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El enigma de Bianco (una nota sobre sus ensayos)
Parte I

Modesto Milanés, 10 de agosto de 2010

Uno de los posibles temas que propone la figura de cualquier escritor es verificar la relación entre su vida y su obra, entre persona literaria y persona biográfica, y cómo esta obra, que puede ser breve o extensa, valiosa o insignificante, expresa cabalmente una personalidad. En este sentido, la vida de José Bianco (1908-1986) —uno de los escritores argentinos más singulares del siglo XX— parece justificar la naturaleza de su obra, intensa y lúcida pero al mismo tiempo carente de énfasis, moderada, discreta.

Hacia 1948, Borges razonaba la extraña gloria parcial que le había tocado en suerte a Quevedo: «Para la gloria —nos dice— no es indispensable que un escritor se muestre sentimental, pero es indispensable que su obra, o alguna circunstancia biográfica, estimulen el patetismo», y más adelante: «Virtualmente, Quevedo no es inferior a nadie, pero no ha dado con un símbolo que se apodere de la imaginación de la gente».1  Las palabras de Borges, válidas para tantas vidas de escritores, se ajustan perfectamente al destino literario de Bianco. Si seguimos las ideas de Edmund Wilson en El arco y la herida, ideas que basan una teoría de la literatura en la desdicha personal de los autores, veremos cuán difícil es encontrar una «razón» para la obra de Bianco; este no sufrió crueles ni largas enfermedades, no vivió a la sombra de la desesperación, no fue —por muchas razones— un hombre desdichado. Tampoco estamos en presencia del «artista como sufridor ejemplar», tal como lo fueron Góngora y Flaubert para Borges; Valéry, Mallarmé y Fitzgerald para Cioran, o Cesare Pavese para Susan Sontag. ¿A qué atribuir entonces el enigma de Bianco, un autor cuya vida no estuvo marcada por el aura trágica y patética de las enfermedades, el alcoholismo o el suicidio; un autor cuya obra permanece en la relativa ignorancia de los grandes circuitos comerciales, pero que produce un fuerte sentimiento de amistad y admiración en quienes lo frecuentan?

El autor de Sombras suele vestir fue, como Juan Rulfo y María Luisa Bombal, creador de una obra breve pero al mismo tiempo de las más personales de Hispanoamérica. Sin embargo, este «escritor de escritores», este «notable y noble estilista» —elogiado por Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes y Octavio Paz— resulta poco menos que un desconocido para el gran público. Recordando su encuentro con Albert Camus en 1946, Bianco diría irónicamente: «Yo era entonces lo que en cierta forma continúo siendo ahora: un escritor sudamericano que algunas personas conocen en su propio país». Años después, en una página de 1985, Borges afirmaba: «José Bianco es uno de nuestros primeros escritores y uno de los menos famosos»; en esa misma página, Borges trata de resolver el enigma:

La explicación es fácil: Bianco no cuidó nunca su fama, esa ruidosa cosa que Shakespeare equiparó a una burbuja y que ahora comparten las marcas de cigarrillos y los políticos. Prefirió la lectura, la escritura de buenos libros, la reflexión, el ejercicio íntegro de la vida y la generosa amistad.2

Desde mucho antes, Bianco se había encargado de relacionar la naturaleza de su carácter con la condición de su obra: «Hay casos en los que el hombre es superior o inferior a la obra, pero no veo que sea mi caso. Lo que escribo se parece a mí, da una idea bastante exacta de mi carácter».3 Esa peculiar unidad entre vida y obra, esa total identificación entre el «mito literario» de José Bianco —singular narrador, editor cuidadoso y sensible (jefe de redacción de Sur durante veintitrés años), traductor «clásico»,4 excelente ensayista— y su carismática personalidad, es uno de los encantos adicionales que proporciona la lectura de sus libros. Sobre esta unidad de sentido ha señalado Francisco Rivera:

