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La Cátedra en llamas

Ricardo Riverón Rojas, 24 de junio de 2010

Cumplo el viejo anhelo de recopilar —aún de manera incompleta— algunas de las simpáticas anécdotas cuyo escenario y protagonistas son, respectivamente, el ámbito académico universitario y sus distinguidos profesores y alumnos.

Uno de los medios donde las transformaciones revolucionarias se manifestaron de manera más rápida y radical, fue el de las universidades. Estas, una vez concretado el triunfo, recibieron en sus aulas un nutrido grupo de personas procedentes de las capas populares reivindicadas por el programa revolucionario. De esa forma se produjo, paulatinamente, el «desestiramiento» de sus académicos y alumnos y un evidente proceso de popularización del medio en todos los sentidos.

En el propio 1959 el Che Guevara, al recibir el título de Doctor Honoris Causa en la Universidad Central de Las Villas —escenario de todas las historias de este artículo— dijo refiriéndose a la nueva filosofía universitaria: «La universidad tiene que pintarse de negro, de mulato, de obrero y de campesino», con lo cual decretaba de hecho la desacralización del aristocrático medio y le franqueaba sus puertas al más rico folclor.

La universidad, por otra parte, con el posterior proceso de universalización de la enseñanza y un cuidadoso trabajo de extensión hacia la comunidad, unidos estos a los espacios editoriales capitaneados por Samuel Feijóo, sumó acabadas páginas a la cultura popular tradicional y contribuyó así a perfilar mejor una idiosincrasia que, hasta el momento, no se expresara con clara energía en sus propuestas culturales.

Varios profesores fueron entrevistados en busca de testimonios. Unos aportaron más, otros menos. A todos se les da crédito. A todos se les agradece la colaboración. Las anécdotas que a continuación se exponen dejan constancia de la gracia y picardía con que el cubano se mira a sí mismo —desde cualquier instancia— con plena conciencia y ánimos de engrandecimiento de la identidad nacional.

The Rat

Mi colega «L» es conocido entre sus compañeros de preuniversitario por The Rat. Ambos somos médicos veterinarios y trabajamos en la Unidad Docente que tiene la Universidad Central en el poblado de Mataguá.

Como nuestra sede queda frente al local que ocupa la policía, esta anécdota que narro, y que data de 1994, tiene como protagonistas al jefe de la policía local y al inefable Rat. Por aquellos años a todos los organismos en Cuba se les orientó fomentar las parcelas de autoconsumo con el fin de obtener viandas, vegetales, alguna cría, fundamentalmente de cerdos y aves, y así paliar el Período Especial, esa dura situación que se derivó de la desaparición del CAME y de la URSS.

El asunto es que los policías habían logrado fomentar un buen pie de cría de puercos, pero, como siempre ocurre cuando algún desconocedor se lanza a practicar un oficio, al poco tiempo los animales estaban cundidos de parásitos. Por esa razón el jefe de la policía, aprovechando la condición de vecinos, al amparo de las buenas relaciones que sosteníamos, decidió solicitar nuestros servicios profesionales.

Así fue como un día llegó a nuestra unidad y le dijo a mi colega:

— ¡Qué bueno que te veo, «L»! Porque necesitamos que nos tires un cabo con la desparasitación de la cría, que la tenemos al perderla.
A tal requerimiento The Rat, ni corto ni perezoso, con su habitual modo de mirar como si lo hiciera desde una distancia de diez kilómetros, le respondió con una graciosa pregunta que llevaba implícita —¡no faltaba más!— su disposición de cooperar:
— Bueno, ¿y cuántos son ustedes?

