Hace unas semanas, la doctora Marta Terry me invitó a un agradable e interesante espacio que dirige en el Centro Dulce María Loynaz, titulado el Club del Libro Leído, y por supuesto que asistí.
Pero esta historia había comenzado un poco antes.
Resulta que en principio recibí una llamada del Centro pidiéndome que participara en dicho espacio y comentara sobre la famosa novela del escritor, ya desaparecido, Manuel Cofiño, titulada La última mujer y el próximo combate, porque sucede que unos días antes había hablado sobre esta obra aquí, en mi columna de Cubaliteraria. Pero también sucede que el día que habían planificado mi participación, tenía previsto visitar una de las provincias del país, por razones de trabajo. Entonces no pude ir, pero dejé sentado que si buscaban otra oportunidad, en otro momento haría mi intervención con mucho gusto.
Estando en la provincia me enteré que el libro de Cofiño se había comentado en el espacio de la doctora Terry, pero por el escritor y buen amigo Enrique Cirules.
Me alegré porque estaba seguro de que Cirules le había hecho justicia a esta importante novela que hoy está bastante olvidada, pero también entristecí porque realmente me hubiera gustado hacerlo.
Entonces cuando volví a La Habana, en el contestador tenía otro aviso del centro, llamé y me dieron fecha para participar en el espacio, pero ahora querían que lo hiciera con la novela de Lisandro Otero Temporada de ángeles. Estuve tentado, de inicio, a decirles que no. No contaba con el tiempo necesario para leerme de nuevo el libro en unos pocos días, y tenía que hacerlo obligadamente, por cuanto hacía décadas lo había leído. Una interesantísima novela. Para mí y para muchos de mis colegas, la mejor obra escrita por Lisandro.
Pero es que Temporada de ángeles me gustaba mucho, era la oportunidad de hacerle mi modesto homenaje a Lisandro que por desgracia ya no está en el mundo de los vivos, en fin, todo ello y algunas intimidades más me decidieron hacerlo.
De inmediato fui a la Biblioteca Pepe Rodríguez Feo de la UNEAC, gestioné el préstamo y empecé a leer.
Como lo imaginaba, cuando comencé la lectura ya me fue casi imposible detenerla, ni aún para cumplir con las necesidades más imperiosas, y este es uno de los grandes valores de esta novela: su garra.
La obra comienza en el 1639 de la Inglaterra de Carlos Estuardo y narra toda la epopeya de la revolución burguesa de Inglaterra y la historia personal de uno de sus grandes protagonistas: Oliverio Cromwell.
El propio Lisandro ha declarado que mientras investigaba en la Biblioteca Británica de Londres, había observado las coincidencias del proceso inglés con lo que estaba ocurriendo en Cuba en ese momento (era la década de los ochenta), por lo tanto, podemos afirmar que Temporada de ángeles tiene, para el lector inteligente, una doble lectura.
La obra se inicia con párrafos de un barroquismo carpenteriano, quizás un breve homenaje de Lisandro a aquel otro grande de la novelística cubana, y narra detalladamente, casi de manera cosista, cómo funcionaba una vieja imprenta, propiedad de un holandés que reproducía panfletos que abordaban las nuevas ideas iluminadas de la Revolución.
La novela logra de manera perfecta la atmósfera que se respiraba en la Inglaterra del siglo XVII, el ambiente general, la situación social y política en particular, todo desde la ficción pero creada con un sólido basamento investigativo de la época. El autor inventa personajes de ficción para no usar los nombres de los verdaderos protagonistas, y hace alarde de un vasto conocimiento de la historia al brindarnos las costumbres de la corte, las maneras de vestir, de actuar, salpicándolo todo con chismes de alcoba.
Describe los olores, los sabores, los paisajes con una minuciosidad nada aburrida.
Menciona obras de arte de famosos de la época, detalla los salones, las fiestas, las orquestas, los instrumentos musicales de entonces y nos habla de sus sonidos y del repertorio que tocaban.
Cuenta de los jolgorios organizados por los nobles, la bufonada de los moros y cristianos, las comparsas, las maromas de los maromeros, los disfraces, mientras nos hace notar el instinto real de desconocer las realidades sociales.
El manejo del lenguaje es sustancial, apoyado por el uso de refranes y gracejos, así como la exposición del pensamiento político más avanzado de la época, dado en la voz de un prisionero político que sufría en el cepo público y se defendía gritando sus ideas.
Otra parte interesante del relato es la muerte del personaje lord Broke, que rivaliza con la muerte de varios marineros durante un naufragio, a los cuales no se le da atención alguna y sin embargo, al velorio y entierro del noble se le brinda el mayor apoyo y casi entusiasmo. Ello demuestra la descomposición social y política del momento, que será el detonante de lo por venir.
El propio velorio culmina en una orgía de los criados en la casa del muerto, donde cada cual va a tener sexo con quién puede y quiere en los lugares más inexplicables.
Es aquí donde aparece Luciano, uno de los protagonistas de la obra, quien además es criado del noble muerto y pierde su trabajo luego de la muerte del amo. Aparece también Stanton, otro protagonista, quien es el abogado de lord Brooke y queda también sin trabajo, aunque con otras condiciones económicas. El argumento nos deja ver como el destino une a estos dos hombres, que luego serán decisivos en protagonizar los acontecimientos que sobrevendrán.
Vuelve entonces Lisandro a la corte y habla de corrupción, desenfrenos sexuales, sodomia, incestos, chismes en general.
Dice que entonces el dinero nada valía, que todos debían pagar altos impuestos, que el rey derrochaba en francachelas y en el boato real con costosas mercaderías importadas.
