En la época de oro de la literatura de viajes, Vicente Blasco Ibáñez gozó de una popularidad muy grande en el mundo de los lectores hispanohablantes, ello, con independencia de que la producción de este autor fue abundante y su vida, por varias razones, comentada en su tiempo, al punto de que ha sido objeto de biografías y series televisivas.
Aquí le damos la palabra:
"Vemos una costa, pero ahora es por la proa, y en ella casas, jardines, edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante. Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del amanecer.
Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto a su entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.
Este castillo se llama El Morro, y el puerto que tenemos enfrente es La Habana."
Es un pasajero más y viajero del mundo. Viaja en el lujoso trasatlántico, Franconia. ¿La fecha del apunte? : 19 de noviembre de 1923.
Motivos tiene para sentirse impresionado. Por entonces ya se palpa en la ciudad la coexistencia de dos mundos: el que representa lo hispánico, lo antiguo, con su arquitectura y sus costumbres, y el que emerge, mezclado y nuevo, cálido y pujante, de las raíces americanas y africanas.
El país entonces disfruta aún de los beneficios que el alto precio del azúcar en el mercado internacional reporta a la economía. Las vacas gordas, o la danza de losmillones,como indistintamente se les conoce, comienzan a languidecer, los tiempos de bonanza están a punto de decir adiós.
La llegada de don Vicente no escapa a la curiosidad de los periodistas y fotógrafos. Al novelista se le reserva una suite en el hotel Sevilla. De atenderlo se encarga un colega a quien le une vieja amistad, el escritor Rafael Conte.
"Si fuese preciso dar un sobrenombre a la capital de Cuba, como lo ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar Habana la alegre. Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda decirse con certeza dónde está su sonrisa.
... La alegría de La Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter de las gentes, en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece excesiva a los extranjeros, en la belleza de sus mujeres, interesantemente pálidas y con enormes ojos."
El visitante se mueve por la urbe. Recorre la casona del dueño del Diario de LaMarina. El Ayuntamiento lo declara "Huésped Ilustre", se le ofrecen brindis. La sociedad intelectual se disputa las pocas horas de Blasco Ibáñez en la capital.
A él le sorprenden los palacetes que la aristocracia levanta en las afueras, la profusión de cafés y establecimientos donde tomar unas copas, el lujo de los teatros y de los círculos españoles para asociados, el precio exorbitante de la vida para quien está habituado a realizar economías.
"Los periódicos de La Habana y los casinos son algo excepcional. Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas coloniales que son casi palacios, otras, edificios propios de reciente construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York... Además se publican magazines y revistas especiales."
La razón tiene al respecto. Diario de La Marina, El Mundo, La Lucha, El Triunfo, La Prensa, El Día, Cuba, La Noche, Heraldo de Cuba, El País, La Nación, El Heraldo, en cuanto a periódicos, y Cuba Contemporánea, Cuba Ilustrada, El Fígaro, Revista Martiana, Bohemia, Social, Carteles, Chic, Cuba Intelectual, por lo que se refiere a revistas, son solo algunas de las que se publican por la fecha en que don Vicente pasea por las calles habaneras.
Apenas un día se detiene el Franconia. Tal es el intervalo en que el escritor forja su imagen bastante pintoresca de La Habana. No obstante, el tiempo es suficiente para que una pluma hábil como la suya le dedique un capítulo, "La isla del azúcar", en su amena y leída Vuelta al mundo de un novelista.