Dr. Miguel A. Hernández Barreto
Facultad de Ciencias Agropecuarias

Un inédito curioso

Soy profesor en la universidad desde el año 2003. Ahí conocí a la Dra. «M», que atesora un rico anecdotario sobre los despistes y la picaresca del profesorado. Esa mujer es una enciclopedia viviente, no solo en su materia, sino también en la recopilación de estos lances humorísticos, mucho más frecuentes de lo que se supone en el ámbito académico. De entre los varios que me relató, el que más me gusta es el siguiente:
Resulta que el profesor «T», riguroso investigador literario y personaje algo curioso por su devoción hacia las figuras de las letras que estudiaba, en una ocasión se obsesionó con la obra del poeta nacional, Nicolás Guillén. Todo el tiempo se la pasaba recitando por los pasillos los poemas de Motivos de son y otros de los de corte negrista. Y Guillén para arriba... Y Guillén para abajo... Y Guillén en los claustros... Y Guillén en el comedor... Y ya, a decir verdad, tenía medio cansados a sus colegas, a tal extremo que un día el profesor «D», harto, decidió gastarle una broma. Al verlo en la cafetería, le dijo:

— Chico, ¿tú sabes que yo tengo en la casa un poema inédito de Nicolás Guillén?

A «T» —era de suponerlo— se le encandilaron los ojos e inmediatamente comenzaron las propuestas y contrapropuestas —vaya, el regateo— sobre el referido poema, pues «D», haciendo gala de un guión muy bien estructurado e interpretado, sostenía su rotunda negativa a deshacerse de ese «tesoro».  Pero la insistencia fue mucha y «T», finalmente, le «tumbó» el texto a «D», quien, muy a regañadientes, aceptó:

— Bueno, está bien, mañana te lo traigo.

Esa tarde, en su casa, «D» tomó un papel, el más viejo que consiguió —creo que de cartucho— y compuso la siguiente estrofa:


La cola de la culebra
culebra es,
culebra es,
culebra es,
porque la culebra toda
cola es.


Al día siguiente ya «T» tenía en sus manos el poema y marchó raudo para La Habana. Al arribar a la capital, sin tomarse el más mínimo respiro, se dirigió a la sede de la UNEAC, donde le solicitó enseguida una entrevista a Nicolás Guillén.
Cuando estuvo frente al destacado intelectual, «T», ni corto ni perezoso, le comentó:

— Maestro, ¿usted sabe que yo tengo un poema inédito suyo?

A ello Guillén, con cierta modorra, le respondió:

— ¿Sí? ¿No me digas? ¿Lo traes ahí? ¿Por qué no me lo dejas ver?
— ¡Cómo no! –respondió «F». Y enseguida puso en sus manos el «original» tan duramente luchado.
Nicolás lo leyó una y otra vez. Dice un testigo presencial que tosió e hizo un extraño mohín. Finalmente, dijo conforme:
— Bueno, mío sí es; lo que no recuerdo cuando lo escribí.

Boris Mesa Fernández.
Facultad de Letras.

La exploración

En una de las clases de preparación militar que recibí en el curso 1971-72 me comunicaron que mi especialidad militar sería la de explorador. Inmediatamente el instructor pasó a impartirnos la primera conferencia y una de las afirmaciones suyas que más me llamó la atención fue la siguiente: «La exploración debe ser rápida, certera y voraz». Aquello me intrigó en grado superlativo y me preguntaba «¿Cómo practicar una exploración voraz?». Debido a que  yo estaba casi detrás del instructor pude cotejar lo dicho con el texto por el cual leía y me percaté de que estaba impreso en mimeógrafo, pues en aquella época ni soñar con las computadoras. Resulta que los tipos de la máquina de escribir con que habían «picado» el esténcil estaban tupidos por la suciedad y la letra «e», al perder los rasgos interiores, imprimía como una «o». De esa forma fue cómo la veracidad se convirtió en voracidad sin que nuestro instructor se inquietara mucho por ello.


Ángel Morales Alemán.
Graduado de Economía.

