Breve recorrido por Isla, Amistad y Poesía
Desde muy joven, siempre me llamaron la atención las presentaciones de libros; pensaba que se hacían solo para incitar a las personas a comprarlos, y como es lógico, a leerlos. Con el tiempo, y después de vincularme al mundo de las editoriales, comprendí que además de cumplir el objetivo de la compra y la lectura, existían otras motivaciones: la satisfacción del autor, y la realización de la editorial de poder mostrar el resultado de días y horas de labor minuciosa sobre el texto —no estamos descartando las posibles erratas que se puedan escapar, pues todo trabajo humano es susceptible de presentar errores—, así como el contacto directo del público presente en el momento que, generalmente, otro escritor diserta, o simplemente, conversa con ellos sobre el autor y la obra en cuestión. Eso fue lo que percibí el día en que se presentó el libro de ensayos de Alain Sicard: Isla, Amistad y Poesía, de la Editorial Arte y Literatura y es lo que siento en este momento —aunque en esta ocasión el autor no está presente—ante un público que espera qué le voy a decir acerca de Sicard y de su obra.
Quizás sería conveniente hablar un poco de quién es Alain Sicard, el francés que habla el español tan bien como cualquier cubano. Este amante de la isla es ante todo un profesor —cada uno de sus libros es una clase magistral de conocimientos bien inducidos—, quien mantiene desde la década de los ochenta un contacto ininterrumpido con la intelectualidad cubana, contribuyendo a la difusión de su cultura y a la realización de proyectos en el ámbito de los estudios literarios. Es considerado uno de los especialistas de la poesía de Pablo Neruda y la obra de Augusto Roa Bastos.
Su dominio de la poesía cubana, la amistad que lo une a muchos de sus creadores, y el amor a Cuba, le permitió concebir el pequeño volumen de ensayos Isla, Amistad y Poesía sobre cinco poetas: Eliseo Diego, José Lezama Lima, Nicolás Guillén, Ángel Escobar y César López, así como la relación de algunos de ellos en el plano literario o personal con el poeta español Federico García Lorca y el chileno Pablo Neruda.
El profesor, ensayista y crítico, Rogelio Rodríguez Coronel —quien alentó y ayudó a la publicación—, «sin ánimo de prólogo» deja bien claro, desde las primeras palabras que preceden a los ensayos, que este libro es «poesía y amistad por la vida, plenitud de la inteligencia y de la sensibilidad», para a continuación asegurarnos que, «los textos aquí reunidos de hechuras distintas, nos conducen a su desvelamiento». Y después de hacer un análisis breve, pero con las definiciones precisas que develan las intenciones de Sicard de dejar plasmado con su discurso el testimonio y la creación poética de sus amigos y parte de su vida, deja el camino abierto para que el lector se encuentre con esos amigos que ni la muerte ha podido separar, se encuentre con la tierra amada del autor, y se encuentre con la poesía polisémica de los escritores escogidos. De ahí que no pudiesen faltar algunas frases del propio Alain Sicard para marcar sus sentimientos hacia la isla y su literatura, cuando expresa que los textos de este libro son un modesto testimonio de la relación entrañable que tiene con Cuba y su literatura.
Cuando nos enfrentamos al primer ensayo, el referido a Eliseo Diego, “En un roce inocente de luz", sentimos la sensación de reencontrarnos con el creador fiel a su ética, al verso y a la creación como elemento fundamental que nunca debe abandonar el poeta, y cómo estos preceptos van a estar presentes desde su juventud, durante su extensa vida intelectual, hasta el final de sus días.
Y ahora es el tiempo de levantarme y de trazar mi amplio gesto diciendo:
luego de la primera muerte, señores, las imágenes,
invéntense los jueves,
los unicornios, los ciervos y los asnos
y las leyes, en fin,
y el paño universal del sueño 1
Al adentramos en el texto nos damos cuenta de que en Eliseo aflora siempre esa cubanidad que nunca lo abandonó ni en los más difíciles momentos por los que pasó.
y ya podemos irnos soñando a casa. Mañana será la Isla
como la vio Cristóbal, el Almirante, el genovés de los duros ojos abiertos,
en amistad la tierra con el mar, la tierra naciente
de transparencia en transparencia iluminada.2
Si reencontrarse con Eliseo Diego hace interesante la lectura de Isla…, también lo es la sagacidad con que Sicard aborda el paralelo entre Lezama y Lorca alrededor de otra figura de la Literatura Universal: Luis de Góngora. «Lorca y Lezama en la luz de Góngora» deja materializada las relaciones culturales, que de alguna forma, se han mantenido entre Cuba y España, desde el siglo XV hasta la actualidad, con sus aciertos y desaciertos, sus encuentros y desencuentros, pero con un sello que se ha mantenido entre ambas naciones. Ante la mirada del ensayista, poseída de solidez interpretativa, Lorca y Lezama dan la visión que tienen de la poesía de Góngora: lo que uno censura —Lezama—, el otro lo celebra —Lorca—, sin pasar por alto la trascendencia que tuvo para la literatura el cordobés, lo cual permite comprender la manifiesta reconciliación de ambos poetas, cuando en un momento de su estudio Alain Sicard dice: «Pero este antagonismo tiene un epílogo de reconciliación», al referirse a una conferencia dictada por Lorca donde vuelve sobre la figura de Góngora: «En ella como lo hará Lezama en su ensayo, opone a la enceguecedora figura del maestro cordobés, la suave sombra del poeta de la “Noche oscura”», al relacionarlo con la figura de San Juan de la Cruz.
