Invitación al sediento lector

La reciente publicación en Cuba de la antología Ser sed1, de Rodolfo Alonso , acerca al público lector cubano a una de las voces esenciales de la poesía argentina. Como un amigo que debimos conocer hace muchísimo tiempo, él nos ha estado esperando en Buenos Aires. Allí nació en 1934, fruto de un matrimonio de inmigrantes gallegos. Tempranamente, Alonso hizo suyas las palabras de Tristan Tzara, «la poesía es una manera de vivir», y se convirtió, al filo de los 17 años, en el miembro más joven de la célebre revista Poesía Buenos Aires (1950-1960). Casi adolescente publicó su primer libro de poemas, Salud o nada (1954) al que le han sucedido más de veinte, desde entonces, quince de ellos están representados en Ser sed. En la década siguiente, su nombre figura en dos exigentes antologías: Poesía argentina (Instituto Di Tella, Buenos Aires, 1963) y Antología consultada de la joven poesía argentina (Fabril Editora, Buenos Aires, 1968); lo acompañaron Raúl Gustavo Aguirre, Edgar Bayley, Alberto Girri, Julio Llinás, Francisco Madariaga, Enrique Molina, H. A. Murena, Olga Orozco, Aldo Pellegrini, Alejandra Pizarnik, María Elena Walsh, Juan Gelman, entre otros.
Desde ese centro irradiante, la poesía, Rodolfo Alonso se involucra en un cosmos que incluye ensayo, traducción, edición, narrativa y periodismo. Ha confesado su obsesión de ser tan fiel a la más exigente poesía, a compartirla con sus semejantes y que, en esa doble ambición, surgieron tanto poemas, traducciones, reflexiones y ensayos; y también, una inclinación por la comunicación, por la difusión, siempre en relación con la cultura o el arte. Las referencias a su obra destacan, además de su jerarquía poética, su contribución –como traductor al español– al conocimiento de Pessoa, Pavese, Montale, Drummond de Andrade, Baudelaire, Mallarmé, Apollinaire, Valéry, Prévert, Ungaretti, Éluard, Murilo Mendes, Pasolini, Manuel Bandeiras y Rosalía de Castro.
La poesía de Rodolfo Alonso se alimenta de todas las voces que su creador ha escuchado, savia nutriente incorporada y expresada, de–vuelta, a su particular manera. Él ha estado atento, vigilando «dónde encontrar la voz errante/ la voz temible y ágil que ilumina la sangre»; sabiendo que «su sonido es agua en el camino/ el resto tiempo y gracia». Tiempo y gracia no le han faltado a Rodolfo Alonso, gracias a Dios, aunque haya dicho: «Realmente/ no he venido a la tierra/ más que a oír ese canto del viento/ entre las altas hojas/ y pasar como él». En este libro están recogidos los muy diversos tonos de ese silbido; el sonido y sentido de un poeta fiel a su credo: «Yo quiero ser/ de lo que llevo dentro/ de lo que estalla/ afuera.»
Ser sed es un privilegio, porque permite saborear, tomarle el gusto de salto en salto, a una obra extensa. Luego, esta antología es, a su modo, como una novela, o un filme, la representación de un universo, de la parte por el todo. Y el lector, al beber estos poemas, sentirá el frescor abrasante de las palabras que lo obligarán a seguir la pista de todo el manantial, para calmar su sed por la obra de Rodolfo Alonso.
A propósito de su nueva antología, conversamos a distancia con el poeta. Las líneas que siguen son el resultado de ese diálogo.
Rodolfo, ¿qué clave lo guió para seleccionar los poemas de esta antología?, ¿cuál sería la identidad de este libro?
Siempre fue difícil proponerse una antología poética. Ya en tiempos idos, menos injustos con el género, entre bromas y veras Juan Ramón Jiménez pudo bautizarlas cabalmente (comenzando por la suya) como “antojolías”. Porque nunca dejará de manifestarse en el antólogo lo que Einstein descubriera para la observación científica: el punto de vista jamás será objetivo ya que incluye, en forma ineludible, la perspectiva del propio espectador. Pero (aunque nada menos que Paul Éluard haya podido afirmar que «la mejor antología de poemas es la que se hace para uno mismo»), estas acechanzas se modifican, si es que no se acentúan, en el caso de que la antología en cuestión sea la propia, la de uno. Yo me descubrí escribiendo muy joven, casi niño, y hasta hoy puedo decir que siempre la poesía me ocurrió, que nunca me «propuse» escribir un poema. Cada uno de ellos, cuando está logrado, es un ser vivo, autónomo, de lenguaje, con su propio organismo y su propia respiración. En términos generales, los reúno siempre en forma cronológica, y casi siempre fechados en el índice, lo que me parece ubica a cada poema en un contexto, en un tiempo, en una época, que puede ser tan personal como colectiva; y supongo que sobre ese fondo histórico (repito, ya sea de vida propia, como de alcance nacional y hasta planetario) deberían ser leídos. Aunque no siempre lo involucren, digamos de manera explícita.