MORGADO ES PUNTO Y APARTE

Las anécdotas que se relacionan con el Dr. Eberto Morgado Morales son, por varias razones, punto y aparte. Primero que todo porque Morgado ha escrito un libro sobre la historia de la universidad: un original que tituló: «Sucesos y anécdotas de la Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas» y que permanece aún inédito. Es un libro donde recoge, en algunos capítulos, simpáticas anécdotas de profesores despistados, así como otros sucesos insólitos y personajes pintorescos del «Alto Centro Docente». Morgado es matemático y algunas de las anécdotas de despiste que narra le ocurrieron a él mismo, algo que no oculta en su libro. Dice su colega Lorgio Batard —quien se autodenomina «su biógrafo»— que a la hora de medir el despiste «Morgado es la unidad» y que «salir a la calle con un índice de 1,2 Morgados entraña peligro para la vida». «Morgado —según Lorgio— no tiene problemas porque él es Morgado y posee entrenamiento en ser él mismo, pero el resto de las personas sí deben cuidarse». Yo, por mi parte, le agradezco a Morgado que me dejara acceder al valioso testimonio que constituye la zona anecdótica de su libro. De él extraigo las anécdotas y sucesos que a continuación expongo, casi tal como los redactara él mismo (solo mínimas correcciones hice, en aras de la síntesis y la sintaxis), razón por la cual, con gusto, le cedo el crédito en esta parte —la más sustanciosa— del trabajo. Estas son, pues, algunas de las anécdotas del libro de Morgado:

La circunferencia de la DAAFAR1

Se efectuaba, en la Cátedra Militar de la universidad, una actividad de preparación combativa. En estas materias las clases las imparten, principalmente, miembros activos del ejército, a veces reclutas que pasan el Servicio Militar General y reciben preparación previa para ello.
En la actividad que nos ocupa un joven recluta impartía una clase de balística a un grupo de estudiantes y afirmó categóricamente:

—Fíjense, la circunferencia de la DAAFAR tiene 360 grados.
Los jóvenes se miraron con una mezcla de desconcierto, algunos con un asomo de risa, aunque sin explayarse, por respeto al joven profesor y por lo estricto de la disciplina militar. Finalmente uno de ellos, más decidido que el resto, se atrevió a preguntar:
—Bueno, esas son las de la DAAFAR, pero ¿y las otras cuántos grados tienen?
El joven recluta, sin inmutarse, respondió:
—Las otras yo no sé, pero las de la DAAFAR, seguro, tienen 360 grados.

Un tanque ruso

Otro recluta, también en una actividad de preparación combativa, explicaba las características de los tanques de guerra rusos. Una de sus grandes virtudes —aseguraba— era que podían subir pendientes hasta de 45º. Un estudiante le preguntó si podrían subir también una de 60º, a lo que el recluta respondió sin vacilar que sí, pues se trataba de un tanque ruso. Finalmente otro estudiante, ya con ánimo burlón, le preguntó qué pasaría si la pendiente fuera de 90º. El instructor, que al parecer había idealizado los tanques procedentes de aquel país, sin inmutarse respondió: «¡Claro que sí, la sube también! Oye, estamos hablando de un tanque ruso. ¡Es de un tanque ruso de lo que estoy hablando!»2

Gerundio perdido

En una clase de Español impartida en el curso para trabajadores la profesora les pidió a los alumnos que redactaran una oración donde estuvieran incluidos un gerundio y un participio. Uno de los alumnos levantó la mano y fue enviado de inmediato a la pizarra, donde plasmó el resultado de su trabajo «Gerundio se perdió en el bosque y yo participo en su búsqueda».

