El Titán de Bronce en el Sábado del Libro
«¡Arriba Oriente. Viva Maceo. Cojones! grita a su lado el torrente de jinetes que carga contra el cuadro español, que espera firme, rodilla en tierra, con la bayoneta calada en los máuseres. El General se acerca como un tropel al enemigo. Sabicú se adelanta para cubrirlo. Machete en alto, de cuatro tajos, abre una brecha en la fila. Le baña el rostro la efusión de sangre de un infante descabezado. El borbotón de sangre lo ciega un instante. Se limpia con el dorso de la mano y vuelve a descargar la hoja furiosa, una y otra vez para mantenerse al lado de la vida. Solo golpea, solo quiere vivir, más allá del tiempo, más allá de la piel, más allá del miedo. […] Asombrado, ve que un capitán español, al frente de diez o doce hombres, dispara su revólver contra Piedra. Sabicú pica el caballo y de un golpe lo degüella. Los otros, aterrorizados, se entregan».
Esta escena, impactante por su realismo, es un pasaje de la novela A media noche llegan los muertos, de Eliseo Altunaga, que junto a Antonio Maceo: la campaña de Pinar del Río y su ideario político, de César García del Pino, fuera presentada en la más reciente edición del espacio Sábado del Libro, como parte de los homenajes que se le rinden al Titán de Bronce en un nuevo aniversario de su natalicio.
A media noche… que ya fuera publicada por la Editorial Letras Cubanas, en 1997, y reeditada el pasado año 2009, fue presentada por el narrador, crítico y profesor universitario Francisco López Sacha, quien se refirió a la importancia que Antonio Maceo ha ido teniendo en el ideario político cubano y en la conformación de nuestro imaginario popular, no solamente como el gran guerrero que fue y es, como modelo de combatiente, sino como el hombre de pensamiento que también es, el hombre que llegó a tener la confianza de José Martí, de Máximo Gómez y realmente a dirigir, quizás, la que fuera la campaña más importante de la última guerra de independencia, la Campaña de Invasión de Oriente a Occidente.
Sacha confesó que la novela de Altunaga le causó una profunda impresión en todos los sentidos, no solo porque ya conocía su trayectoria intelectual:
Había leído Todo mezclado, ese gran libro de cuentos, había seleccionado junto a Senel Paz el cuento “El sueño” para una antología que se iba a publicar en Montevideo, Uruguay, y había leído Canto de gemido, novela que se publicara en el año 1985, también por Letras Cubanas. A media noche… me dio otra imagen del narrador que es Eliseo, me dio otra perspectiva para juzgar lo que considero, hasta este momento, una hazaña intelectual: un libro mayor, un libro de la madurez del gran escritor que es Altunaga.
Es una novela contada a tres voces, continúa Sacha, algo no muy usual en la narrativa cubana, contada por un narrador-autor, desde una segunda
persona que interviene dentro de la historia en la psiquis del protagonista, del escribano, de ese hombre que ha peleado en la guerra y se encierra años después a meditar y a reconstruir la historia; esa voz en segunda persona le da la indicación, como si fuese una puesta en escena, de todo lo que el Escribano debe recordar, lo que debe incluir y la imagen que debe darnos de los grandes acontecimientos históricos que narra la historia. Hay un tercer narrador que es el Yerbero, quien introduce el mundo mítico africano en las reflexiones del Escribano, es la contraparte y el contrafuerte de esa voz narrativa. De modo que la novela va progresando entre el narrador-autor, el Escribano y el Yerbero, que siempre está corrigiendo al Escribano los “errores históricos”, que no son más que errores racistas, que errores culturales.