Alguien ha podido comentarme que son más o menos los mismos los poemas que suelo convocar en mis antologías. Pero, ¿qué puedo hacerle si son los que más me tocan o los que me parecen más enteros, más cabales, más orgánicamente autónomos? No es por comodidad, sino por justicia (y la justicia, en poesía, es el oído, insobornable y último juez), que muchas veces se reiteran los mismos poemas.
Esta bienvenida y entrañable antología cubana, Ser sed, que tanto me colma de honor y de alegría, es la de mayor tamaño que me han publicado hasta ahora. Aquí han tenido cabida poemas que no se encontrarán en mis selecciones anteriores. Y de algún modo, ése también es mi homenaje a los devotos y exigentes lectores cubanos.
Alguna vez ha dicho que es una enorme alegría para usted ser leído fuera de su país, principalmente en Latinoamérica y España. A las ediciones de su obra en Venezuela, México, Colombia, Brasil, ahora se agregó Cuba. ¿Quiere comentar al respecto?
Hijo mayor de inmigrantes gallegos, de infancia bilingüe, soy el primero de los míos que nace en Buenos Aires, y de niño me tocó descubrir por mi propia cuenta, sin que nadie estuviera en condiciones de ayudarme, las pautas de comportamiento para vivir (o sobrevivir) en una metrópoli casi babélica. Pero ya de niño también intuí, espontáneamente, sentí infuso en mí no sólo que empezaba a ser argentino sino también latinoamericano. Y ese sentimiento incluyó no sólo a todos los países hermanos de habla castellana sino también, siempre, desde muy temprano, al inmenso Brasil, que es prácticamente la mitad de nuestro continente. No sólo por la lengua común (claro que con sus riquísimos y fecundos matices de sonido y sentido para cada uno), siempre me sentí en América Latina casi como en casa, siempre me sentí en mi propia casa. Y el destino quiso que eso fuera sucediendo, no sólo mediante viajes, que comenzaron por el propio interior de mi país y se expandieron, luego, por otros muchos lugares entrañables de nuestro continente. Comenzar a ser leído por primera vez en Cuba, entonces, es algo así como una culminación, y una metáfora. Si el caudaloso idioma que hablan los brasileños, claro que dándole una extraordinaria musicalidad, tiene los mismos orígenes de la lengua que hablaban mis padres gallegos, aquel galaico-portugués que, en la Edad Media dio origen a uno de los momentos más altos de la lírica occidental, los indelebles trovadores, durante mucho tiempo La Habana y Buenos Aires fueron los dos destinos más importantes que atraían a aquellos inmigrantes gallegos de los cuales provengo.
Pero no sólo eso, en Cuba y en Brasil se mantiene viva una extraordinaria creatividad popular, en la musicalidad del habla y en el fecundo lenguaje de su música, en la riqueza de un oído que ya dije considero esencial para la auténtica poesía. Como bien aludió el poeta inglés W. H. Auden, nunca hubo una gran poesía, por elitista, culterana o elaborada que pareciera, que no estuviera misteriosamente ligada, unida a veces, por ocultos meandros, con una gran lengua viva hablada por una comunidad. Eso es lo que me hace sentir esta enorme emoción y también esta enorme responsabilidad de ser leído por lectores cubanos.
Ser sed se inicia con poemas de la primera juventud, casi la adolescencia, en uno de los cuales dice: «sé cuánto pesa la esperanza», y concluye con un poema muy cercano a Vallejo donde declara: «Hubo un tiempo en que había/ olores de esperanza./ Hoy es haber perdido/ lo que ayer fue mañana./ Hubo. Ya no hay. Ni aquellos/ que nos soñaban/ hoy se dejan soñar.» ¿Ya no piensa, que «la mirada sangrante/ hace la luz del día»? ¿Es que piensa que el mundo era una ilusión, un sueño, un sueño de «lo que se podría ver si la ventana se abriese», como dice su querido Pessoa?