Problemas con el idioma

El profesor «B» se ganó el derecho de ir a la antigua URSS para hacer allí su doctorado. Para ello lo enviaron previamente a un curso intensivo de idioma ruso, pero a «B» —hombre muy competente en su especialidad— esa lengua no se le daba fácilmente y, establecido ya en Ucrania, hizo lo que generalmente hacen los cubanos: aprenderla en la calle, sobre todo al efectuar las compras. Esta práctica, de cierta eficacia, no resultó muy feliz en el caso de nuestro amigo. Una de esas veces «B», señalando un embutido de mortadella que se exhibía en una vidriera, le preguntó a la dependienta: «Kak zavut». Como en ruso el verbo que se usa para preguntar el nombre de una persona no es el mismo que para saber el de un objeto —algo que nuestro amigo, al parecer, no sabía— la muchacha, muy halagada, le dijo su nombre: «Natasha», e inmediatamente escuchó el disparate: «Daitie minie, poshaluista, tri kilograma Natashi», lo cual se traduce así: «Deme, por favor, tres kilogramos de Natasha».
El mismo profesor, queriendo cambiar un día un billete de diez rublos, lo mostró a la dependienta de un establecimiento y le dijo: «Razdievaitiez poshaulista». La muchacha lo miró con deseos de fulminarlo, porque lo que le dijo fue: «Desvístase, por favor» y agitando un billete de diez rublos en la mano. «B» debió haber dicho «Razmieniatiez», que significa cambiar, mientras el utilizado se traduce como desvestir.

El borrador autoprestado

El profesor «M», mientras impartía su clase, de pronto se percató de que no tenía borrador y de que el pizarrón ya estaba totalmente lleno. Decidió que se lo pediría a otro profesor. Les solicitó permiso a sus alumnos y salió a buscarlo. Caminó un poco por el pasillo hasta encontrar otra puerta abierta. Entró a un aula llena de estudiantes y preguntó, impaciente: «¿Dónde está el profesor de ustedes?» A lo que los alumnos respondieron casi a coro: «¡Es usted, profe!». Resulta que «M» había entrado por la puerta trasera de la misma aula que había abandonado unos segundos antes y al parecer pretendía pedirse prestado el borrador a sí mismo.

¡Viene el tren!

Iba el profesor «A» en su auto americano, de los de antes del triunfo de la revolución. Llevaba a varias personas de botelleros. Al acercarse a un cruce con la vía férrea, uno de los viajeros le advierte: «¡Profe, viene el tren!».  El profesor, inmutable, le contestó: «Sí, ya lo vi, ya lo vi», pero siguió acercándose a la vía sin disminuir la velocidad. Cuando ya estaba muy cerca comenzó a frenar. Al fin el carro se detuvo y el tren pasó ruidosamente, pero... ¡Por detrás del carro! Habían parado al otro lado de la vía.
Este mismo profesor se vio involucrado en otra anécdota que tenía que ver también con su carro y su lentitud para frenar. Iba paseando en su vehículo por frente al hotel Santa Clara Libre cuando se le atravesó un anciano. Lento para reaccionar como es, lo golpeó y el anciano quedó tendido sobre el capó del carro. Nuestro profesor no se inmutó sino que sacó la cabeza por la ventanilla y le ordenó al anciano: «¡Sujétese, no se baje!» Y continuó viaje a toda velocidad, con el lesionado sobre el capó, hasta el hospital, distante unas quince cuadras del lugar del accidente.

¡Noventa kilómetros contra el tránsito!El doctor Erberto Morgado junto al carro en el cual recorrió 90 km contra el tránsito