La novela se complejiza en varias direcciones, a juicio de Sacha. En primer lugar por la oposición entre la memoria oral, la memoria del yerbero, la memoria también del escribano, que es una memoria marginada, porque no se toma en cuenta como valor histórico y la llamada memoria escrita en el permanente y eterno conflicto entre oralidad y escritura, vale decir, entre las culturas ágrafas y las culturas que han sometido la historia a la escritura y por lo tanto la han convertido en un instrumento de dominación y no exactamente de esclarecimiento de la verdad. Considera Sacha que ahí radica un fuerte atractivo en A media noche…, atractivo que se complementa con el conflicto que también Altunaga establece entre la llamada ficción histórica y la ficción documental:
Aquí hay, a mi juicio, y para mí es lo más importante, una nueva lectura de la historia: la frustración revolucionaria de la cultura independentista en el siglo XIX, que fue negar al negro como sujeto cultural. Cuando Céspedes les da la independencia a los negros esclavos en el ingenio La Demajagua, los están asimilando como cubanos, pero no como sujetos culturales, su cultura permanece sumergida, incomprendida, rechazada; y ese es un elemento que Altunaga revela en las relaciones entre el Yerbero y el Escribano. […] Todos los críticos coinciden en afirmar que la gran pregunta que se hace Eliseo Altunaga en esta novela es: ¿Quiénes somos como país? Por lo tanto, vamos a luchar, y la novela lo desarrolla como argumento, por el espacio de los mitos africanos y la multiplicidad cultural cubana, en iguales jerarquías, con los valores que también trajo la cultura europea. De modo que, para Eliseo, la búsqueda de la verdadera identidad cubana, al contar la verdadera historia, que incluye a los verdaderos protagonistas, coloca su obra en la fundación de otra imagen de la nación, que comenzó a gestarse dolorosamente en la esclavitud y que solo alcanzó su perfil en su actual comprensión de la diversidad cultural cubana.
Esta es una novela que se deja leer como una novela y no como un informe sociológico: la belleza de las descripciones de los combates, la belleza de los diálogos, las conversaciones entre los personajes, la presencia del yerbero Osaín invocando el monte, la naturaleza cubana, la pelea contínua de las incomprensiones que Maceo va a sufrir a lo largo de su larga trayectoria como dirigente militar y al mismo tiempo la convocatoria de todos los muertos que han fundado la verdadera y necesaria unidad en la nación cubana. Esta segunda edición es un merecimiento para la Editorial Letras Cubanas y considero que este es un libro memorable dentro de la novelística cubana contemporánea, concluyó Sacha.
Antonio Maceo: la campaña de Pinar del Río y su ideario político, publicado por Ediciones Unión en el año 2007, es una aproximación a las acciones militares y políticas del General Antonio en la más occidental de las provincias cubanas, que fueron culminación de la invasión mambisa durante la Guerra del 95 y demostración de la activa lucha independentista en la región.
El avezado historiador pinareño César García del Pino, al decir del doctor en ciencias militares Ángel Jiménez González en el prólogo que acompaña el presente volumen, cumple el laudable empeño de presentar nuevamente aquella gesta, en una crónica pormenorizada que lleva al lector de la mano desde el 15 de marzo de 1896 hasta el 4 de diciembre del propio año por el laberinto de las abruptas cuestas de Sierra del Rosario, acompañando a la hueste maceísta de jornada en jornada, de alto en alto, de campamento en campamento y de combate en combate.
La lectura de estas páginas, comenta el también historiador Luis de las Traviesas en sus palabras de presentación del libro, se agradece al poderse contar con trazos precisos del autor, resultados de su investigación de las fuentes documentales, bibliográficas y la prensa escrita; de su conocimiento palmo a palmo del terruño vueltabajero, de los nombres de figuras principales del mambisado, del accionar silencioso y seguro de los grupos de inteligencia y de correos al servicio de la contienda independentista, y que forman parte imbricada en los contenidos del texto, como formas del ingenuo militar de Maceo, que se hizo superior en medio de un terreno áspero, repleto de tropas enemigas, de trochas y enclaves españoles.
La importancia de este texto el propio autor la revela desde sus primeras páginas:
La campaña del Lugarteniente General Antonio Maceo en Pinar del Río nunca fue realmente historiada. Desde principios del pasado siglo, cuando apareció la primera versión de las Crónicas de la Guerra, de Miró Argenter, se dio por sentado que lo había sido y dicha obra se copió hasta el cansancio.
Mas el general Miró no era historiador, ni tuvo la intención de serlo. Periodista de profesión, con ínfulas literarias pretendió elaborar una epopeya en prosa y ser Homero de aquella Ilíada tropical, pero sólo logró escribir la que ha sido justamente calificada como “novela de la guerra”.
El Titán demostró, continúa De las Traviesas, en cada momento necesario, tanta fuerza en su pensamiento ideológico revolucionario, como en su brazo. Así lo comprobamos en el decursar de la lectura de esta obra. Por ejemplo, en carta al coronel Federico Pérez, en Nueva York, hace la siguiente afirmación de tanta actualidad:
La libertad se conquista con el filo del machete, no se pide. Mendigar derechos es propio de cobardes, incapaces de ejercitarlo. Tampoco espero nada de los americanos, todo debemos fiarlo a nuestro esfuerzo. Mejor es subir o caer sin su ayuda, que contraer deuda de gratitud con un vecino tan poderoso.