Quienes asistimos a la conferencia que ofreció José Saramago en la Casa de las Américas en su más reciente visita a Cuba (2005) vivimos un raro momento de regocijo interior. José hizo allí algo que casi nunca hace, o nunca: Habló sobre la presencia del amor en sus novelas. *
José es un referente ético de nuestros tiempos. Sus declaraciones sobre temas filosóficos, políticos, sociales, son multicitadas y reclamadas. Pero en esta ocasión fue prácticamente retado por un asistente a apartarse del contenido filosófico de la exposición central y hablar de las historias de amor presentes en sus novelas. Para suerte de todos, aceptó el reto.
En unas más, en otras menos, las novelas de José presentan una historia de amor, al igual que en casi todas aparecen mujeres excepcionales, sea El Evangelio según Jesucristo, sea Historia del cerco de Lisboa, sea Ensayo sobre la ceguera, sea Memorial del convento…Sobre Memorial del convento se ha escrito mucho, pero lo fundamental se puede decir con pocas palabras: Esta sola obra bastaría para hacer la gloria de un escritor.
José nos muestra la historia, filosofa con ella, juega con ella. La re-crea. Sus personajes son reales porque existieron, o porque él los dota de existencia más real que la de aquellos, y acaso los hace más humanos. En esta novela, el pretexto de la construcción de una obra monumental, el convento de Mafra, es el vehículo para el retrato de una época en el devenir de Portugal como nación, hecha con trazos magistrales que nos muestran el palacio y la choza, el personaje sobre el cual habla la historia y el personaje que la hace, pero cuyo nombre nunca se registra. No obstante, en mi entender, lo que más trasciende es la historia personal en que se inserta la colectiva.
Entre Blimunda y Baltasar, los personajes centrales, se teje un lazo amoroso de tal magnitud que se siente continuar más allá del final de la obra. Sin embargo, se trata de dos seres muy simples, mutilado de guerra el uno, hija de una hechicera deportada la otra, ambos incapaces de pronunciar —por no conocerlas— aquellas frases que estamos acostumbrados al hablar del amor.
Al respecto afirmó José que al terminar de escribir se dio cuenta de que no había empleado palabras de amor. Pero en Memorial del convento se transmite este sentimiento con más fuerza, y de una manera más indeleble, que en cualquiera de las fórmulas así llamadas. Hay otra manera de expresar amor. Guardo en la memoria dos frases que lo hacen mejor que ninguna: “Mirarse era la casa de ambos” es una de ellas. La otra marca el final de la novela, y sería criminal decirla aquí. Mejor disfrutar del placer de leer la obra, llegar a ella, gozar a solas de esa experiencia inapreciable. Así lo siento, pues muchas veces he vuelto sobre el capitulo final de esta novela, que considero sobresaliente incluso en quien, como José, es un maestro en finales.
Una muestra de esa maestría en los finales, por cierto, fue esta exposición en Casa de las Américas, pues, para culminarla, llamó a su lado a Pilar del Río (su particular historia de amor), para que leyera las últimas páginas de Memorial del convento. Quien no estuvo allí es incapaz de imaginar lo que se perdió.
(Febrero de 2006)
* Este artículo se escribió a raíz de la última visita de Saramago a Cuba.