De esta anécdota soy yo mismo el protagonista. Había ido a la URSS, donde pasé varios meses como parte de mi plan de doctorado. Al partir hacia ese país, el tramo de la autopista nacional, a la salida de Santa Clara, no estaba terminado aún y solo funcionaba la mitad izquierda, por donde circulaban los carros en los dos sentidos. Durante mi estancia en la patria de Lenin terminaron casi completamente dicho tramo de manera que a mi regreso, después de transitar un poco por la senda izquierda, una flecha indicaba que se podía pasar el separador central e incorporarse a la senda derecha. Yo hacía poco tiempo que había recibido la licencia de conducción y, abstraído en mis cavilaciones, no vi la señal y continué por la senda izquierda a una velocidad superior a los ochenta kilómetros por hora. Para colmo, comenzó a lloviznar, lo que redujo notablemente la visibilidad y tuve que encender las luces del auto, aunque era de día. Los choferes que venían en sentido contrario hacían señas con las luces y yo creía que me avisaban de la presencia de algún patrullero. Dos jóvenes reclutas a quienes les había dado botella se percataron de la situación, pero les daba pena decírmelo, hasta que al fin, al mucho rato, uno de ellos me advirtió: «Compañero, a mí me parece que usted va mal». Yo le pregunté: «¿Por qué usted lo dice?». «Porque, mire —me respondió— por allá por el otro lado va un camión». Entonces me di cuenta de mi peligroso error, crucé hacia la senda correcta y a los pocos kilómetros llegamos al primer «Conejito», que así se le llama a las estaciones de autoservicio que hay en la autopista. O sea, que habíamos circulado casi noventa kilómetros contra el tránsito.

Morgado y Lorgio discuten acerca de la veracidad de la anécdota sobre el tercer ConejitoLa anécdota narrada aquí dio pie a que algún amigo fabulador —a lo mejor el mismo Lorgio Batard— elaborara otra versión donde uno de mis despistes vuelve a protagonizar la trama. La anécdota no es cierta, pero se ajusta tanto a la posibilidad que la podemos dar como si de verdad hubiera sucedido. Dicen que yendo yo para La Habana, al llegar al segundo «Conejito» —solo hay dos en la autopista— bajé para ir al baño y merendar, y que al reanudar el viaje hallé al poco rato un enigmático tercer «Conejito» donde, sorprendido, me bajé para preguntar cuándo lo habían edificado. Cuentan que me respondieron: «Hace veinte años». Y que yo les repliqué «Qué va, yo llevo muchos años pasando por aquí y esto no estaba, se los aseguro. A ver, ¿qué sitio es este?» Y dicen entonces que cuando me respondieron «Aguada de Pasajeros» fue que pude comprender que, debido a la distracción, había regresado y me hallaba nuevamente en el primer «Conejito».

El guante en el buzónMorgado junto al profesor que depositó el guante en el buzón

El profesor «R», bastante distraído por cierto, se hallaba de visita en Rostock, entonces RDA, y salió a la calle para echar una carta al correo, acompañado de otro profesor de nuestro centro que llevaba tiempo en el país y dominaba bien el idioma. Debido al frío nuestro profesor llevaba guantes, los que se quitó para depositar la carta en el buzón. Mientras caminaban no paraban de conversar animadamente. Y de esa forma, al llegar al buzón, el protagonista de este relato, en lugar de la carta, depositó en él uno de los guantes. Inmediatamente comenzó a lamentarse, pues los guantes no eran suyos. El otro profesor, que tiene fama de cascarrabias, muy molesto, le quitó de las manos el otro guante y lo echó también por la ranura del buzón. Pretendía entonces el profesor distraído tratar de sacar ambos guantes introduciendo una varilla en el buzón, a lo que se opuso su compañero por las sospechas que podría levantar el hecho. Proponía este hacer guardia toda la noche frente al buzón hasta que en la mañana apareciera el encargado de vaciar el mismo. Finalmente fueron a la oficina de correos más cercana, donde les ayudaron a recuperar los guantes.

