Lezama siempre
¡Qué joven era aquel frío
de los otoños primeros!
Y sus versos ¡qué flecheros
del ciervo que no va herido!
¡Cómo era claro el estío,
y las letras rehicientes!
¡Cómo hablaba la vehemente
alondra, la poesía,
que empezaba en una huída
y acababa en un gran puente!
Este poema inédito de Fina García-Marruz, dedicado a José Lezama Lima (1910-1976), fue enviado por la autora al foro interactivo que por el centenario del creador de Enemigo rumor se desarrolló en la tarde del 2 de julio, como parte de las actividades principales de La Noche de los Libros, en el Pabellón Cuba, con la participación de Zuleica Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro, César López, Premio Nacional de Literatura 1999 y el poeta y ensayista Roberto Méndez, junto a otros escritores y artistas.
Una vez llevé ese verso
junto a las marinas olas,
y no eran ellas más solas,
y no era su azul más terso.
Qué infinitud en el anverso
de esas medidas corolas,
de esas eles como olas
que no se estrellan, perdidas,
y en el coral recogidas
de las eternales horas! ¹
Nacido en 1910, José Lezama Lima se gradúa de abogado en 1938, un año antes de publicar su excepcional Muerte de Narciso, evoca en su mensaje el escritor y periodista Imeldo Álvarez. «En 1966, con su prodigiosa novela Paradiso, ocupó primerísimo lugar en el boom de la literatura latinoamericana, pero esta obra magna fue el detonante universal, magia deslumbrante, puesto que su concepción del mundo es poética».
Más adelante Imeldo recuerda que conoció personalmente a Lezama gracias a José Triana, que atendía con él, en la Editorial Arte y Literatura, temas y autores españoles, hasta llegar a alcanzar en el seno de su casa amistad y relaciones colmadas de experiencias.
Desde Línea y Paseo, le llevaba pudines y flanes que le hacían disfrutar gratos momentos. Al abandonar el país el vecino de los bajos, María Luisa y yo lo embullamos en el logro de una permuta que lo alejara de la humedad de Trocadero 162, pero él, con tierna firmeza, nos explicó cuánto amaba aquella casona a dos cuadras del Prado. Nunca podré olvidar las palabras de Cintio Vitier al darle sepultura en el Cementerio de Colón. Lo llamó justamente cubano ejemplar. Ruega por nosotros y sonríe, dijo Cintio. Tampoco he podido olvidar lo que lucharon el doctor Moreno y Retamar para salvarlo de la pulmonía que lo ahogaba. Y recuerdo cuanta ilusión puso en la edición del primer tomo de sus Obras Completas publicadas en México por la Editorial Aguilar. Ese tomo llegó a La Habana el mismo día de su entierro. […]En el centro del Alibi, donde Lezama dijo estaba Martí, pienso que también está Lezama, sonriendo.
Ahora, cuando ya parecen haber quedado definitivamente atrás los perjuicios y los beneficios promocionales —no solamente prejuicios— sufridos o disfrutados por la vida y la obra de Lezama en los choques entre la adoración y las interdicciones, asegura en su mensaje el investigador y ensayista Luís Toledo Sande; sus calidades son las que le aseguran el lugar que le pertenece en los cotos verdaderos y más amplios, incluidas las realezas estéticas, de la patria.
Los textos de Lezama prueban que él no incurrió en aislamiento punible, sino que, con los recursos que mejor manejaba, se dio a la tarea de aportarle a su polis lo que entendía que podía salvarla, o hacerle bien, o mantenerla viva y con fuerzas para salvarse por sí misma. Lo hizo sin ser el combatiente revolucionario que no habría por qué pedirle que fuera, y sin desertar de lo que entendía que había sido el gran honor de su vida: haber participado en actos que distinguieron a la generación revolucionaria de los años 30. No vendrá mal recordar ninguno de estos indicios. Hay en el mundo muchas cosas que parecen ponerlo todo fuera de lugar, y no es precisamente el tiempo: ni el cronológico, ni el climático.
Fue hombre de singular constancia y valentía, al decir de Roberto Méndez, y opuso el arduo trabajo de forjar obras monumentales como su Antología de la poesía cubana (1965) o su novela Paradiso (1966), a cualquier escándalo, que siempre supo sería temporal.
Desestimó las invitaciones de su hermana Eloísa a emigrar, aún cuando, a partir de 1971, como consecuencia del llamado “quinquenio gris” fue marginado junto con otras muchas personalidades de la cultura por las autoridades que regían el Consejo Nacional de Cultura. En febrero de 1962 había escrito a Eloísa: “No he oficiado nunca en los altares del odio, he creído siempre que Dios, lo bello y el amanecer pueden unir a los hombres. Por eso trabajé en mi patria, por eso hice poesía”.
Creo que este centenario es la oportunidad para romper con cualquier actitud sectaria respecto a Lezama, asegura más adelante Méndez, para concluir con un llamado a comprenderlo como fue: culto, dialogante, irónico, antidogmático, aficionado a lo secreto, católico a su manera, oscuro y provocador, pero sobre todo, enamorado de la historia y la cultura cubana y defensor de una actitud de resistencia ante las fuerzas disolventes que pudieran lesionarlas.
Poesía, extraño silbo.
Silbo que algún bosque evocas.
Puro son: nadie te toca.
Huyes, como sorprendido.
Dijérase que se ha ido
pero uno sabe que está
en algún sitio, que va
detrás que fue primero.
Se sabe de su alto enero
que fue, que es, que será.¹
NOTAS
¹ Estos fragmentos corresponden también al poema inédito de Fina García-Marruz dedicado a Lezama.
