Café Emiliana juega a ser y es poesía
Como buen anticatarral, según Soleida Ríos, la anfitriona del espacio Café Bar Emiliana, con los cambios de estación, este espacio se hace un viernes, de un mes, no fijo, quizás, por respeto, para no aburrir a los invitados y al público que acude en mayoría.
A las 3 de la tarde, Los susurradores ya se habían dispersado por el parque de la Plaza Vieja para hablarle bajo, de una forma íntima, a cualquier persona dispuesta a escuchar un poema de Lezama. La mayoría tuvo éxito. La más afortunada, o desafortunada, fue Legna Rodríguez, que renunció, en esta práctica, al libro con que susurraba; pues el poema de Lezama que escogió para una pareja, tuvo que obsequiárselo al novio implorante que quería repetir la experiencia a solas con su amada.
Al llegar todos, al jardín de la biblioteca Rubén Martínez Villena, los esperaban el dúo Jade y las runas pintadas sobre el piso de piedra. La primera runa (la disipadora de energía negativa), detrás del auditorio, y la otra (la de la unión colectiva), debajo del sitio donde se sentaría el artista. La poeta Soleida Ríos, se sentía y hacía sentir igual que si estuviéramos en casa: brindó té frío a su invitada más joven, de 90 años, refresco a la más pequeña de 10, y el popular ron cubano a los restantes invitados.
Leyla Leyva nos leyó, de su libro Ejercicios carnales los poemas “Males menudos”, “Estaciones menos duraderas”, y de su libro inédito “Las ciegas”, los poemas: “La vez, la luz, la vez”, “Muchísimo mejor” e “Inclinación servicial”. Al preguntarle de su experiencia con Lezama la autora respondió: (…) Me he acercado mejor a Lezama, cuando lo he dejado de mirar como a un dios. No es el más apegado a mí, si tengo a alguien así, ese sería Martí.
Legna Rodríguez, leyó con espejuelos oscuros, una poesía que Soleida catalogó de risueña y a veces, en contrapunteo, era una herida abierta a la que la autora le echaba un poco de vinagre. Fueron los textos: “No hay mal que por bien no venga”, “Separar lo macabro de lo bello”, ”Un momento perfecto”, “De chicle”, entre otros. Para homenajear a Lezama dijo un poema del autor titulado “Y mi cuerpo”.
Soleida la imitó al leer otro texto poco conocido del mismo escritor: “Consejos del ciclón”.
Luis Lorente, el poeta que rejuvenece, convence y seduce, según la anfitriona, trajo sus textos manuscritos, pues confesó no sentirse bien con la tecnología y, del papel escrito con letra corrida, escogió los versos: “Mira qué bien estamos y qué bonitos somos todavía”, “Carta de un viejo poeta a otro viejo poeta”.
El dúo Jades cerró la tarde-noche con canciones que nos dejaron con deseos de seguir escuchando, no solo la poesía hablada, la que se escribe en la soledad de un escritorio, sino también, aquella que se saca de las cuerdas de una guitarra.
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