Ángel Augier, estudioso de Juana Borrero
Cuando nos referimos a Ángel Augier (1910-2010) como estudioso de la literatura cubana, inmediatamente nos viene a la memoria su imprescindible “estudio biográfico crítico” dedicado a Nicolás Guillén, obra que aun escrita desde la cercanía cronológica y desde la amistad, logra una interesante perspectiva de evaluación del Poeta Nacional y permite salvar gran cantidad de información de primera mano sobre su biográfica y las circunstancias que rodean la escritura de sus textos mayores, e incluso de esas páginas secundarias pero que contribuyen a dibujar la trayectoria estética de un creador. Es una tentación demasiado evidente la de concebir a Augier esencialmente como el biógrafo de Nicolás, casi como el Eckermann que conversaba a diario con Goethe para asentar después en sus cuadernos lo que la historia debía recordar. Pero felizmente, Ángel fue mucho más que aquel burgués que vivía sorprendido por los desplantes con los que el genio de Weimar se dignaba obsequiarle en los paseos vespertinos por el jardín.
No hay que olvidar que entre 1937 y 1945, el joven gibareño, establecido en La Habana, realizaba trabajos de investigación en la Oficina del Historiador de aquella ciudad, regida entonces por Emilio Roig de Leuchsenring. Tal trabajo fue una verdadera universidad para él, pues en torno al acucioso erudito se congregaban los más notables investigadores de la historia y la cultura cubana. Basta con consultar aquellos legendarios Cuadernos de historia habanera donde se reúnen firmas notables como las de José Luciano Franco, Nicolás Guillén, Manuel Mesa Rodríguez, Gerardo Castellanos, Fermín Peraza y Elías Entralgo.
En el Cuaderno 15, que forma parte de la serie “Habaneros ilustres”, está el texto íntegro de una conferencia dictada por Augier en el Palacio Municipal en los primeros meses de 1937: “Juana Borrero, la adolescente atormentada”. El aún joven escritor mezcla en estas páginas una especial capacidad para trazar el perfil psicológico de la malograda hija de Esteban Borrero y un particular empeño por mostrarnos las influencias ―de su padre, de Casal― que modelan ese excepcional talento artístico. No es extraño que, como confiesa el autor en una nota final, el texto de este trabajo fuera discutido en la cátedra de Psicología del Adolescente que dirigía la Dra. Piedad Maza, en la Universidad, y que motivara una serie de apostillas de carácter psicopedagógico por parte de Matilde Serra, una de las estudiantes que formaban el auditorio. No hay que olvidar que esta rara figura de nuestro Modernismo, después de los artículos elogiosos que le dedicaran Casal y Enrique José Varona en su tiempo, había vuelto al silencio, y es Augier quien inaugura su bibliografía en el siglo XX, continuada luego por Manuel Pedro González, Fina García Marruz y Cintio Vitier.
Ya por estos años Augier ha ido formándose en el método de análisis dialéctico-materialista y lo aplica de modo consecuente con su estudio, pero su sensibilidad de poeta no le permite caer en el mecanicismo, ni concebir la creación artística como una pura excrecencia del medio. En las páginas introductorias a la conferencia apunta:
Si un concepto materialista de los fenómenos humanos no nos aclarara muchos puntos oscuros de la vida, aseguraríamos que en Juana se realizó la teoría idealista de la predestinación. Pudiera decirse que ya desde antes de nacer caminaba por sus venas, con pasos silenciosos, como un inevitable virus de belleza y emoción, la sangre armoniosa de la poesía.