La esposa olvidada3

En los días de mayor fervor bicicletero, cuando el Período Especial puso de moda el uso masivo de ese vehículo, el protagonista de nuestra historia, el profesor «M», fue un día a la farmacia de Cuba y Misionero con su esposa en la parrilla. Compraron y decidieron regresar por Colón, para lo cual debían bajar una pronunciada pendiente de una cuadra (desde Cuba hasta Colón) con la bicicleta de mano hasta que, ya en Colón, pudieran reiniciar el viaje a bordo del ciclo. Pasaron hacia el lado derecho de la calle y nuestro profesor se dispuso a pedalear mientras su esposa, parada en la acera, esperaba la orden de montar. «M», con la mente ya en fuga hacia algunas de sus investigaciones matemáticas, partió raudo rumbo a la Carretera Central mientras su mujer, perpleja, lo veía alejarse sin mirar para atrás. También pudo ver cómo iba hablando, aparentemente con alguien que viajaba sentado en la parrilla. Al llegar a la Carretera Central, como hay un pare, al poner el pie en el piso, «M»  se dio cuenta de que iba solo y entonces regresó a buscar a su esposa que, muy molesta, se había ido ya de la esquina donde la había dejado tirada. Al alcanzarla, a varias cuadras de allí, tuvo que hacer un serio ejercicio de persuasión para convencerla de que debía montar de nuevo.

El enigma del parabrisas roto

Terminaba el profesor «M» —el mismo del relato anterior— de hacer sus compras en la bodega cercana a su domicilio cuando se dispuso a abordar su auto, parqueado a pocos metros del lugar. Era una hora cercana al anochecer y todo estaba oscuro. Se acercó al vehículo y, como encontró la puerta sin seguro, montó. Trató infructuosamente de introducir la llave en el chucho y no lo conseguía. Después de algunos esfuerzos baldíos se percató nuestro protagonista de que le habían roto el parabrisas delantero, al parecer por un fuerte golpe. Con indignación se preguntaba:

«¡¿Quién me habrá roto el parabrisas?!» Y en ese mismo momento alguien le tocó con una llave en el cristal de la ventanilla. Nuestro amigo bajó el cristal y le preguntó:
— ¿Qué desea?
El hombre, molesto, lo conminaba:
— ¡Bájese de ahí!
Ante esa actitud belicosa el profesor se encaró al hombre preguntándole con energía:
— ¡¿Por qué?!
A lo que el hombre respondió con impaciencia:
— ¡Porque este carro es mío! El suyo está allí, al doblar.

El profesor, muy apenando se deshizo en explicaciones y se alegró de que no fuera su carro —que era, incluso, de otra marca— el del parabrisas roto.

Los hombres pa’ la caña

En la época en que las movilizaciones para la agricultura eran más frecuentes, «Z», uno de nuestros profesores distraídos era responsable, por el sindicato, de las mismas. Por lo general los hombres eran movilizados para los trabajos en la agricultura cañera, mucho más rudo, y las mujeres hacia el Plan Yabú, granja cercana a Santa Clara que se  dedicaba al cultivo de vegetales y viandas. Al terminar la reunión donde se decidió una movilización para el siguiente fin de semana nuestro amigo, para ratificar dicha estrategia y evitar confusiones, terminó con estas palabras: «Bueno, recuerden, los hombres pa’la caña y las mujeres pa’l Yabú». Pero al decir esta última palabra trastocó las letras poniendo la «b» donde va la «y» y viceversa4 , con la consecuente sorpresa de los allí presentes y la carcajada general.

Un rector pintoresco

De los quince rectores que ha tenido la universidad desde su fundación en 1952 hubo uno que, por su carácter campechano y sus ocurrencias, dejó una estela de simpáticas anécdotas. Nuestro personaje, pese a que era un hombre calificado, mostraba cierto desdén por el excesivo academicismo protocolar. De igual forma le gustaba recordarle a todos, con su manera de hablar, su origen obrero-campesino, del que se sentía orgulloso.

De tal suerte, en una asamblea que se celebraba en el teatro universitario, donde se analizaba con todo el estudiantado la necesidad de mejorar la actitud ante el estudio en aras de superiores resultados docentes, nuestro rector pintoresco tomó el micrófono y exclamó vehementemente: «¡Aquí el que no estudie va abajo como penca e’guano!». Desde ese momento fue conocido, sin que él lo supiera nunca, por Penca e’guano.
En otra asamblea, preocupado por la lentitud de los análisis, miró el reloj, tomó el micrófono y exclamó: «Son las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola, así que apúrense».

