Carta a Abelardo Castillo
Seguramente no me recuerdas, pero así y todo (o por esa misma razón) me lanzo a hacerte esta carta. Aunque ya había leído textos tuyos como ese cuento perfecto, “La madre de Ernesto”, y sabía cuán importante eres (en todo orden de cosas), no tuve el festivo placer de verte en persona hasta el momento en que Borges hubiera cumplido cien años. Cuando se celebraba su centenario en el Buenos Aires tan entrañable para casi todos; en una de las múltiples conferencias que se ofrecían, y a las que yo asistía deslumbrada, apareciste tú. De más está decirte (pero lo hago de todas formas) que, sin proponértelo, apabullaste al auditorio. Tu modo de contar, tu humor, tu sapiencia y tu carisma robaron el protagonismo del evento. Te recuerdo sentado a la mesa junto a Vicente Battista, ambos contando, haciendo reír con la visión que guardan, cada uno a su manera, del más grande escritor de muchos años y en muchos sitios. Hace solo escasos días conocí un artículo bien interesante del cubano Carlos Espinosa, llamado “Gajes (y manías) del oficio”, donde aparece tu nombre más de una vez, y eso motiva que hoy me decida a escribirte. No puedo decir que he leído todo lo que has escrito. No suelo pecar de pedante ni digo mentiras, aunque confieso que me encantaría tener en mi biblioteca todos tus libros algún día. Sin embargo, hay escritores que con sólo un par de volúmenes conquistan para siempre, y eso sucede contigo. Ya sabemos que la biblioteca de cada quien demuestra no sólo el gusto, sino el sentido ético y filosófico que se tiene de la vida. Tú has dicho que en tu casa no están tus libros, que si están en la biblioteca de otros, mejor para ti o peor para ellos, pero en la tuya para qué. Y que un escritor es alguien que toma muy en serio la literatura pero no se toma en serio a sí mismo. (Ser escritor, p 21. Arte y Literatura, La Habana, 1999)
Bueno, pues te cuento que en mi casa sí están algunos de tus libros. Teniendo en cuenta que tenemos varios espacios donde guardar lo que nos gusta (somos siete bajo el mismo techo, tres generaciones y un portal con flores), y que nos respetamos con rigor, ignoro qué guardarán mis padres, mis hijos y la novia de uno de ellos. No sé a quiénes prefieren aun cuando tenga mis sospechas. Seguramente habrá libros escritos por ti entre las cosas del resto de mi familia, pero de ese tema no estoy capacitada para hablar. De lo que yo prefiero sí, y voy a contarte lo que más me gusta de lo que he leído tuyo hasta el presente. De Ser escritor, por ejemplo, me gusta casi todo. ¿Recuerdas al protagonista de La piedra lunar, que abría cualquier página de Robinson Crusoe y encontraba soluciones adecuadas?; eso mismo me sucede con ese libro de reflexiones tuyas. Tu coterránea Luisa Valenzuela sugiere que andemos por la vida con una libretica donde anotar todo lo que se nos ocurre, para que no se nos escapen las ideas. Varias veces he cumplido con esa sugerencia, aunque más bien lo hago tarde en la noche, cuando ya los reclamos, los deberes y el apuro de cada día comienzan a atenuarse. No me resulta posible añadir una libreta de notas a lo que debo cargar cuando salgo al mercado, al consultorio, a la escuela de mi hijo menor, a las infinitas oficinas para trámites de todos los colores y especies, pero antes de la madrugada, dedico unos minutos a anotar ideas que se me ocurren, frases que he escuchado en la calle, fragmentos de canciones, parlamentos de películas o de obras teatrales o posibles títulos para libros que tengo la esperanza de escribir en algún momento. En ese después que a veces sucede. En ocasiones, en lugar de anotar ideas propias, me descubro transcribiendo frases tuyas en la libreta azul que me regaló para tales efectos una amiga alemana. Por ejemplo, ahora mismo reviso las páginas y encuentro cosas como: “Mis convicciones valdrán mucho más si resisten la confrontación con lo que desprecio” (Abelardo Castillo)
Y también: “La imaginación es una locura lúcida” (Abelardo Castillo)
Más adelante copié, ya reduciendo tu nombre a dos letras, como se hace con los grandes-grandes: “Nunca pidas que te presten un buen libro. Los buenos libros se compran o se roban” (A.C.), y además: “Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura” (A.C.)
O sea, Abelardo, para no cansarte, te resumo contándote que estás entre nosotros más de lo que puedes imaginar, y todo lo que dijiste en la sección Mínimas del libro Ser escritor, es analizado cuidadosamente aun cuando esas ideas te hayan brotado con la aparente ligereza del humorista que llevas dentro. Otro tanto sucede con muchas de tus narraciones. Esas que se leen de un tirón, y que sin saberlo, sedimentan, se espesan como los buenos vinos. El libro que fuera Premio de narrativa José María Arguedas 2007 otorgado por la Casa de las Américas, El espejo que tiembla, reúne algunos de los mejores cuentos que circulan por esta parte del planeta.
