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Narrativa de... Aida Bahr

Lauros, 22 de junio de 2010

Casi toda la obra de Aida Bahr posee como leit motiv a la mujer, cuya centralidad es abordada desde la preocupación de sus personajes. La profundidad en las reflexiones de sus protagonistas, que afrontan conflictos demandados por el amplio abanico de realidades, demuestra el conocimiento y el histrionismo de la narradora.

Con el libro Ofelias,[1] que obtuviera el Premio Alejo Carpentier 2007 en el género cuento —y además el Premio de la Crítica Literaria 2007—, Aida Bahr vuelve sobre los dilemas de la mujer en la sociedad actual. Ofrecemos uno de sus relatos, donde el desarrollo psicológico del ente femíneo se hace visible por esas contradicciones que develan la humanidad de sus actantes.
Osmán Avilés
 
 
Colores
 
Por la ventana se distingue un pedazo de cielo azul. Un azul tan intenso que, a poco de mirarlo, comienza a volverse blanco, o más bien a desleírse envuelto en un halo de vapor. Comprende que está a punto de caerse y, por instinto, sus manos se aferran al borde de la meseta y sirven de sostén al cuerpo. Cientos de puntos brillantes danzan enloquecidos detrás de sus párpados. El mareo la envuelve, el calor la aplasta. Respirar, despacio, profundo, repetirse a sí misma que va a pasar, que se aliviará en un par de minutos, que en cuanto termine en la cocina se meterá en el baño para darse una ducha y que este cansancio que la oprime se disolverá poco a poco con el agua. Otras veces ha ocurrido lo mismo, pero aunque quiera negarlo sabe que ahora es peor: el ataque de vértigo la sorprendió sin un solo signo previo, y tiene la desagradable sensación de que sus piernas son de trapo, apenas las manos conservan la fuerza, apenas la respiración le responde y la ayuda a mantener el control de sí misma. Al cabo de unos minutos el mareo cede, su cuerpo recupera la firmeza. Cuando abre los ojos el azul todavía está ahí, tierno, y sin embargo furioso.
 
Abre la pluma del fregadero y se echa agua en la cara. Está casi caliente, pero la reanima. Mira hacia atrás y le parece ver a la madre sentada en el comedor, con esa expresión de cansancio y amargura que no se borró de su rostro en los últimos meses. Si viviera todo sería muy distinto. Al llegar del trabajo la habría encontrado preparando la cafetera, y la cocina hubiera estado limpia, inmaculada, en lugar de los platos, vasos y jarros desbordando el fregadero, los lamparones de grasa sobre los azulejos.
 
Debería darte vergüenza.
 
La voz le ha llegado tan real y cercana que casi da un salto. No, él no está ahí, se bañó y se acostó porque anoche apenas pudo dormir por la niña. Ella tampoco durmió; tuvo que hacerle inhalaciones dos veces, sacarla al patio, pasar paño húmedo a todo el cuarto.
 
Mamá, debe mudarse a una casa de placa.
 
Estúpida doctora dando recomendaciones estúpidas que sabe que no se pueden cumplir. Ahora ni siquiera puede aspirar a encontrarse con un hombre que tenga una casa y se las lleve a ella y a la niña a vivir con él. No puede dejar al padre solo. Oscar no va a regresar. Se lo vio en los ojos cuando se sentó con él en el velorio, la capilla casi vacía, el padre dormitando en el balance, y Oscar allá en el fondo, solo, tan extraño en su uniforme de policía, envuelto en una oscuridad que era casi como rabia. Cuando caminó hacia él trató de encontrar al muchacho largo y flaco, de dientes disparejos, que la chantajeaba para que le cediera la merienda, o el dinero dado por la madre, con la amenaza de contarle al padre cualquier tontería que ella hubiese hecho. Era nervioso y atolondrado, mientras que el hombre de uniforme se mostraba contenido y silencioso.
 
—¿Te va bien por allá?
 
Se había encogido de hombros sin responder. Ella le miró el pecho y los brazos ceñidos por la tela. Hambre no estaba pasando.
 
—¿Piensas quedarte?
 
