si encima de tantas humillaciones (por ejemplo, en una de esas eres el Doctor O Donnell, psicoterapeuta especializado en relaciones maritales, y vives un tiempo en casa de una pareja de potenciales asesinos), resulta que soy ignorada.
Cuando entré en este libro (a través de los ojos de la escritora que me dio origen, ¿de qué otra forma si no?), además de reírme de forma espontánea y solidaria cada vez que tropezaba contigo, descubrí varias cosas:
Que, como ya te dije, no estás en más o menos cuatro cuentos; que Ana, además de reaparecer como tu esposa, es a veces secretaria del sindicato de una empresa y, al mismo tiempo, Jefa del departamento de diseño, casi siempre linda (llega a ser comparada con Kim Basinger, qué mentira tan grande) y que Rodríguez está cada vez peor, pobre hombre.
Lo mismo es un nuevo rico que un ingeniero en Riego y Drenaje, camarógrafo a veces y otras un simple gordo halitósico que realiza un viaje a Cuba en un santiamén. A ese también lo vapulea Eduardo del Llano, pero me importa menos, la verdad sea dicha.
Y ya que menciono la palabra verdad, debo añadir que en algunos de los cuentos del llamado Libro segundo, hablas como un español, y eso me desconcertó un poco. Porque te reconocí más rápido en el anterior, en el Libro primero, donde eres el Nicanor que yo recordaba.
Compréndeme, Nick: No es fácil que de pronto salga de tu boca algo como “donde los haya”, “follar” o “un pelín”.
Menos mal que, como te dije al principio, estás de vuelta en la antigua esperanza y vuelves a decirnos cosas entrañables como “cuarto de pollo”, “piñazo” y “bola de artistas”. Así me gustas más.
Ahora mismo te imagino frunciendo el ceño al leer estas peregrinas páginas. Porque no eres de los que aceptan la más mínima crítica, te conozco muy bien. Intentarás decirme que no te fastidie con insinuaciones mal intencionadas acerca de tu viaje, y que es natural que hayas adquirido matices en tu forma de hablar.
No empieces, Nicanor. No armes una tormenta cerebral por mis comentarios. Fue sólo un señalamiento con ánimo constructivo, y ya debes estar acostumbrado.
Nunca pretenderé lastimar ni con el pétalo de una rosa tu amor propio, que es, como sabemos todos, mucho más grande que la viga en el ojo ajeno. Por ejemplo, en uno de los ojos de Rodríguez. Por cierto, en un cuento del Libro Segundo titulado justamente así: “Amor propio”, llegas al non plus ultra de tu super ego.
Y te felicito por ello. Te casas contigo mismo, bravo.
Ya la insoportable Ana empieza a perder protagonismo, y eso, aunque parezca un disparate, me confiere una brizna de esperanza. Fue delicioso que N. Alberto O Donnell se enamorara de Nicanor A. O Donnell.
¿Se trata de un acto de narcisismo viajando en carro blindado? Tal vez. Pero maravilloso, sin duda.
En fin, celebro muchísimo este re encuentro de hoy, me encanta que estés al alcance de mí, y te deseo una larga existencia. Aunque Eduardo del Llano cometa el sacrilegio de omitirte a ratos, estoy convencida de que Laidi Fernández seguirá persiguiendo tus peripecias, y ten por seguro de que a mí, a Maria E, le fascina que no acabes de entender que ya es hora de que te comportes con la madurez de una persona mayor.
Bienvenido a casa.
Te abraza, siempre con fervor,
María E.
