La Siempreviva: entre sorpresas y confirmaciones
La Siempreviva es una revista que está hecha para los que se acercan a la literatura, a la cultura como fenómeno y como circunstancia de vida. Espero que encuentren en ella sorpresas y también confirmaciones, dijo Reynaldo González, Premio Nacional de Literatura 2003 y director de esta publicación, en el lanzamiento de su número ocho, el pasado jueves día catorce de julio, en el espacio que conduce Magda Resik en el Pabellón Cuba; como parte de las actividades de verano que organiza allí la Asociación Hermanos Saíz.
En sus palabras de presentación la profesora de la Universidad de La Habana, Haydée Arango, recordó que cuando hace tres años, en el primer número de La siempreviva, su director publicaba una breve nota editorial para presentar a los lectores el espíritu de esta nueva publicación literaria, explicaba allí que aunque ella quería evocar y rendir homenaje “a un título del siglo XIX, creación del gran bibliógrafo Antonio Bachiller y Morales”, su vocación no era estrictamente decimonónica:
Y no lo era porque, según el propio Reynaldo, la revista nacía con una “mirada tanto nacional como internacional”, “con una comprensión inclusiva y respetuosa de las diversidades”, y con la aspiración de “ser una publicación de los primeros años del siglo XXI”. Desde entonces, los que hemos acompañado y seguido las entregas posteriores somos testigos de la fidelidad de La Siempreviva al propósito de aquellas palabras inaugurales: es esta una revista que, afortunadamente, seguimos sintiendo siempre nueva y distinta, siempre joven. Y ello se debe no sólo a las disímiles firmas que ha incorporado, o a la limpieza y elegancia que nos trasmite su hermosísima realización y su cuidado diseño -un diseño que no le tiene miedo a la luz y a los espacios en blanco, y que además se permite aprovechar las posibilidades de la ilustración a toda página-; sino también a una concepción editorial que percibimos intencionadamente provocadora y renovadora, desde el profundo compromiso con la tradición cultural cubana.
Este número ocho, continúa Haydée, nos invita a pensar, desde sus numerosos textos y miradas en la resistencia de la memoria. De una forma u otra, casi todos los autores compilados o evocados en estas páginas se interesan por el acercamiento inusual al pasado, por la desacralización de nuestros mitos, por el rescate de nuevos rostros o escenarios de la Historia, o por el recuerdo nostálgico de las experiencias propias que se entretejieron con las pulsiones del país y de la ciudad que se habitó una vez. De esta forma, la revista comienza de manera exquisita con una primicia editorial: se trata de cuatro cartas inéditas de Alejo Carpentier a su madre, escritas desde París en los años juveniles del escritor, que resultan en extremo reveladoras por la manera en que humanizan a su autor, pero además porque seguimos encontrando en ellas numerosos detalles que parten de experiencias o reflexiones propias y que iluminan su propia obra y nos acercan a un Carpentier vital, irónico, práctico, travieso, familiar y en extremo cariñoso hacia su madre.
Igual identificación con la humanidad de los escritores del pasado, asegura más adelante Haydée, provocan otros dos textos de este número de La Siempreviva, dedicados al poeta Gabriel de la Concepción Valdés, Plácido, «sin dudas una de las figuras más polémicas de nuestra historia literaria». En este pequeño homenaje en el año del bicentenario de su nacimiento, la revista propone dos acercamientos inusuales a la obra del poeta cubano: en el primer caso, la reconocida ensayista Luisa Campuzano propone un texto personal, con algunos tintes autobiográficos, y donde hace evidente su pasión por la pesquisa histórica y por la cultura del siglo XIX, así como por la que fue su cuna cultural de entonces: la ciudad de Matanzas. Por su parte, el estudiante de Letras Leandro Camargo también se plantea despejar los prejuicios sobre Plácido a partir de la reivindicación de su talento como improvisador. Su intención es doble: no sólo se trata de resaltar sus grandes méritos como poeta de ocasión, sino además la de elevar a categoría artística un fenómeno poético generalmente menospreciado: la improvisación.
Haydée también destacó otros núcleos temáticos que propone La Siempreviva: el dedicado a la ciudad, donde dos jóvenes ensayistas como Mirta Suquet y Ariel Camejo invitan a leer la ciudad de La Habana desde la literatura cubana; es decir, no sólo a encontrar el espacio que está en el texto, sino sobre todo esa ciudad que se revela en la literatura como idea, como proyección simbólica. Por su parte Antón Arrufat reconstruye, apoyado en su atractiva prosa literaria, La Rampa de los años 60 a partir de los recuerdos de experiencias pasadas. También se siente que la nostalgia y la necesidad de refugiarse en otra Habana mueven las reseñas que acompañan este dossier, y que se refieren a los libros La casa habanera. Tipología de la arquitectura doméstica en el Centro Histórico, de Madeline Menéndez García; La Habana desaparecida, de Francisco Bedoya; y Bajando por calle del Obispo. Memoria puntual de la calle más habanera, de Reinaldo Montero; todos publicados Ediciones Boloña.
Así pues, la lectura de este dossier, tan diverso en su concepción, se ve atravesada a su vez por preocupaciones comunes, y es gratificante irlas encontrando en la lectura: la necesidad y la fatalidad de las transformaciones que tienen lugar en el paisaje urbano; las relaciones y contactos entre el mar y la ciudad; la existencia de varias Habanas superpuestas; la dimensión simbólica, mágica, ambigua de la urbe; la imposibilidad de separar la belleza de la fealdad, o de distinguir entre la reconstrucción y la ruina; y sobre todo esa idea de que La Habana significa una constante búsqueda, porque también ha significado una pérdida continua. Por eso esta ciudad que descubrimos en las páginas de La Siempreviva no es distinta de la que vivimos y sufrimos; y sin embargo también es nueva, porque es la ciudad que cada uno desea o extraña, o que cada uno proyecta y sueña.
Hay otros núcleos temáticos que resultan importantes en esta entrega de la revista: por una parte, la presencia de la poesía a partir de la obra de
Rafael Enrique Hernández, Premio Nosside Caribe 2001, y de la obra de Pedro de Oraá, quien sorprende con unas viñetas juguetonas que se acercan de manera inesperada a una realidad tan cotidiana como el aglomeramiento excesivo y variopinto dentro de una guagua; o a temas tabúes como la existencia de palabrotas que se han hecho populares. Pero la poesía está también en otras reseñas literarias dedicadas a libros como La poesía contemporánea en Cuba, de Roberto Fernández Retamar, donde el también profesor universitario Leonardo Sarría evalúa justamente y con gran lucidez la importancia de que se haya reeditado este estudio sobre nuestra tradición lírica; así como en la reseña sobre el volumen Pilares de un reino, de Osmán Avilés, donde el ensayista e investigador Luís Álvarez destaca los valores de un nuevo acercamiento a la poesía de Dulce María Loynaz.
Haydée concluyó su presentación señalando que a partir de las actuales condiciones de la poligrafía cubana, es un acto de resistencia realizar una revista que, aunque pierda su necesaria condición de periodicidad y de actualidad inmediata, siga siendo esperada y recibida de la manera en que ocurre con cada número:
Esa voluntad de resistencia, que se traduce también en resistencia de la memoria, del intelecto, de la literatura, acompaña a este país y a la cultura cubana de muchas maneras. Ese es también el espíritu de La Siempreviva y de sus realizadores, y por eso les agradecemos.