Dando veracidad a lo que se dice de ti en el artículo de Espinosa que he mencionado y ahora cito: “Un caso singularísimo es el del argentino Abelardo Castillo: Mi realidad entera sucede a la noche. Para mí la noche puede ser artificial. La ventana de mi escritorio está siempre cerrada y yo escribo con luz de lámpara aunque sean las dos de la tarde”, el juego constante con el tiempo caracteriza a los cuentos agrupados en ese libro, como si vivieras en una burbuja atemporal, impenetrable. Dan fe de ello “La calle Victoria”, “Fordham, 1994”, “El tiempo de Milena”, “La que espera”. Narraciones donde el transcurrir de las horas adquiere connotación particular, explícitamente señalada. Parece que el tiempo alcanza otra dimensión que no sospechábamos hasta leerte aquellos simples mortales que no percibimos más allá del terrenal paso de las horas. No se trata de que sugieras en tu literatura posibles recovecos temporales, ni que abordes la ciencia ficción. Manejas a tu antojo otras formas de medir el tiempo. Otra mirada, otra perspectiva donde la añoranza adquiere matices dulces. Nunca es un lamento de esos que se escudan tras la idea de que todo tiempo pasado fue mejor.
Por ejemplo, en el delicioso diálogo entre Villari y el escritor veinticinco años mayor (“La calle Victoria”), leo lo siguiente:
-“Como en los sueños” –“Los sueños no tienen nada que hacer acá. Tu generación sueña. Ustedes se pasaron la vida soñando, y así les fue, en la vida y en los libros”.
El modo en que se acepta que el tiempo ha pasado también aparece en otros de los cuentos del libro con auras de tenue resignación. A veces con misterio, sin dejar traslucir dolor (“La mujer de otro”), o desnudándote el alma abiertamente, como en “El tiempo de Milena”: “En los últimos tres días, había dicho. Más de veinte años para mí”. Y en una página anterior: ….”Lo mejor, por ahora, es decir que en esos años los grandes amores no duraban mucho y el nuestro no fue una excepción. Nos defendíamos del tiempo”
De ese mismo cuento extraje para mi libretica azul una frase tan hermosa y profunda que no titubeo en catalogar como maravillosa: “El recuerdo, como la ceguera, deja los rostros intactos”
Tal vea sea “El tiempo de Milena” (escoltado de cerca, eso sí, por “La calle Victoria”) donde mejor esté reflejada la visualización peculiar que tienes del tiempo, y cito otro fragmento: “Eso fue hace años. Mañana fue hoy mismo”, que homenajea a Antonio Machado (hoy es siempre todavía). El tributo que rindes a grandes (otros) autores enaltece la lectura, como si hiciera falta. Alusiones a Poe (“Fordham, 1994”), a Ezequiel Martínez Estrada (“La calle Victoria”), a los desencuentros espectaculares que narraba O. Henry (“Cita en cualquier lugar”), el exergo de Kafka, todo enriquece a quien te lee.
Otro detalle que me gustaría señalar, por considerarlo (también) fuera de lo común en lo que se suele escribir hoy día, es la reiterativa condicional de una posible alteración del orden que estableces. El lector, la lectora, deben participar de tu mundo imaginario incorporando las peripecias sin rigidez, porque siempre dejas abierta la posibilidad de que no sean así los personajes, de que sean otras las situaciones, de que no ocurra la anécdota tal como la estás narrando, sino como quiera el público. El “IF” británico, más fuerte que el “SI ES” castellano en el sentido de crear ambigüedades, explicaría mejor lo que intento decir. Como escribes en español, y en ese idioma te leemos y nos expresamos, pues transcribo textualmente los ejemplos:
-….”Una casa de barrio, en Floresta, con un jardín al frente, si es que” ………….(“La mujer de otro”)
-…..”Nadie se preocupó por mí cuando entré. Seguramente pensaron, si es que yo existía”……(“La calle Victoria”)
-…..”El sueño, si es que fue un sueño”….(“Fordham, 1994”).
No falta nada en la redondez de las narraciones de El espejo que tiembla. Nada pasa inadvertido, nada sobra. Aunque no se trate de recetas ni de esquemas, se encuentran armónicamente entrelazadas pinceladas para cualquier exigencia: visiones del mundo infantil (“Noche de epifanía”, “Pava”), consideraciones hacia los oficiantes del arte de escribir (“Ondina”, “Fordhman, 1994”) la renovada mirada al tiempo en los cuentos a los que ya hice referencia, y sobre todo el respeto insobornable hacia todos aquellos que tenemos la dicha de encontrarnos con la magnificencia de tu literatura. Al inicio de esta carta afirmé que “La madre de Ernesto” es un cuento perfecto. Estoy segura de que muchas voces más autorizadas que la mía lo han repetido en conferencias magistrales, en charlas para candidatos a escritores y hasta lo deben haber leído públicamente en talleres literarios, tan de moda siempre. Yo lo leí de casualidad, y fue cuando descubrí que del otro lado del continente existe lo que se llama, sin demagogia ni asomo de adulonería de ninguna especie, un verdadero maestro de la narrativa. Desde la postura cómoda de pasar como la desconocida que soy ante ti, te agradezco tus enseñanzas. Por ahora, interrumpo este monólogo. Acabo de descubrir otra frase en el cuento “La que espera” que debo incorporar a mi libretica de notas. Escucha esto y dime si no es genial: “lo que llamamos enfermedad, lo que llamamos locura, son estrategias del cuerpo y de la mente para sobrevivir, para que se cumpla el único designio de la vida, que es continuar viviendo”.
Saludos,
Laidi Fernández de Juan,
Julio, 2010.