Habla de la rebeldía de los escoceses, del amotinamiento de batallones completos del ejército inglés y pone en boca de Luciano, el criado que ha quedado cesante, un amplio discurso contra el poder, proveniente del pensamiento profundo del estrato más humilde de la sociedad.
También expone Luciano los comentarios de los sufrientes por los grandes impuestos como el dinero de los navíos, que iba a las manos de Carlos I supuestamente para la construcción de bajeles.
Todo ello va formando y madurando ideológicamente a Luciano y preparándolo para su actuación futura en aras de la revolución.
Entonces, de buenas a primeras, el lector inteligente se da cuenta de que hay dobles lecturas en el texto. Toda la narración está salpicada de reflexiones que evidentemente tenían una lectura en la Cuba de la época en que fue escrita. Por ejemplo, en la página 81 hay dos fragmentos que vale la pena traerlos a colación:
El primero dice: “Como decía Stanton eran tiempos peligrosos para pensar y mucho más lo eran para escribir lo que se pensaba”.
Y el otro: “En una mesa junto a la ventana, un grupo de abogados discutía sobre el daño que causan los sermones, que solo sirven para reafirmar al pueblo en la obediencia a sus gobernantes.”
En la página 82 hay otro texto interesante. “Por otro rincón se hablaba de la necesidad de separar la Iglesia y el Estado, pero todo aquel que pretendía la reforma del estado era acusado de impío, todo el que rechazaba el freno de la ortodoxia religiosa era acusado de sedicioso. No se podía continuar así. Muchos habían escogido la emigración y vivían en las colonias del otro lado de la mar.”
Pero dejemos que sea el propio Lisandro quien no hable de esta peculiar situación.
En determinada entrevista concedida por el autor de Temporada…, se lee:
Ha dicho que Temporada... está inspirada no solo en los sucesos de la revolución de Inglaterra sino en la rusa, la mexicana, la cubana... y las motivaciones, los comportamientos humanos que narra en ella lo evidencian. Al escribirla, ¿tenía conciencia de la familiaridad que establecía con nuestra realidad y escogió un telón de fondo apropiado para crear -y recrear libremente- sin la amenazante ojeriza que despertaban esos temas en los 70-80?
De una parte quería exponer algunas situaciones ocurridas dentro del proceso cubano que habrían podido ser mal interpretadas en aquel momento de distanciamientos e incomprensiones en el campo cultural, por tanto la ficción era un manto protector contra los equívocos y el conflicto. De otra parte quería dotar a mi novela de una percepción de mayor vuelo que la anclada en una época y un país. Deseaba presentar el desarrollo revolucionario en toda la dimensión de su hermosura romántica, con la belleza inherente a la intención de cambiar la vida y, de otra parte, las crueldades involuntarias, la dinámica inclemente que desata la lucha de clases y la severidad a que se es sometido dentro de ese proceso.
Para lograrlo tenía que servirme de un vehículo universal.
Es lo que pretendí.
Pero también resulta evidente que Otero no pretendió con esta obra escribir una novela histórica pura, a pesar de la rigurosa investigación sobre el tema. El autor se propuso y logró, dejar que la imaginación “contaminara” el hecho histórico “verdadero”, y fluyera recreando la historia, a partir de que la misma está narrada desde el punto de vista de un humilde siervo, es decir, Lisandro vuelve a la vieja fórmula de darle voz “a los que no tienen voz”, y permitir que ese punto de vista particular “escriba” su propia historia, su propia versión de acontecimientos trascendentales que están ocurriendo. He ahí su genialidad. Nos oferta, y por supuesto que lo aceptamos, “otra” historia, su propia versión.
Pero volvamos a la entrevista, y observe el lector sus criterios al respecto:
La dificultad mayor de la novela histórica reside en olvidar la masa de información investigada y dejar que fluya la imaginación. Mientras escribía algunas de mis narraciones tuve la impresión momentánea de que estaba realizando un texto histórico, un ensayo, un vehículo doctrinario y no una pieza quimérica. En muchas ocasiones he reescrito capítulos, mutilando gran parte de los hechos auténticos para permitir que la fantasía asumiese su espacio propio. He dedicado mucho tiempo a la investigación en bibliotecas y archivos antes de escribir algunas de mis obras. La situación fue incubada en la Biblioteca Nacional José Martí y Temporada de ángeles no habría podido existir sin la Biblioteca Británica, en Londres. También he investigado y leído mucho en mi biblioteca personal; tengo una buena cantera de materiales en mi casa. Pero una de las reglas principales, como dice George Lukacs en su ensayo sobre la novela histórica, consiste en no moldear como personajes de ficción a los protagonistas reales de los sucesos políticos. Éstos deben aparecer como decorados de fondo y pasar subrepticiamente sin monopolizar la atención. Hay que recordar que en una novela histórica no deben dominar los acontecimientos que uno pueda leer en los periódicos de la época. La novela histórica es como un diario privado de una etapa, no es una crónica pública de lo que todos vivieron. Los anales tienen su ubicación en otro contexto. Decía Marguerite Yourcenar que el novelista debe escribir desde adentro lo que el historiador ha escrito desde afuera. Siempre he tenido como meta principal realizar una obra de arte, no una interpretación de la epopeya.
En fin amigos, me gustaría contar con más espacio para seguirles comentando este extraordinario libro que nos demuestra cómo la novela histórica que se respete no hará énfasis en lo que aparece en los textos de historia, ni en los periódicos de la época, por cuanto el novelista hace literatura, y la literatura es ficción, es fantasía, es punto de vista, (recordar Rashomon), y no requiere del dato histórico “preciso y corroborado”.
Si he logrado interesarlos en esta obra de marcados valores y de suma actualidad, les ruego visitar las “librerías de viejos” o hurgar en las bibliotecas y acceder a su lectura.