Por un lado, he llegado con los años a la intuición de que el lenguaje es ambiguo, polisémico sin duda. Especialmente en poesía, nunca me pareció que el sentido era uno solo, que había un único mensaje. Las palabras, me descubrí diciendo alguna vez, son aproximativas. En el doble –y magníficamente ejemplar– sentido de que, por un lado, nunca podrán colmarse totalmente de su significado, de que resultan instrumentos casi orgánicamente imprecisos pero, a pesar de eso, y quizá también por eso mismo, por el ansia que simultáneamente implican de colmar esa carencia, las palabras pueden servir asimismo para aproximarnos entre nosotros. Lo que todavía seguimos llamando poema quizás extraiga (a mi modesto entender) sus posibilidades de aquella imperfección probablemente congénita, obtiene su riqueza de aquella pobreza, el relámpago de su iluminadora intensidad –cuando se logra– de aquella ambigüedad, de aquella oscuridad de los orígenes, e insiste en ofrecérselo a los otros, en volver esa luz disponible, en ponerla al alcance. Hija, como vimos, de la imposibilidad del lenguaje humano para decirlo todo nítidamente, la poesía escrita intenta, sin embargo, decirlo todo, totalmente.
Con respecto a esta pregunta, de ninguna manera pienso que pueda entenderse como obligatorio el hecho de que un autor reflexione teóricamente sobre su propia obra o la de otros. Pero creo también, sinceramente, que nadie puede sustituir como teórico al auténtico creador cuando se lanza a reflexionar. En esto, sin duda, volvemos a lo que ya afirmaba Charles Baudelaire: ningún crítico llegará a ser poeta, pero todo poeta esconde a un crítico. Como naciones, como culturas, nos conviene que aflore urgentemente la mayor cantidad posible del pensamiento crítico que hay sin duda dentro de los poetas y de los artistas latinoamericanos.
Rodolfo, ¿cómo ha podido usted modular y hacer suyo lo que viene de afuera junto a lo que sonaba dentro?
A mí también me gustaría saberlo. Es algo que se me dio. Pero no puedo explicarlo, explicitarlo, definirlo. Ni siquiera podría intentarlo, si lo pienso, pero por otro lado quizá podría llegar a hablar semanas y hasta meses sobre el asunto. Acaso sea debido a la inestable relación entre una timidez casi orgánica y, al mismo tiempo, un ansia insobornable de fraternidad libremente ejercida. Tal vez sea imposible saberlo. Pero es algo que se me dio sin proponérmelo, insisto, algo que me ocurrió y que aún me ocurre. Una de las cosas que en mis estudios secundarios fue un descubrimiento y que nunca olvidé, es una cita del hoy injustamente postergado filósofo Edmund Husserl: «La evidencia es la vivencia de la verdad». Un gran poema logrado, una lograda gran obra de arte, siento que siguen siendo eso para mí: una evidencia.
En 1966 Octavio Paz escribió (en el prólogo de la célebre antología Poesía en movimiento): «No hay una poesía argentina, mexicana o venezolana: hay una poesía hispanoamericana o, más exactamente, una tradición y un estilo hispanoamericanos.» Más de cincuenta años después, ¿cuánto se habrá modificado ese estilo?, ¿percibe usted un sonido y un sentido reconocible en la poesía hispanoamericana de ahora?
Generalizar siempre es riesgoso, y hasta puede derivar en lo vacuo, en lo superficial. ¿Quién puede afirmar que se encuentra en condiciones, cuando más estadísticas, de haber leído todo –o aún suficientemente– lo que se produce en nuestro maravilloso e infausto continente? ¿Quién podría aseverar que conoce toda la poesía latinoamericana? Digamos, cuando menos, que en un momento de, por lo general, crasa lasitud y opaca anomia para la poesía occidental contemporánea, por contraposición el fervor y el hervor de nuestro continente se hacen palpables más en una ausencia, en la conciencia de una carencia, en la herida que es la poesía posible y que nos falta, revelados quizá por lo mucho que se escribe poesía entre nosotros.
Hay una verdadera epidemia de autores, pero me temo también que falte el criterio del valor. Como ya dije alguna vez, quizá el sentido de la presencia evidente de una poesía latinoamericana contemporánea sea este: representar amplios estados de ánimo colectivos antes que limitarse a algunas pocas cimas significativas. Al mismo tiempo, todo hace suponer que ciertos mitos acerca del poeta se han derrumbando, lenta o aceleradamente. Ni ángeles caídos ni profetas redentores, los mejores entre los poetas latinoamericanos se han ido redescubriendo en la oscura selva viva del lenguaje, que no es distinta a la oscura selva viva del corazón humano y de la mismísima e incontrastable realidad.
