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En compañía de... Diusmel Machado Estrada

Tropos, 21 de junio de 2010

La poesía de Diusmel Machado Estrada tiene una fuerte relación simbiótica con su medio. Cree en la autenticidad como uno de los ejes básicos de la aventura de escribir, por lo que todo el magma telúrico que lo ha configurado asciende vertiginosamente desde el sustrato de sus piezas líricas; pero se levanta, gracias a la dignidad artística y humana que lo caracteriza, a sitios de mayor realeza, según la utopía lezamiana. Viene desde adentro, para cantar en las afueras de la circunstancia, sobre el panorama permanente del ser. Pero la circunstancia no deja de estar, como aire y zócalo, como edafología del espíritu. En este juego de lo que se reduce y propaga, que es tan propio del lenguaje poético, Diusmel Machado es un maestro a pesar de su notable juventud. También lo es en el manejo de algunas pautas de probada dificultad, como la décima, que fascina a tantos y donde tan pocos alcanzan señorío de expresión. En la poesía para niños, en las ya plasmadas alegorías de nuestra época, en su actividad promocional, en la solidaridad profunda de la escritura, ha acumulado un ejercicio de fino valor artístico y notable humanismo.

ROBERTO MANZANO
 

DIUSMEL MACHADO ESTRADA (Guáimaro, 1975). Poeta y narrador. Tiene publicados los libros de poesía Casa primera (Editorial Ácana, 2001) y Caída del ángel a la gloria (Editorial Sanlope, 2004); sus poemarios para niños Libro de Titi y Mamita (Editorial Ácana, 2003), Nuestros amigos del Caroní (Venezuela, 2006) —ambos coescritos con su madre, Miriam Estrada— y País Imaginado (Editorial El Mar y la Montaña, 2009). Cuerpo de isla sordomuda, Premio Navarro Luna 2008, se ha publicado por Ediciones Orto, Manzanillo, en el 2009. Los presentes textos fueron tomados de este volumen.


EN MI PAÍS, LOS TRENES...

En mi país no hay trenes, sino sueños.
Viejas naves que giran hacia dónde,
esferas de papel que arroja el cielo.

De mi estrecho conjunto de provincias
quien escapó al abismo ya no vuelve
ni escucha a quien objeta su salida.

¿Qué soledad asiste a este pedazo
de mar, vuelto hacia sí como una noria?
¿Dios no lo sabe? Lo cerró su mano.

(Estoy montado en mi país ambiguo
de un solo riel, de un pobre pasajero:
tiene un camino, simple como un círculo.)

Reino de sol, de oriente hacia occidente.
Isla fugaz, nube que va en silencio:
¿Hacia dónde partir, en cuáles trenes?

No hay estación: lugar adonde asirse
derechamente, en una blanca línea
que salte el mar y que el paisaje esquive.

No hay destino seguro, sólo orillas
que el vértigo dibuja sobre el agua.
(Estación innombrable, la Utopía.)

Y miro allí, debajo de esos trenes,
de norte a sur, la inacabada sombra
que ha encendido otra luz, lejana y verde.

Nube fugaz, isla que sopla el viento.
Yo, desde mí, descubro tus fronteras:
¡Aquí, los trenes parten hacia el tiempo!

AL PARTIR

Dios sabe los trabajos que me asisten
acá, en mi oscuro pueblo de provincia,
cuando intento llamar a mis hermanos.
Es un destino inútil. Dios lo sabe.
A veces, tomo un tren hacia los nortes
de la memoria, como si esta casa
fuese una absurda y gris locomotora...
Y en el paisaje, entonces, los pequeños
lagartos de mis primos (en un aire
de astutas mariposas vigilantes,
las inquietas jirafas de sus tías).
Y mi abuela: un hilillo de agua dulce
rociada sobre tímidos panales
de pura miel, de abeja apresurada...
Y el abuelo mayor que los caballos
de un sordo coronel cuyas espuelas,
sacudiéndose el polvo, arrojan truenos...
(¿Estos —entre los turbios espejismos,
bestezuelas de ayer, puestas de hinojos
ante su abrevadero— son mis padres?)
Pero no acuden, lentos todavía,
sobre el anca de un pájaro durmiente
los agitados potros de mis hijos;
ni juegan, como ayer en la llanura,
sus antílopes grises mis hermanos.
¿Adónde fueron a pastar, celosos?
No están ahí. Se decidieron tarde,
o el tren nunca pasó como esa sombra:
¿nadie escuchó el pitazo suspendido?
La casa, sola, doblemente absurda,
sabe el dolor de una estación sin nombre
bajo cuyos aleros tiene el gusto
la muerte de atrasar su itinerario...
Tampoco yo (me he vuelto un gato triste)
me dejo ver aquí de algún curioso
cuando por las ventanas ratonean:
Yo no estoy; no volví de la memoria.
Mi ausencia escapa, huyéndole a los ojos
asombrados de ver cómo estoy vivo.
Cómo me deja el tren en esta rampa.
Qué soledad, después de tanto tiempo,
por fin ha levantado mis raíles.
Huyo de la piedad, y de la histeria:
huyo de los que vienen a salvarme.
De los torpes viajeros de estas horas
en que nada vendrá. De los que acuden
al tedio de mis noches blanquecinas.
De quienes, en su oficio de murciélagos,
cuelgan sobre el azar de mis palabras
para dejarse conmover. Les huyo.
Mi pueblo de provincia, en su cansancio
y en su polvo final no me comprende.
Huye de mí y del tiempo. De las cosas
inútiles que son como el destino
adonde Dios no acude: el tren no pasa.
¡Pero yo sé los rápidos andenes
por donde un día iré, sobre una flecha
rajando, loco, el aire como un águila!
¡Y he de llegar en el instante justo!
¡Allá esperan, sonrientes, mis hermanos!
Mirando al sur, detrás de la memoria
y de los trenes largos de mi duelo,
hay, en la oscuridad, otro paisaje.
Allá esperan, sonrientes, mis hermanos.
Y he de partir, pues Dios lo ha prometido.