La facilidad del autor del volumen para abordar la obra literaria de poetas que en el orden lingüístico están bastante alejados del francés como lengua, pero cercano en el interés intelectual, le permitió ponerse al «pie del árbol», como denominara a Nicolás Guillén para asociarlo a otro «árbol hermano»: Pablo Neruda y así narrarnos cómo fue el encuentro de dos hombres diferentes: uno, bullanguero, alegre «como si una ventana se hubiera abierto […] y por ella entrara de repente todo el sol del trópico»; en contraste con un otro «silencio suboceánico […] de madero abandonado por el mar […], pero silencio atravesado a ratos por el relámpago de sarcásticas malicias». Ahí están Guillén y Pablo, paseando por las calles de París, cercanos en su «interrogación sobre la identidad» y del apellido como parte de «una problemática más amplia que es la de origen». Ambos poetas, el cubano y el chileno, escribirán sobre esta temática, cada uno con su propia preocupación. «Yo me llamaba Reyes, Catrileo, / Arellano, Rodríguez / mis nombres verdaderos. /Nací con apellido de robles viejos, de árboles recientes, / de madera silbante»,3 dice Neruda en su cuestionamiento de los nombres, que lo llevó, desde muy temprana edad, a borrar el que le habían dado sus padres —Neftali Ricardo Reyes Basoalto— por el de Pablo Neruda. Por su parte, Guillén lo que busca es la reconciliación de lo mestizo, y lo logra a partir del cuestionamiento del apellido: «Desde la escuela / y aún antes… Desde el alba, cuando apenas / era una brizna yo de sueño y llanto, / desde entonces, / me dijeron mi nombre. / Un santo y seña / para poder hablar con las estrellas. / Tú te llamas, te llamarás…». He aquí el intento de los dos poetas de buscar y encontrar una identidad.
Encontrarse a sí mismo o pedir una mano extendida que nos ayude a lograrlo, puede ser parte inseparable de la poesía. Pero el poeta también puede llevar ese lirismo, esa angustia, ese intento, a través de la confidencia a un amigo, a pesar de la distancia y ser destinatario de esa correspondencia. Así pensó seguramente Alain Sicard cuando se decidió —quizás como homenaje al amigo ausente— a descubrir al lector algunos fragmentos de cartas —de una sola página—, recibidas de Ángel Escobar durantes años, para hacernos partícipes de sus dolores, sus alegrías, su apego a Cuba. El poeta de La vía pública y Viejas palabras a Lucy no podía faltar en un libro, cuya esencia es la amistad, la poesía y la isla.
Al sacar a la luz parte de su correspondencia con Angelito, el ensayista solo quiere «dar a conocer estos textos», porque «es una misión de la que me siento responsabilizado», y porque más que una correspondencia de «carácter clásico», su tema es «la creación poética vivida como drama existencial». Para Sicard, más que una relación epistolar, estas cartas eran «un soliloquio del cual el poeta quería que yo fuera testigo… y excesivamente silencioso».
Donde quiera que voy a sentarme, a dormir, o a correr, siento que
alguien o algo me usurpa el sitio, el sentimiento, el mismo costado
que postulo cuando postulo mi alma... 4
En las líneas que se intercalan entre fragmento y fragmento de las cartas de Escobar, se descubre el profundo cariño que Alain Sicard le profesó y le profesa al poeta. Afecto que también le ha demostrado a los que antecedieron a Ángel y que no puede dejar de sentir por el bardo de la ciudad: César López.
Dejar a César para cerrar la selección, fue intencional, porque «todas las calles de la ciudad llevan a la casa, como llevan al mar que bate allí cerca». Junto a César sentimos que recorremos la ciudad que lo cautiva, que entramos a su casa —sin permiso—, nos sentamos en su sillón preferido, compartimos su tabaco, su charla amena y contagiosa, hurgamos en sus libros para encontrar a Martí, a Virgilio, a Ángel, Guillén, Pablo, y bebernos su café. Alain nos convierte en invitados para junto a él decirle: «César: hoy te honra la ciudad. La has honrado tanto. ¡La has vivido tanto!».
1 Eliseo Diego: “El segundo discurso. Aquí un momento”, en: A través del espejo, Ed. Unión, La Habana, 1981.
2 Eliseo Diego: “Pequeña historia de Cuba”, en: A través del espejo, Ed. Unión, La Habana, 1981.
3 Pablo Neruda: “El mar y las campanas”, en: Obras completas III, Círculo de lectores, Barcelona, 2000.
4 Carta del 15 de noviembre de 1993.