Hay autores que causan la impresión de estar divididos: de este lado el poeta o el narrador; de este otro, el crítico o el académico. Pues bien, José Bianco, por el contrario, es uno de esos casos milagrosos en que el pensador y el artista cohabitan dentro del mismo individuo armoniosamente. Leer a Bianco y conversar con él constituyen operaciones idénticas. No parece haber ningún décalage entre el hombre que vive intensamente y el escritor que escribe en ese tono tan personal, tan «hablado».5

Acerca de esta prosa conversada —que es una marca estilística de la obra de Bianco— y sobre los vasos comunicantes que existen entre la ficción y reflexión del autor argentino, abunda el ensayista venezolano:

[…] la breve obra narrativa de nuestro autor forma una unidad indisoluble con su rica labor de ensayista, es decir, de observador y comentarista irónico y melancólico del mundo que lo rodea. Cierta nostalgia de un universo caduco y una visión cáustica, pero al mismo tiempo comprensiva de los oropeles de una cultura cada día menos humana, más tecnológica, se dan la mano tanto en esos ensayos tan bien logrados como en esos textos narrativos escritos por un verdadero maestro de lo que, en un libro de los años veinte, Percy Lubbock llamó the craft of fiction.6

Esa prosa de sobremesa, ese estilo transparente y de engañosa facilidad, unido a cierta ambigüedad en los puntos de vista, son algunos de los rasgos más señalados en los textos narrativos de Bianco, desde «El límite» (1929) —incluido después en La pequeña Gyaros (1932)— hasta Sombras suele vestir (1941) y Las ratas (1943), que fueron elogiados calurosamente en el momento de su aparición y hoy son considerados clásicos del relato hispanoamericano del siglo XX. La publicación de La pérdida del reino en 1972 no hizo más que confirmar esos juicios.

Pero más que al hecho de haber ganado celebridad por sus relatos y su novela, el desconocimiento relativo en que permanecen los ensayos de Bianco quizás se deba al poco interés demostrado por su autor para recogerlos en libro, a su tardía publicación. (En una página llena de humor y simpatía, Héctor Libertella cuenta las maniobras laberínticas y por momentos desesperadas a las que tuvo que recurrir para publicar varios libros de Bianco, entre ellos, tres recopilaciones de ensayos.)7 Otra causa de esa ambivalente condición que distingue a los ensayos de Bianco (ser objeto de culto y al mismo tiempo estar revestidos de una extraña invisibilidad) podrían ser las coordenadas de lectura, ya que leer esos textos según el canon establecido por Borges, Martínez Estrada, Eduardo Mallea o Ernesto Sábato en las antologías del ensayo argentino, equivale —probablemente— a leerlos mal. Fuera del aire de familia que lo unió con algunos escritores de la revista Sur y fuera de cierta concepción del trabajo literario, poco hay de común entre Bianco y los ensayistas argentinos de su momento, salvo una curiosa cercanía con los trabajos de Bioy Casares recopilados en La otra aventura (1968).

 

Notas:

1. Jorge Luis Borges: «Quevedo», en Otras inquisiciones, Madrid, Alianza Editorial, 1998, pp. 61-62.
2. Jorge Luis Borges: «Página sobre José Bianco», en El País, Madrid, miércoles 18 de septiembre de 1985, p. 9.
3. José Bianco: «Entrevista con Danubio Torres Fierro», en Ficción y realidad, Caracas, Monte Ávila, 1977, pp. 237-238.
4. Como lo llama Patricia Willson en: «José Bianco, el traductor clásico», La constelación del Sur: traductores y traducciones en la literatura argentina del siglo xx, Buenos Aires, Siglo XX, 2004, pp. 183-227.
5. Francisco Rivera: «Aproximación a José Bianco», en La búsqueda sin fin, Caracas, Monte Ávila, 1993, p. 170.
6. Ibidem: p. 171.
7. Héctor Libertella: «J. B. en letras de molde», en Daniel Balderston (comp.): Las lecciones del maestro: Homenaje a José Bianco, Rosario, Beatriz Viterbo Editora, 2006, pp. 139-141.

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