LA ISLA SORDOMUDA

Ahora van a ver el paraíso
en que hemos vivido.
JOSÉ LEZAMA LIMA

En las esquinas públicas, el gozo
de la espontánea carne floreciendo
su abejear en las bocas, escupiendo
tan íntimos enigmas: el destrozo
de cuanto fuera ayer jardín celoso
y reino de pudor, común donaire
que asiste a su fracaso en un desgaire
de estrellas por la noche que no asoma;
pues los cuerpos se dan a un nuevo idioma
en las esquinas públicas del aire.
y yo, que inmutable advierto
la palabra que atraviesa
su cuchillo ante mi mesa
y su plato de agua incierto,
cómo respiro? qué muerto
bajo el mantel confabula
mis hambres? quién estrangula
(con qué tristísimo oficio)
el inútil orificio
que me atenaza la gula?

quizá, en isla a la redonda
no hay un azar/ signo triste
que asegure: Dios existe,
pero sangra su más honda
diferencia.
               (quizá esconda
el agua que nos rodea
otro archipiélago?)
                             crea
o no el hombre Su palabra,
cuál discurso sin macabra
fabulación de la Idea?

mas yo sé mi geografía
que es anterior a la ausencia
física de inteligencia
que arde en toda ideología:
conozco la simetría
que trazan los desatinos
de la frontera (sus finos
tentáculos ante mí).
y entro a la Duda
                           y aquí
me bifurcan los caminos:

A mi izquierda, los azules pastos sin flor, la memoria sangrante, la roja gloria coagulada de abedules raídos como los tules añejos de la utopía... ¿Ala izquierda, se podría volver atrás y mirarse uno mismo y despojarse de sus culpas?, ¿se podría?

¿Todo el tiempo del hombre está a la diestra de Dios y su espejismo momentáneo? ¿Y la carne en su gozo? ¿Y lo espontáneo de las esquinas que el azar secuestra con pública emoción? ¿Y el grito? ¿Y nuestra extraña propiedad de ser urgentes como la espuma bajo oscuros puentes, o como el porvenir y sus desmedros que aguardan todo el tiempo de los cedros utópicos, gloriados, esplendentes?

Yo atiendo la voz que dicta: «Esto es lo tuyo: el agraz del vino, el olor del pan y su cáscara que ardía; esto es lo mío: cenizas y flores de mudos muertos que ciñen —a ras de cuerpo— el metal de la memoria; y esto es lo nuestro: la fobia al mar, a la fuga, al sueño».

Mientras oigo la noche que declara sus hímnicos estudios, sus hexámetros de ruidosa oración, de rezos bárbaros, yo sólo escucho aquella voz extraña: «Tú te has dejado intimidar, palabra, por unos que golpean sobre el hombro, y te has dejado seducir por otros que no te amaron nunca: Tú consigues nadar entre dos aguas: Eres triste como reír para un espejo roto».

Y he de morir sin consuelo, sin patria, sin entusias¬mo, sacudido de un espasmo víctima de tanto cielo prometido: azul señuelo al que consagré la vida. He de morir, enseguida, a un reino de más cordura, apenas ver una oscura pradera que me convida...

¿Acaso alguna noche será breve para con¬siderar esta apetencia difícil, que sacude mi conciencia con su sombra lasciva y beso aleve? ¿Y, acaso, una pradera que se atreve a convocar mi apresurado paso, me dará su perdón? ¿Vendrá el abrazo de Padre a renovar mis energías? ¿Habrá, después del fin, mejores días para extrañar la tentación, acaso?

¿Tú puedes, hombre, sentarte un miserable segundo para elegir? (En el mundo hay sitio donde sentarte a titubear: pero aparte de todo poder mezquino —de lo humano y lo divino—, como está Dios ante sí.) ¿Tú puedes votar por ti y escoger este camino?

Tú puedes elegir este camino! No demores el acto, pues el pacto ha de ser simultáneo: con el tacto del ciego, con la fe del peregrino que no sabe de dónde, pero vino a decidir: y en su favor lo ha hecho. No demores, escúchate en el pecho y afina el ojo sano, sin rencores ni pánico ni prisas... No demores! Que tu deber se cumpla en tu derecho.

Y nadie dirá que aguardes otra noche tu mañana. Y no doblará campana —ante el féretro en que ardes— la multitud de cobardes y sordos que Dios corteja, a quienes dicta/ aconseja: «No se piense, no se diga: la palabra es enemiga». No te cortarán la oreja.

Y decir tu verdad, y verte libre y oír que la esperanza te rodea con su verde irreal. Y que la Idea arda en el viento, que su chispa vibre. Y echar en tu cañón otro calibre de palabras: más bello el estampido cuanto más poderoso: y el rugido del cuerpo, todo el cuerpo, irá en tu ayuda. Callar. Soñar la isla sordomuda. Y escuchar la canción que has elegido.

 
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