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Un amigo se fue

Rodolfo Alpízar Castillo, 06 de julio de 2010

Me preparaba para partir hacia la Casa de África, donde debía presentar El balcón del frangipani, del mozambicano Mia Couto, cuando oí por la radio la noticia: Se había ido un amigo. Había fallecido José Saramago.

José y Pilar habían perdido una batalla que venía, al menos, desde comienzos de 2008.

No vale la pena pretender expresar, a quien no lo haya experimentado, lo que se siente al perder a un amigo querido. Algunos lo hemos sentido más de una vez. Quizás lo diga mejor una vieja canción de Alberto Cortés: «Cuando un amigo se va queda un espacio vacío». Eso es, queda un vacío que nada llena, ni siquiera otro amigo.

Los noticiarios se encargarán de aportar al público los datos biográficos, la relación de obras que escribió y los reconocimientos que obtuvo José. Yo solo puedo escribir, quizás como forma de enfrentar la pérdida, quién era para mí este amigo que ya no veré más.

Mucho hemos repetido que Saramago es un referente ético en estos tiempos que vivimos. No es afirmación sin motivo: Nadie como él para tomarlo como paradigma de persona honesta, sincera, íntegra, generosa. Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo personalmente sabemos hasta qué punto lo fue.

Hombre incompatible con las dobleces y las falsas lealtades, denunció cuanto crimen conoció, sin que lo limitara el color de la bandera de quien lo cometía. Ello significó, en ocasiones, que supuestos amigos se volvieran contra él, exigiéndole inadmisibles incondicionalidades. Sin embargo para él era más importante mantenerse fiel a los principios que regían su vida.

No le hicieron variar su manera de ser el haberse convertido en un escritor de éxito, leído y traducido en todas partes, codearse con lo más selecto de la intelectualidad mundial, ser recibido por jefes de Estado y grandes líderes políticos, o haber obtenido los más altos reconocimientos, incluido el premio Nobel.

Tampoco hizo caso de la avalancha de enemigos que surgían cuando fustigaba el uso criminal de ideologías y religiones. El fanatismo y la ignorancia, aliados a mezquinos intereses económicos y políticos disfrazados de ideología, han disparado sus cañones verbales contra José en múltiples ocasiones. En sitios de Internet es posible encontrar ejemplos de esos ataques, algunos hasta risibles. Pero continuó siendo él mismo, hasta el final. Ahí nos queda Caín para evidenciarlo.

Cuanta causa justa y noble conoció, recibió su solidaridad. Jamás pidió nada a cambio, ni siquiera señales de agradecimiento. Aunque conoció la ingratitud en más de una oportunidad.

De su generosidad hay muchos testigos, desde vecinos y familiares, hasta trabajadores de la Editorial Caminho, con quienes compartió parte de la dotación económica del Premio Nobel. Y no solo las personas, también los animales, como los perros que recogía para brindarles el alojamiento y el cariño que no conocían.

La relación que mantuvo con sus traductores es ejemplar. Quizás por haberse ganado la vida alguna vez ejerciendo esa profesión, fue en extremo amistoso con quienes han traducido sus obras. De hecho, le debemos una afirmación que nos hace justicia: «Los escritores hacen las literaturas nacionales, los traductores hacen la literatura universal».

Por tocarme de cerca, me detengo en ese punto.

Fue en Cuba donde se tradujo por primera vez una novela de Saramago. Allá por 1984, Romualdo Santos, amigo que también nos dejó hace años, puso en manos de un traductor la novela Levantado do chão, de un José Saramago desconocido entonces por los cubanos. El traductor quedó impactado con la obra, tanto que, desde entonces, es uno de los más fervientes admiradores de la narrativa saramaguiana.

En abril de 1985 estaba lista la traducción, aunque salió a la luz en 1989, con el nombre Levantado del suelo. Aproximadamente por ese tiempo apareció la versión española, con el título Alzado del suelo, que se modificó posteriormente, pues José prefirió el dado en Cuba.

