¿Y quién fue Pedro Ángel Castellón?
Confieso que si he utilizado este título es porque me pregunté al leer una de sus composiciones, quién era este hombre del siglo XIX, casi desconocido en la actualidad, y que fue, en su momento, bastante elogiado.
Pedro Ángel Castellón es uno de esos autores de los cuales no hay mucho que decir, porque sus datos biográficos son escuetos en los libros de literatura cubana y sus versos son necesario rastrearlos en viejas compilaciones.
Nació en La Habana el dos de agosto de 1820, es decir, hace 190 años. Y si nos guiamos por el Diccionario de Literatura Cubana, se ignoran los pormenores acerca de su educación, aunque sí se sabe que sus inicios en el periodismo fueron como traductor en el Faro Industrial de La Habana, por una época (situémonos a finales de la década 1840 – 1850), en que además colaboró en El Artista.
El poeta tuvo un espíritu inquieto. Aparece vinculado a los planes expedicionarios del controvertido general venezolano Narciso López, por lo que emigró desde Cuba antes del año 1850, estableciéndose en la ciudad norteamericana de Nueva Orleáns, desde la cual desarrolló su actividad revolucionaria contra el colonialismo español.
En Estados Unidos trabajó en el comercio de víveres y como redactor de El Faro de Cuba y El Independiente. También lo hizo para los periódicos La Verdad y El Filibustero, de Nueva York. El laúd del desterrado, compilación de textos poéticos editada en Norteamérica, en 1858, lo incluye. Y su nombre sonó tanto en los oídos de las autoridades españolas, que en la Isla se le condenó a diez años de prisión en ausencia (el fiscal había pedido para él muerte en garrote, si bien el tribunal le redujo la pena).
Pedro Ángel Castellón nunca reunió sus composiciones en un libro, pero muchas de sus poesías se hicieron conocidas. Cantó a los sucesos que sacudieron a la Isla hacia mediados del siglo XIX y su pluma, vibrante y exaltada, revela tintes anexionistas, no por ello ajenos a un intenso amor patrio, como sucede con otros poetas de la época en quienes se observan tendencias análogas.
Es José Manuel Carbonell quien así escribe:
Modesto y despreciador del renombre, casi hasta la misantropía, de él dijo Juan Clemente Zenea que amaba todo, menos la repercusión de la gloria de su nombre y Antonio Bachiller y Morales apuntó que, a pesar de su modestia, era hombre de intransigentes doctrinas y resuelto hasta la abnegación.
La fecha exacta de su fallecimiento en Nueva Orleáns se desconoce, aunque se deduce que ocurrió entre finales de 1855 y 1856, por lo que apenas vivió treinta y cinco años y no consiguió su aspiración suprema, expuesta en el poema «A Cuba», escrito en ocasión del deceso de Félix Varela. Allí se lee:
¡Oh, no permita el cielo, dulce Cuba,
que me sorprenda el golpe de la muerte
lejos de tu campiña deliciosa.
Yo quiero que al quebrarse mi existencia,
la luz postrera que mis ojos miren,
la misma sea que brilló en mi frente
cuando anunció mi llanto que nacía.
Max Henríquez Ureña, conocedor de la literatura cubana, ensalza la vehemencia patriótica del poeta, pero no le asigna valores duraderos. Otros contemporáneos de Castellón le dedicaron elogios, tanto a su persona, como a su obra, a lo cual seguramente contribuyó su temprana muerte y vida en el exilio. De cualquier forma, espero que estos apuntes ofrezcan al menos una somera imagen acerca de quién fue Pedro Ángel Castellón.
