El brujo peregrino
Pues nada, un matrimonio campesino, sin hijos y con poca alegría, vivía en una fea choza distante de toda ciudad, de toda aldea, de todo villorrio incluso perdido en algún oscuro lugar del planeta. Ella se llamaba Gerta y era muy hacendosa, tejía, bordaba, cantaba y cocinaba pobres manjares como si fuesen platos para el rey. Él era un campesino soñador, ordeñaba su única vaca, sembraba una escasa cosecha y comía discretamente los inventos culinarios de su mujer. Se llamaba Hans, y siempre esperaba a que llegase del cielo la buenaventura.
Una tarde, alguien tocó a la desvencijada puerta, cosa insólita en aquel paraje, y Hans la abrió muy asombrado. Ante él estaba un anciano de barba larga y blanca, gorro de pico elevadísimo y un manto de estrellas, que decía llamarse Melquíades, y pedía que le dieran algo de comer. Gerta gritó que tenían muy poco para compartir, pero Hans, que era un hombre de corazón muy noble, fue a buscar un poco del plato del día, y se lo ofreció con muy buena voluntad y educación. El anciano puso su larguísimo bastón a un lado y se dispuso a comer como si se tratase de un regalo celestial.
Una vez concluida la cena, con la noche muy avanzada, Melquíades les hizo saber a Hans y Gerta que él era un poderoso mago, brujo, hechicero, nigromante, adivino y alquimista del séptimo día, que podía transformar la paja en oro pero no fabricar comida, por lo que estaba muy contento y agradecido sobre todo con Hans, al cual se dirigió directamente: «–Pide lo que quieras, pues a mí me está dado cumplir tres deseos a quienes me benefician–». Gerta comenzó a lanzar carcajadas y a hablar sin parar, porque a las mujeres nacidas bajo el signo de Acuario no hay quien las haga callar, e incrédula y mal educada se mofaba de Melquíades sin recato ni pudor. Hans, lleno de indignación, le dijo: «Mujer, ojalá te quedaras muda». Y zaz, su deseo fue cumplido de inmediato. Hans quedó muy disgustado, pues en verdad usaba sólo una frase lexicalizada y no un deseo real, de modo que pidió al brujo que, por favor, le devolviera la imprescindible voz a su mujer. Así fue, con lo que ya se había cumplido el segundo deseo.
Gerta se había dado cuenta desde el momento mismo de su mudez, que aquel señor era en verdad un poderoso mago, que decía verdad y que podían obtener un gran beneficio de él, si le pedían riquezas, poder, gloria y vivir en un palacio en el centro de una gran ciudad. Llamó aparte a Hans y le dijo al oído: «Marido mío, esta es nuestra oportunidad, pidámosle al señor mago un castillo y ya verás qué felices vamos a ser». De mutuo acuerdo, así lo hicieron, sintieron un ruido enorme y de pronto se vieron viviendo en una gran mansión con almenares y capilla privada. Estaba situada en un plaza en el mismo centro de una concurrida ciudad. Pero descubrieron que ellos vestían como pordioseros, y, para colmo, no había allí nada que comer.
Buscaron por todas partes al anciano de la capa de estrellas, pero ya él se había marchado, tras cumplir con los tres deseos de Hans. Al fin lo hallaron a punto de entrar en un carruaje que más bien parecía una lámpara maravillosa, y le gritaron al unísono: «Señor, señor, no se marche, por favor concédanos un último favor, se lo suplicamos, haga el milagro, tenga la merced de darnos oro, oro puro, para comprar con él de todo lo que necesitamos». Un poco molesto, el mago estiró su bastón y dijo: «Sea, pero si se arrepienten un día de poseer tanto oro, volverán al sitio y a la situación donde los encontré». Gerta rió a carcajadas, pues cómo podía ser que alguien se cansara de poseer mucho oro. A Hans le pareció bien el trato y ¡hecho!: Melquíades les pasó un don de alquimia, de manera que todo lo que tocaban, se convertía en oro. Con unos burdos cuchillos de nosesabequémetal, rápidamente convertidos en oro, fueron a comprar frutas y carnes, pero al llegar a casa con ellas, no solo los comestibles, hasta la misma cesta en que los traían, se habían tornado en oro puro. A los tres días, el castillo resplandecía al sol, flores de oro crecían en los jardines, las escaleras brillaban y hasta el lecho matrimonial fulguraba con un dorado de ley. Salvo ellos dos, todo lo que les rodeaba, incluso el agua, se iba transformando en oro.
Ya casi morían de hambre y de sed, cuando se pusieron de acuerdo para gritar: «–Basta ya, basta ya, nos arrepentimos de tener tanto oro–».
Y zaz, zaz, zaz, todo se transformó como en un relámpago, y helos aquí, a los pobres Hans y Gerta en su casita de pobres, llorando por tanto como habían soñando y tanto como habían perdido, y con ánimo de recibir la visita de otro mago más piadoso y menos mordaz y comportarse mejor a su pronta llegada, que en realidad duraba toda una eternidad.