Pasó por la Isla en algún momento mientras su novela estaba en proceso editorial, y quiso conocer a su traductor. Le pidió que, bajo ningún concepto, permitiera modificaciones en la forma de puntuar o de colocar los diálogos. «Usted es mi representante», afirmó. «Es como si fuera yo mismo, confío en que se ocupe de eso como lo haría yo». Cómo no atender el encargo, si para el traductor era evidente que el estilo de la obra sentaría pautas.

Autor y traductor mantuvieron intercambio epistolar, hasta que circunstancias varias interrumpieron el contacto. De hecho, José regresó en 1992, ya después de publicada la novela, y el traductor solo se enteró por una nota en la prensa, cuando ya era tarde. El autor había intentado comunicarse con él, pero no fue posible.

Como traductor que había sido, Saramago sabía que podía suceder, pues no siempre se comprende la importancia de la traducción. Seguramente por esa razón, en 1998, cuando Casa de las Américas solicitó su autorización para publicar fragmentos de los Cuadernos de Lanzarote, la condición fue que encontraran al traductor de su novela, para que él hiciera la traducción del texto correspondiente.

Poco después, recibido el premio de la Academia Sueca, quiso celebrarlo en Cuba, con Pilar y la familia de ambos. En La Habana esperó el año 1999, y participó en los festejos por el cuadragésimo aniversario del triunfo revolucionario. No es necesario abundar en el significado político de tal decisión.

Nuevamente pidió que localizaran a su traductor, pues quería tenerlo a su lado. No lo hizo porque le hicieran falta sus servicios, como demostraría en múltiples entrevistas y conferencias en que habló en un español fluido, sino simplemente por ser el traductor de su obra. Para él eso era más que suficiente. Pero hizo más.

La noche de finales de 1998 en que lo recibirían, de manera oficial, las más prestigiosas personalidades de la cultura nacional en la Casa de las Américas, José, al reconocer a su traductor, entró con el brazo por encima de los hombros del traductor; inmediatamente detrás de ellos, tomadas de la mano, iban las respectivas esposas.
 
Era un gesto simbólico: Mostraba el lugar que, en su opinión, ocupa un traductor en relación con el autor de la obra, puesto que esta, una vez traducida, ya no tiene uno, sino dos autores.

Veintidós meses después, José supo, por su editor, de la presencia de su traductor cubano en Lisboa, con motivo de la presentación de una novela. Aunque su residencia habitual estaba en Lanzarote, él también se encontraba en la capital portuguesa. Era noviembre de 2000, y cumplía 78 años. Ofreció una cena a un grupo reducido de amigos: su editor con la esposa, un importante intelectual y su esposa, una vecina... y su traductor.

Esa noche el agradecido traductor pudo descubrir facetas que no había imaginado en aquel hombre. Y lo admiró mucho más.

Antes y después hubo más contactos, sobre todo gracias al correo electrónico; la relación se profundizó, y el traductor pudo trabajar sobre otras obras de José. Pero, evidentemente, aquellas dos noches, la de fines de diciembre de 1998 y la del 16 de noviembre de 2000, quedaron grabadas para siempre en su recuerdo.

En los últimos dos años, las noticias que llegaban eran alarmantes. La muerte había pretendido llevárselo en una ocasión. Apoyado en Pilar, esa gran mujer, luchó y se sobrepuso. El titán no se dejaba vencer así como así. En medio de las expectativas sobre el desenlace, vimos aparecer El viaje del elefante y respiramos aliviados: Nada en la obra permite entrever que su autor estaba casi muriendo al escribirla, cómo no iba a nacer la esperanza. Después vinieron Caín y algunas apariciones públicas. La esperanza creció: Tal vez el amor de Pilar había logrado el milagro.

Vana ilusión. Se nos fue.

Ya no tendremos nuevas obras que nos desasosieguen o escandalicen, como el Ensayo sobre la ceguera, In nómine Dei, El Evangelio según Jesucristo, Caín, Las intermitencias de la muerte…

Nos legó una obra extensa y su ejemplo. Una historia de amor real, la suya con Pilar. La privilegiada maravilla de haber vivido la misma época que él. Pero también el dolor de saber que ya no estará más, en Lanzarote o Lisboa, creando prodigios. Lloramos porque no lo tenemos. Lloramos porque, como diría Vallejo, este hombre nos hace una falta sin fondo.

(Junio 18, 2010)

 
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