Los libros y la noche
Cuando hace tres años tomó forma el proyecto de iniciar el jolgorio del verano a través de actividades relacionadas con el libro y la lectura, la reacción del público sobrepasó cualquier expectativa.
La noche del 6 de julio del año 2007 ha quedado en la memoria colectiva de la ciudad, como una de las mejores de todos los tiempos en todo sentido: el poder de convocatoria del Instituto Cubano del Libro alcanzó en ese momento una de sus mayores respuestas: la contribución de varias instituciones (Unión de Jóvenes Comunistas, Asociación Hermanos Saíz, Instituto de la Música, etc.) propició una variedad de ofrecimientos nunca antes vista; el cierre al tránsito automotor de la Calle 23 permitió que esa arteria, vial fundamental para la ciudad, se convirtiera en un bulevard nocturno, dedicado exclusivamente a la fiesta de los libros.
Varias iniciativas, como las tarjetas ilustradas que en forma de juego colectivo estimulaban la visita a los distintos espacios de lecturas y lanzamientos, aseguraron el estruendoso éxito de esa noche particular.
Desde la calle 14 hasta el mar, todo fue exquisito.
Por primera vez, acudieron familias enteras, en horario de la noche, para disfrutar de las muchas opciones que parecía increíble que estuvieran al alcance de todos.
La música acompañaba cada paso, en consonancia con el motivo de la fiesta. Las voces de Silvio, Pablo, Ana Belén, Víctor Manuel y varios más inundaron las calles sin exigir protagonismos, cediendo espacio al mundo mágico y maravilloso del libro. Cada portal, sala cinematográfica, café, centro cultural y parque de la calle 23, fue tomado por el asalto por un público ávido de buena cultura.
Para que nadie quedara sin satisfacer sus más exigentes reclamos, una suerte de especialización fue bien pensada, y, como siempre que se organiza con cuidado un espectáculo, el resultado fue altamente satisfactorio, sobre todo en el orden social, más allá de las altas recaudaciones que se lograron con la venta de libros, revistas, carteles y postales.
El mundo infantil estuvo situado cerca de la calle 14, y luego en dirección hacia el mar la galería de autores, gustos, libros y preferencias ocupó los espacios, sin dejar que nada ni nadie quedara fuera. La peña de los narradores en el Centro Cultural Fresa y Chocolate; lanzamiento y venta de revistas relacionados con el cine en el portal del Charles Chaplin; lecturas de textos vinculados con el deporte, con la presencia de atletas cerca de la calle 4; en el parque Martin Luther de la calle F, se desarrolló un fabuloso intercambio del público con Daniel Chavarría, para dejar lugar un poco más tarde y un poco más cerca del mar a la poesía. En el Café G se reunieron importantes jóvenes poetas liderados por Basilia Papastamatíu; en el sitio aledaño al restorán El Cochinito se situaron los cultivadores del repentismo; y en el parque El Quijote se ofreció un memorable concierto de poetas y trovadores del centro y el occidente de la isla, que duró hasta cerca de la medianoche por petición del público. Llegando a la parte más baja de la calle 23, continuaba la exhibición y venta de publicaciones de mucha demanda de personal especializado, como fue el caso de libros raros y de uso, y de revistas dedicadas al mundo teatral, en los portales del cine Yara y La Rampa respectivamente. Cuando la noche llegaba a su fin, los jóvenes se conglomeraron, con su habitual algarabía, en el Malecón frente al Hotel Nacional, para escuchar a Kelvis Ochoa, ya ubicado en lo más alto de la popularidad desde aquel entonces.
Fue una noche, como dije, inolvidable y única. Han transcurrido tres años, que significan tres noches de libros, y acaba de realizarse la cuarta fiesta de inicio del verano hace apenas unas jornadas. Celebro mucho que continúe la tradición de invocar el libro como objeto artístico proveedor de instructivo esparcimiento, y que se le vincule con actividades festivas, pero no es sano dejarse llevar por la inercia. Ya no es posible lograr el cierre de la calle, por lo cual se dificulta el paso de los distintos públicos que deben trasladarse de un punto a otro, sorteando el peligro de automóviles y guaguas; la reiteración de los mismos esquemas puede lograr un efecto contrario entre el auditorio, que siempre exigirá más. Por primera vez, decidí no participar en esta noche de libros, a pesar del vínculo emocional que me une a dicha iniciativa.
Creo que es justo, conveniente y merecido, el hecho de dejar espacio a nuevos rostros de la literatura, de forma que el público descubra nuevas posibilidades cada vez. La repetición de cualquier estímulo hará desaparecer la reacción. Debemos meditar acerca de nuevas posibilidades, reservar lanzamientos exclusivos para esta noche, atender sugerencias que resulten atractivas para los jóvenes, seleccionar figuras que dialoguen con esos lectores y esas lectoras que no suelen acudir a las presentaciones oficiales. No me gustaría ser interpretada como una detractora de la idea de la noche de los libros, porque es justo lo contrario. Me siento tan emocionada con la inclusión del libro como elemento de fiesta, que quisiera ver el proyecto rejuvenecido. Es tan útil, tan necesaria, tan gratificante la concepción del programa, que me atrevería a considerarla primordial. Siempre existirá la posibilidad de nuevas opciones mientras nos acerquemos a los jóvenes. Son ellos quienes marcan el termómetro, porque son los más demandantes y rigurosos. Que sea la noche de los libros un espectáculo novedoso y atractivo depende en gran medida de nuestra capacidad. Ese gran humorista que es Zumbado, dijo que uno de nuestros problemas es la falta de fijador. Solemos empezar los programas con desbordante entusiasmo por parte de los protagonistas: el público y los practicantes del arte. Luego, caemos en la complacencia de satisfacernos con resultados numéricos, y nos acomodamos a la idea de que si quedó bien una vez, pues no hay nada que cambiar. Y las estadísticas dirán sus resultados, pero no olvidemos el jocoso concepto de esta disciplina: Es aquella ciencia que nos muestra todo, menos lo esencial. Pongamos un ejemplo que no ha sido abordado ni en una Feria ni en ningún evento y que es reclamado a gritos por todos: El tema del humor literario. ¿Por qué no vincular el humor literario con la Noche de los libros? ¿Por qué no captamos jóvenes que de seguro querrán ilustrarnos con su visión humorística de la realidad? ¿Por qué no ofrecer un espectáculo realmente atractivo donde se vinculen humor-literatura-clásicos? ¿Por qué no difundir a los grandes maestros del género precisamente esa noche? ¿Por qué hay que aparentar tanta seriedad si somos los reyes del choteo? ¿Por qué no aprovechar ese limbo para la Noche de los Libros?
Me preguntan, por último, por la trascendencia que tiene La noche de los libros. Precisamente esa es la clave por la cual todos debemos esforzarnos: Para que trascienda de verdad, para que vaya más allá de unas horas de intercambio, para que se fije en la memoria, para que sea una ocasión esperada y no una más, para que tenga ofrecimientos nunca vistos, para que sea, en fin, La Noche De Todos Los Libros, para todos los públicos.
La literatura merece el esfuerzo.
Laidi Fernández de Juan
7 de julio, 2010.