Ahora se da cuenta de que su pregunta fue en realidad una súplica, de lo asustada que estaba ante la soledad que se le venía encima. Él no dijo nada. La miró a los ojos un momento y apartó la vista hacia el piso.
 
—A lo mejor me caso.
 
Eso lo dijo después, cuando ya no hacía falta, y ella ni protestó porque se fuera directamente para el ferrocarril desde el cementerio. No había traído maletín alguno, sólo un portafolio que no le vio abrir. El padre tampoco había hecho ningún comentario. Estuvo un rato sentado en la sala, en silencio, y vino a buscarla al patio donde ella entretenía a la niña.
 
—¿Por qué no haces quimbombó para la comida? Tengo deseos de comerlo.
 
Como si no acabaran de enterrar a la madre, la mujer que compartió con él treinta y cinco años de su vida. Y luego había sido lo mismo, como si nada hubiera cambiado, como si ella también se hubiese jubilado por el corazón y dispusiera de todo el día para hacerle las comidas que le gustaban y tener todo limpio, impecable. Se antojaba de comer albóndigas, o ajíes rellenos, justo cuando la niña estaba más majadera, o ella había tenido que estar de pie el día entero atendiendo a un cliente indeciso. En ese momento recuerda las remolachas. Según el reloj de pared ya tienen cincuenta y cinco minutos, de modo que apaga la hornilla y lleva con dificultad la pesada olla hasta el fregadero. El chorro de agua golpeando el metal caliente deja escapar una nube de vapor asfixiante, y otra vez tiene deseos de correr a bañarse para eliminar esa costra pegajosa que la recubre. Pero sabe que debe terminar la comida primero. A las seis y media le traerán a la niña y a las siete el padre saldrá del cuarto esperando ver la mesa servida. La olla ha perdido la presión y la tapa cede. La coloca a un lado y se queda mirando las formas redondas, sumergidas a medias en un líquido rojo negruzco, humeante, sanguinolento. La náusea aparece tan repentina como antes el vértigo. Aprieta los labios y contrae los músculos para contenerla. En ese momento le llegan, nítidos, los toques en la puerta.
 
Lo primero que piensa es que ha llegado Arturo con la niña. Nunca la ve, y el día que se acuerda de que tiene una hija, en lugar de traerla tarde se anticipa una hora en regresarla. Seguro que está desesperado por irse a tomar con sus amigotes. La simple idea le trae el recuerdo de las noches que se acostó a su lado, completamente borracho, de una manera tan vivida que el vaho del alcohol le revuelve la náusea apenas dominada, y tiene que contraerse de nuevo para controlar las arqueadas. Los golpes se repiten, y advierte que no puede tratarse de su ex marido: él habría tocado con violencia, y la niña se dejaría oír con su parloteo, o tal vez tosiendo. Con torpeza se quita el delantal y se lo pasa por la cara para enjugar un poco el sudor y la grasa. Mientras acude a la puerta, los toques se repiten suaves, comedidos, casi tímidos. Se apresura y, aun así, cuando abre ve la espalda del hombre que ha iniciado la retirada del portal.
 
—Sí, dígame...
 
La voz se le quiebra y el corazón da una violenta sacudida al reconocer el rostro que se vuelve hacia ella. Se agarra de la puerta y queda suspendida de esa visión, que la hace regresar once años atrás de un tirón. Él sonríe y avanza los dos pasos que los separan.
 
—Pensé que no estabas..., supe lo de tu mamá y, como vine por unos días, quise verte. ¿Puedo pasar?
 
Ella se aparta, todavía aturdida por la sorpresa, incapaz de reaccionar en forma definida ante este fantasma que ha aparecido justo cuando menos preparada está. Él ha entrado y queda de pie junto al sillón, en evidente espera de una invitación a sentarse, pero ella no encuentra las palabras adecuadas, no encuentra ni siquiera la voz, y como las piernas amenazan con fallarle de nuevo, se deja caer en el balance más cercano a la puerta. Él lo asume como una autorización y ocupa el sillón sin dejar de mirarla. De pronto ella recuerda su desaliño, su desastroso aspecto, y eso la saca del atontamiento. Se incorpora y se recoge un poco sobre sí misma, mientras la mano derecha trata de organizar los mechones de pelo que le caen en la cara, y la izquierda sujeta el escote demasiado flojo de la blusa.
 