Uno de sus mejores performance lo protagonizó en el Departamento de Relaciones Internacionales. Mientras se atendía a una delegación extranjera, estaba previsto regalarles a los visitantes, como souvenir, unos pequeños saquitos de azúcar que el Director de Relaciones Internacionales —hombre muy celoso con la observación de los protocolos— había mandado a preparar para el efecto. Se pronunciaron las  palabras de bienvenida y nuestro rector, al concluir su discurso, desde el mismo lugar en que se encontraba les lanzó, uno a uno, los saquitos a los visitantes a la par que les decía: «Vaya, pa’ que se vayan endulzando».

Aunque a decir verdad la mejor de sus anécdotas tal vez sea la que tiene que ver con Antonio Conde, un estudiante universitario que al mismo tiempo se desempeñaba como administrador de la cafetería. Se dice que el rector, que tenía fama de glotón, estaba acostumbrado a que Conde le llevara todas las mañanas una generosa merienda a su despacho en el rectorado. El rector, dado su carácter populista, acostumbraba a llamar a Conde por el apelativo de «El Ministro». Un día sonó el timbre del teléfono y la secretaria le dijo: «Rector, lo llama el ministro». El rector tomó el teléfono y guiado por su apetito y por la demora en el envío de la merienda, reclamó: «Oye, ¿qué tú piensas, me vas a matar de hambre o qué?» La secretaria se deshacía en señas y visajes y el rector no comprendía, hasta que al fin pudo decirle que el que estaba al teléfono era José Llanuza, el verdadero ministro. Nuestro rector se disculpó de inmediato y comenzó entonces el verdadero diálogo. Lo que sí nunca se supo fue la respuesta que le dio el ministro, desde el otro lado de la línea, a su pregunta «¿Me vas a matar de hambre o qué?».

La anécdota con la cual cierro esta muestra tiene que ver con Morgado también, aunque él no la recoge en su libro y niega rotundamente su autenticidad atribuyéndosela, como corresponde, a Lorgio Batard.

Cuentan que nuestro amigo, de regreso del mercado, entró en su casa, fue hasta la cocina, tomó la cafetera, la preparó para hacer café y ya la iba a poner en el fogón cuando la vecina de los bajos le preguntó: «Morgado, ¿qué va a hacer usted?». A lo cual respondió: «¿Yo? Café». Y que solo cuando la vecina le preguntó, visiblemente desconcertada: «¿Pero por qué no lo hace en su casa?», Morgado comprendió que se había equivocado de apartamento.

Refiere nuestro colaborador que la verdadera anécdota tiene que ver con una cafetera que se le quemó y se le convirtió en un chicharrón cuando, en Colombia él, la puso a la candela y, olvidándola por completo, se fue a trabajar en la computadora.

Por suerte para todos nosotros, la cátedra de cada uno de estos profesores, en contraposición con la cafetera de Morgado, no quedó «en llamas», porque todos ellos —me consta— han formado, y muchos continúan formando, excelentes profesionales para el desarrollo económico y social de nuestro país.

 

Notas:

1 DAAFAR: Defensa Antiaérea de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (Todas las notas son de Ricardo Riverón Rojas).

2 En relación con esta anécdota el entonces estudiante, Arquitecto Víctor Fernández (Vitico), quien refiere haber estado allí, afirma que después le preguntaron al recluta: «Bueno, ¿y si el ángulo es de 180º?» Y que este respondió: «No, no, ya ustedes quieren más de la cuenta».

3 Hace poco tuve referencias muy confiables —no procedentes de Lorgio Batard— de que esta anécdota, así como la titulada "El enigma del parabrisas roto" le ocurrieron también al propio Morgado.

4 La expresión dicha por el dirigente fue «los hombres pa’la caña y las mujeres pa’l bayú». El bayú en Cuba, antes del triunfo revolucionario, era el nombre popular que se le daba a los prostíbulos.

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