Pero esto no le impide acudir a la confluencia de varias disciplinas para intentar explicar el surgimiento de un fenómeno tan excepcional: acude a la historia para explicarse que, tras la fallida conclusión de la Guerra Grande, se produce un estado de conciencia colectivo que forzosamente tiene que influir en una persona sensible, y contempla en Juana “el símbolo del alma cubana en los años que ella vivió tan maravillosamente: el alma ansiosa y atormentada de Cuba que no podía conformarse con una existencia sin plena grandeza y libertad”. Acude luego a la psicología, a autoridades prestigiosas en su tiempo como Mendousse y Spranger, para intentar explicarse el proceso de la creación artística en la edad adolescente e incluso se detiene en la teoría de Tolstoi sobre el exclusivo placer de la creación. Esta multiplicidad de factores permite al investigador al menos intentar develar el secreto de esta adolescente atormentada, y aunque no cree en la predestinación cristiana ni en las teorías de la herencia, repasa su panorama familiar para detectar aquellos elementos que pudieron haberla inclinado desde niña a la expresión artística: la condición de poetas de su abuelo Esteban de Jesús Borrero, su padre, y sus tíos Manuel y Elena, y el parentesco de su madre, hermana de la escritora Martina Pierra, con la Avellaneda.
Tras una semblanza de Esteban Borrero Echeverría, el padre, que tuvo una decisiva influencia ideológica y literaria en Juana, coloca Augier una segunda parte, dividida en cuatro epígrafes, a la que, parafraseando a Joyce, llama “Novela de una artista adolescente”, allí desarrolla a la vez la biografía y el repaso crítico de los versos de la joven, tiene como fuentes el artículo que Casal le dedicara, incluido en Bustos y rimas, y los versos que le ofrendara, así como otros juicios del Conde Kostia, José Antonio Portuondo y otros autores, pero sobre todo hace hablar a la propia figura a partir de sus versos y cartas.
Es preciso señalar que por esos años no se ha recopilado todavía la obra de Juana y que Augier no sólo revisa la edición de sus Rimas, que vio la luz en 1895 con prólogo de Aniceto Valdivia, y el número del Fígaro dedicado a la poesía femenina, del 15 de febrero del propio año, así como el libro Grupo de familia, que pergeñó por entonces Don Esteban Borrero, prologado por Aurelia Castillo, sino que acude a las hermanas sobrevivientes de la autora: Mercedes y Consuelo, y ellas le facilitan algunos textos inéditos y las cartas. Es Augier el primero de los investigadores en señalar que aquel epistolario dirigido al novio Carlos Pío Urbach y a la amiga pianista Luisa Chartrand merecía ser transcrito y publicado como una pieza excepcional para evaluar a la escritora adolescente. En este sentido fue un precursor, pues esas cartas se publicaron tres décadas después, bajo el sello del Instituto de Literatura y Lingüística, ordenadas por Cintio Vitier y Fina García Marruz, con prólogo del primero.
Es muy difícil, al repasar estas páginas, no convertirse en un cómplice del conferencista e investigador: Ángel es aquí una especie de ángel-conductor que nos introduce en la casona de Puentes Grandes que pintara Casal en su artículo con la “puerta solferina de madera agrietada”, cerca del murallón y el río, por donde Juana dibuja; volvemos a leer esos fragmentos de “Todavía”, “Sol y nieve”, “Dolorosa”, asistimos a la muerte de Julián, al idilio con Carlos Pío, a los remordimientos de la joven que siente la culpa de olvidar al poeta muerto a causa de ese amor demasiado carnal que le inspira el novio actual; luego, el destierro, la imagen de la escritora solitaria en la tarde de Key West, que se va al cementerio para acostumbrarse “a la idea terrible de la muerte”, y esa sensación de vacío final: Juana que muere repitiendo unos versos de Casal y la sociedad que ahoga esos ecos con la indiferencia de que cuatro décadas después todavía la mayor parte de su obra era desconocida para el público. Son páginas sabias, sugerentes, excepcionales.
No pudimos estar allá, bajo las luminarias del antiguo Palacio Balboa, donde Ángel Augier leyó, un ya lejano 17 de marzo de 1937, su conferencia. Repasamos sus páginas en un ejemplar de los Cuadernos ya amarillo, roto y mordido por las polillas, y esos párrafos vuelven a estremecernos. Habría que hacer justicia a este precursor reeditando ese estudio para devolverlo a las bibliotecas, a las escuelas, a los lectores, en fin, a Cuba.