—¿Cómo supiste lo de mamá?
 
—Me encontré con Oscar en La Habana. Me contó que te habías divorciado y tenías una niña —hace una breve pausa en la que se mira las manos antes de volver a fijar la vista en ella—. Yo vengo a Holguín a cada rato, y a veces hasta he pasado por delante de la casa, pero no quería molestar —otra pausa en la que la mirada recorre la sala y el pasillo, para luego regresar, ahora directamente a los ojos de ella—. ¿Cómo estás?
 
No responde porque está a punto de romper en llanto. De algún lugar desconocido de su cuerpo ha brotado la urgencia de las lágrimas, y su garganta se ahoga, su nariz se congestiona y sus ojos se desbordan sin remedio. Solloza un par de veces antes de recuperar el control, aspira el aire profundamente y tose sofocada. No quiere dar un espectáculo, y menos aún despertar al padre. El se ha inclinado hacia delante y le toma una mano y la acaricia.
 
—Perdona, no fue mi intención hacer que te sintieras mal.
 
Ella tose de nuevo, despejando la garganta. Se seca las lágrimas con la mano libre y lo observa bien, ahora que lo tiene a escasos centímetros de su cara. Son los mismos rasgos de cuando la esperaba a la salida del politécnico, sentado en el muro del jardín o recostado a la bicicleta. Ni una línea, ni una marca que muestre que el tiempo ha pasado desde las muchas veces que bailaron toda la noche en fiestas y descargas; muchas la envidiaban por acaparar al mejor bailador. Ni siquiera se ve más gordo o más flaco. Está igual: los ojos, la nariz, los labios gruesos, los dientes blancos y brillantes, la piel oscura y tersa que su padre odió desde el primer momento.
 
—Primero te mato que dejar que te cases con un negro.
 
—Es mulato.
 
—El que tiene de negro es negro, y si te cojo con él no te va a reconocer ni tu madre.
 
Los recuerdos la asustan y la obligan a separarse de él casi con brusquedad. Se endereza en el asiento y ruega mentalmente que su padre esté en un sueño muy profundo.
 
—Estás igualita, o no, estás más linda, más mujer.
 
Son palabras que ha esperado sin saberlo, que amenazan con derrumbar sus defensas, porque ahora debería dejarse abrazar, sostener, y sabe que no puede. Se esfuerza por mantener el control, pero todo ha sido tan repentino, ya había olvidado, o no, a veces una canción en la radio, algún comentario, la hacían recordar a Maikel, una gota de dulzura al evocar lo enamorado que estaba de ella, una gota de amargura al pensar que ni siquiera intentó defender la relación. Demasiado miedo, todavía le ardía la cara de la bofetada con que el padre le arrancó el cigarro que fumaba medio escondida en el portal de la secundaria. No podría olvidar nunca la paliza al hermano por fugarse a una fiesta; la madre la abrazó y se quedaron así, muy apretadas, mientras escuchaban los golpes y los gritos.
 
—Lo va a matar, mamá, lo va a matar.
 
—No, él se calma, él se calma, si nos metemos es peor.
 
El miedo le impedía disfrutar los halagos de él, los intentos de acariciarla, ni siquiera cuando había cómplices vigilando por si el padre aparecía. Podían distraerse, él la estaba velando, y la madre le había suplicado que no buscara una desgracia. Al final le dijo a Maikel que no quería nada con él; al final se casó con Arturo, que era blanco y se convirtió en alcohólico; al final el hermano se había metido a policía para tener una pistola y largarse de la casa; al final la madre se había muerto de tanto soportar y ella estaba sola con el padre y, para peor, con la niña.
 
Los deseos de llorar se han evaporado, y todo lo que queda es un gran resentimiento, casi desesperación. Maikel sigue inclinado hacia ella, se la bebe con los ojos. Han pasado once años y parece tan enamorado como antes, tal vez ni siquiera se ha casado, tal vez ha vivido esperándola, soñándola, la ha idealizado y desperdició los mejores años de su vida sin entregarse, sin formar una familia. Ella tampoco ha tenido suerte, pero al menos hay una causa justificada para su fracaso, en cierta medida es incluso culpable. Ahora es ella quien coloca su mano libre sobre la de él y la oprime con suavidad.
 