Abrumados por esa desmedida cuando no asoladora realidad (hoy casi globalmente banalizada por la sociedad del espectáculo), orgullosos de una estirpe que sin embargo no tiene ahora curso legal, dueños y a la vez deudores ante el mundo, hubo sin duda poetas recientes en Latinoamérica que ya nos han dejado su señal. De la magnitud o de la persistencia de su brillo, de su resplandor en el mejor de los casos, del alimento de su luz o del alcance de su luz, también seremos todos un poquito responsables.
Por enésima vez, digamos que la poesía no describe ni enuncia, que el poema es. En primer lugar, entonces, volvamos a la obra. La poesía escrita tiene una praxis concreta que no es otra, por supuesto, que el texto. Toda opinión, todo prejuicio, debe ser sostenido con la alusión al texto que lo avale. No es por los servicios prestados a una u otra causa, por los favores conquistados o los halagos merecidos, que debe ser juzgada una obra. Aunque ella tenga también su vida propia, como organismo histórico, social y cultural, debemos esforzarnos en apreciarla ante todo como texto: es allí, en el desafío del lenguaje, donde todo valor y todo sentido han de encararse como evidencia para merecerse.
¿Cómo evitarse decir que quisiéramos que el poeta fuera capaz con su trabajo de realizarse como persona y de ayudar a todos sus hermanos, de enunciar la palabra necesaria, imprescindible y única, la palabra a la vez tan íntima y secreta, húmeda todavía del silencio de los orígenes, emergiendo en una orilla virgen del universo, y a la vez general, compartida, fraterna, solidaria, no tan sólo ofrecida sino también aceptada por los otros, que entonces la harían suya y le darían destino, aunque ese destino fuera el no poco glorioso de volverse saludablemente anónima, ya sin autor ni tiempo, encarnada en el fluir mismo de la vida y de lo humano? Ni traicionarse, pues, ni traicionar a los otros; y además, no traicionar la propia lengua, el propio idioma, el sonido que uno ha venido a traer al mundo. Y ser la especie, tan bellamente bárbara e intuitiva como trágicamente condicionada por las culturas que se ha hecho o le han impuesto. Y ser la esperanza de un mañana mejor, la luz de la utopía sin la cual no merece la pena vivir. Y ser también, al mismo tiempo, la conciencia de nuestra irrisoria pero desmedida condición. Lo que somos, lo que podríamos ser, quizá lo que seremos. Pero bien sabemos que, por ahora, la única gloria honestamente deseable, ya no es siquiera ni la de vivir en el corazón de los otros, de algún otro, sino más humilde y sabiamente el honor y el placer, la angustia y la ansiedad de haber escrito, de haber sido capaz del poema, que por nosotros circuló y ahora está vivo, fragante y tibio, latente carne de lenguaje, recién amanecido, temblorosamente inclinado, tendido, hacia los otros, hipócritas o no, semejantes, hermanos.
Ser sed contiene la evidencia incontestable de la palabra encarnada, de la voz íntima y secreta de un hombre que derrama su poesía como la lluvia y que luego de más de medio siglo de ejercicio poético declara:
Te doy lo que me dieron
aquel sagrado olor
a la tierra mojada,
y esa voz que es el viento
entre las ramas altas.
Devuelvo lo que tuve:
los árboles hermanos,
las flores que modula
la niebla, el grillo, el pájaro
cantando en la garúa.
Ni herencia, ni legado.
Sólo pasión y tiempo.
La intensa vida, el aire,
la mañana radiante
y cielos en los ojos.
No nos llevamos nada.
¿Es que lo merecimos?
La llama del instante,
colores en el sol,
el crepúsculo juntos.
El fuego de la hoguera
donde vamos ardiendo.
¿Y veo lo que me ve?
En el momento justo,
el liso resplandor,
del neto mediodía
sobre una mesa blanca
y frutas entonadas
como parientes próximos:
la luz, la gama, el iris,
limones como bananas
y la manzana verde.
En la lluvia cabemos,
instantáneos de pronto,
íntimos y gregarios,
cercanos y distantes.
La lluvia es nuestro templo.
La canción evidente,
la palabra encarnada,
lo que llegó de afuera
Porque sonaba dentro.
¿O es que no somos, lengua?
Y el fuego de la especie,
horizonte y pasado.
(«Dones para donar», Inéditos [2003-2005], pp 177-178)
1Rodolfo Alonso: Ser sed. 150 poemas escogidos. Ed. Arte y Literatura, La Habana, 2009.
