La Patria en su poesía
Mientras miraba en un libro la imagen del güinero Raúl Gómez García, el Poeta de la Generación del Centenario, joven caído en el histórico asalto al cuartel Moncada, he recordado que cada tiempo heroico de Cuba tiene su poeta: la guerra del 68 tuvo a Céspedes como un doble bastión: en el terreno de las armas y en el de los versos; la del 95 tuvo a Martí, tan certero en unir cubanos de diferente pensar para sumarlos a la causa independentista como certero en encontrar la magia del verso libre y metrado.
Al primero le debemos La Bayamesa, muy refinada canción de amor a la mujer de Bayamo, estandarte de la cubanía, tal como habría de demostrarlo en el largo período de contiendas insurrectas contra la metrópoli española. Al segundo, nombrado con toda justicia "el más universal de todos los cubanos", le debemos una obra poética de imbatible valor, alimentada por títulos como Abdala, Versos sencillos y Versos libres, todos objeto de profundos, polémicos y permanentes debates. No por gusto causó verdadero estupor a un poeta como Rubén Darío el hecho de que un hombre de tan abrumador talento para la escritura como José Martí terminara muriendo en un campo de batalla. La histórica frase del nicaragüense al conocer la infausta noticia, "¡Oh, maestro, qué has hecho!", es prueba de cuánto talento literario sintió perder el autor de Oda a Roosevelt con la muerte de Martí el
La década del 20 del pasado siglo en la Isla vio moverse con sus primeras inquietudes políticas a un grupo de jóvenes, entre los cuales descollarían nombres como los de Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Raúl Roa, Pablo de la Torriente Brau y Rubén Martínez Villena.
Será precisamente este último, poeta y narrador alquizareño de espesa fibra, militante y organizador comunista, el encargado de organizar la huelga que, en agosto de 1933, puso en fuga al dictador Gerardo Machado y Morales, a quien tiempo antes el propio Villena había bautizado como "El Asno con Garras".
Las creaciones literarias de Rubén siguen siendo especialmente atendibles. Un autor de la talla de Virgilio Piñera califica de obra maestra su relato El automóvil, en tanto Raúl Roa asegura que, de haberse dedicado Villena a tiempo completo a la poesía, hoy saludaríamos una de las voces líricas más importantes del continente. Pero Villena, como Céspedes, su contemporáneo Pablo de la Torriente (magistral narrador) y más tarde Raúl Gómez García, eligió el camino que llevaba a la salvación de la Patria antes que el de la gloria personal, decisión que en su momento no pudo entender Darío respecto a Martí.
En Rubén, lo prueba el hecho de que, a raíz de cierta "broma" protagonizada por Jorge Mañach en cuanto al dudoso talento poético del Rubencito criollo, el joven alquizareño le respondiera que su propia poesía no le interesaba y podía hacerla pedazos, porque le interesaba tanto como a ciertos personajes (Mañach , entre ellos) le interesaba la justicia social en Cuba.
Con Raúl Gómez García se repite este desprendimiento, este deseo de sacrificar la propia existencia en bien de millones de seres humanos. Parte hacia el cuartel Moncada sabiendo que, quizás, nunca más podrá sentarse a escribir otro poema, que la Ya estamos en combate será su canto de cisne, como lo pudo ser la Marcha del 26 para su compositor, el también asaltante Agustín Díaz Cartaya, o como pudo serlo para personas que llevaban ríos de poesía en el alma como Juan Almeida, futuro autor de La Lupe y de cientos de canciones, o el expedicionario Ernesto Che Guevara, dueño de un hermoso poema, escrito en México, donde pedía liberar con Fidel, ardiente profeta de la aurora, el verde caimán que tanto amaba y, a cambio, solo pedía un sudario de cubanas lágrimas para cubrir sus huesos, en caso de caer peleando contra la dictadura.
He escrito y afirmado en más de una ocasión que si un escritor como Pablo de la Torriente, en vez de marcharse a las trincheras de la Guerra Civil Española, se hubiera ido a recorrer la bohemia parisina, tal vez hubiera levantado uno de los monumentos literarios personales más importantes de Hispanoamérica en el finado siglo, porque el talento le sobraba por arrobas y bien lo dejó demostrado en títulos como Presidio Modelo, una suerte de novela sin ficción que llegó a los lectores 30 años antes que A sangre fría, de Truman Capote, reconocida como pionera de este tipo de literatura. Sin dudas, hubiera sido más famoso. Pero no sería el Pablo que hoy nos conmueve. En ese sentido, Miguel Hernández, amigo y camarada de Pablo en las trincheras revolucionarias, tenía razón: Los poetas son vientos del pueblo. Vientos del pueblo lo llevan,/ vientos del pueblo lo arrastran,/ le esparcen el corazón y le avientan la garganta, para decirlo, de manera un tanto libre pero justificada, como el autor de Nanas de la cebolla.
Sería interminable la lista de combatientes poetas, muchos de ellos caídos en los mejores instantes de sus vidas. Yo apenas he señalado a unos pocos, ahora, cuando julio me ha hecho recordar a Raúl Gómez García, y recordar que es imposible, al menos en Cuba, que cada sueño libertario no pase por todas las coordenadas de la mejor poesía.