—Dime que eres feliz.
 
Él sonríe, y los dientes y los ojos iluminan su rostro.
 
—En este momento soy muy feliz.
 
Ella sacude la cabeza; en realidad está tan conmovida, que su único deseo sería que él continuara hablando, que dijera que el recuerdo de ella no lo ha abandonado nunca, que ha sido su razón de vivir. Una emoción anticipada se derrama por su pecho, y el súbito hormigueo en su sexo la asusta, aunque no lo suficiente como para hacerla retirar las manos. Sabe que debe decir algo, pero teme no acertar con la frase precisa, la que lo aliente sin llegar a comprometerla; busca desesperada las palabras mientras la presión de las manos se hace más y más fuerte, y el calor más y más tangible; lo que rompe el silencio es la voz destemplada del padre.
 
—¿Qué carajo hace este tipo aquí?
 
Ella se pone de pie de un salto, arrancando sus manos de las de Maikel, que también se para, con lentitud, con desgano. Se interpone entre los dos hombres y logra articular con esfuerzo:
 
—Vino a darme el pésame por mamá.
 
Pero ya el padre la aparta de un empujón y se le encima a Maikel, que parece dudar sobre la manera adecuada de responder.
 
—Fuera de aquí, si no quiere que lo saque a patadas.
 
Maikel no habla, tampoco retrocede; el padre sigue gesticulando con violencia, mueve los brazos y le manotea en la cara, como si todavía fuese un hombre joven, y el otro, el casi adolescente enamorado de la hija. Ella desea que Maikel se le enfrente, que haga algo para que no se repita la eterna escena de la humillación, la de Oscar, la de la madre, la del propio Arturo cuando lo llevó a empujones hasta el patio, y allí lo tiró al suelo y le echó encima cubo tras cubo de agua. Si Maikel no se le resiste después le pegará a ella, la insultará; quién sabe si la rabia le dure hasta que llegue la niña, y le gritará que su madre es una puta, toqueteándose con un negro antes de que su propia madre se enfríe en la tumba.
 
El padre tiene a Maikel agarrado por los hombros y lo zarandea, lo empuja y alza el brazo para descargar el primer golpe. Ella no puede ver el rostro del agredido, el cuerpo del padre le impide saber si intenta defenderse, y sin tiempo para pensarlo agarra el portarretratos de bronce que exhibe la foto de su boda sobre la mesita y lo lanza con toda su fuerza.
 
Los sonidos desaparecen, no escucha el crujir de la piel y los huesos bajo el impacto del metal, no hay gemido alguno; el cuerpo del padre se va desplomando lentamente hasta quedar atorado en el piso entre la mesita y el sillón. Ella no ve a Maikel, no ve nada que no sea el líquido rojo que poco a poco va formando un charco sobre el mosaico. Se inclina hacia él y descubre que la náusea ha regresado, que un calor sofocante asciende hasta su rostro y le hace difícil respirar. Todo se disuelve a su alrededor y el vómito sube a su garganta. Por instinto se contrae para frenarlo y, cuando vuelve a abrir los ojos, casi la asusta distinguir los bultos de las remolachas dentro del caldo oscuro, mientras escucha una vez más los toques en la puerta.
 
 
Aida Bahr (Holguín, 1958). Narradora y crítica. Dirige la Editorial Oriente y la revista SiC. Ha publicado, bajo el sello de la Editorial Letras Cubanas, los libros de cuentos Hay un gato en la ventana y Ellas, de noche (1984 y 1989 respectivamente); en 1998 la Editorial Unión editó su libro de narraciones Espejismos. Es también autora de una novela, Las voces y los ecos (Unión, 2006), y de los ensayos Rafael Soler, una mirada al hombre (Editorial Oriente, 1995) y José Soler Puig, el narrador (Ediciones Santiago, 2006). Cuentos suyos han formado parte de diversas antologías dentro y fuera de Cuba.
 


[1] Aida Bahr: Ofelias, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2007.
 
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