Diálogo sin luz: entre la fe y la rareza
Hay en el mundo un desorden/ que nos incumbe a nosotros,/ no culpes a Dios, infeliz. De esta forma, Rafael Almanza censuraba la antiquísima práctica de achacar al Todopoderoso el origen de nuestros males. La costumbre alcanzó su punto álgido en la década de los noventa; años en que se volvieron comunes los improperios contra una divinidad ajena al sufrimiento humano o, por lo menos, despreocupada por remediarlo. Ello no significa que en esa época predominara la poesía religiosa. De ninguna manera, a mi juicio nunca fuimos más libertinos: tratamos el sexo, la política y otras cosas innombrables, pero la religiosidad no. Esto último, por obvias razones, ha sido un tema difícil para los escritores de mi generación, pero toda regla tiene su excepción y la que conozco se llama Osvaldo Gallardo, un escritor camagüeyano con algunas libras de más y al que podríamos calificar como un especialista en el tratamiento de otras temáticas.
Pero no es así: Dialogo sin luz (Ácana, Col. Premio, 2009), el primer libro de poesía de Osvaldo Gallardo, viene a ser una conversación con el Absoluto. Quizás porque se asienta en la fe y el pensamiento, no porta la negación, sino la duda que inquieta y moviliza; incertidumbre que, al partir de la más honda raíz del creador, puede alcanzar matices tan terribles como los logrados en los espeluznantes años noventa: Hay más hambre en mí/ que riqueza en tu espíritu,/ y tu espíritu no reconoce esta hambre mía/ que es su fortaleza. Ni en estos, ni en los restantes versos del libro, hallaremos el irrespeto y la superficialidad que primó en otros tiempos. Diálogo sin luz expresa el duro bregar de su autor por asirse a la fe, por dar testimonio de ella a través de la familia, los amigos y las apetencias más tremendas.
Estos temas, unido al tono íntimo y casi familiar en que son abordados, convierten al presente texto en una verdadera rareza, muy difícil de encasillar en escuelas o tendencias de grupo. El poema “Lamento del dolor perdido” así lo demuestra. Como toda verdadera poesía, esta también emerge de un hecho real: la pérdida de un embarazo termina con las esperanzas de un matrimonio. Ante la fatalidad del hecho, el sujeto lírico (llamémoslo cortésmente así) se cuestiona su …felicidad culpable/ de ver crecer al otro/ y de esperar a la carne/ que se espera. El sentimiento genera versos de gran intensidad, reafirman que la literatura tiene mucho que ver con la sensibilidad y también con la formación ideológica, con los principios con los que mira al mundo e interactúa con él: Culpable soy de no llorar mi angustia/ en el beso de tu cuerpo roto,/ de no reconocerte en la cima del miedo,/ de no llorar mi miedo con tu nombre,/ de no nombrar tu nombre. Yo, que ante el advenimiento de un niño y las urgencias de una casa por reparar, escogí lo segundo, me he sentido sucio y culpable. Mi arrepentimiento, lo que no alcanzó alguien una noche del 2000, lo ha conseguido este amigo en apenas dos cuartillas. Al final se trata de la amistad, de la inspiración que crece con las llagas de la vida y no en el laboratorio de las librerías.
Por eso, el habitante de otras comarcas que adquiera este libro, sin la más remota idea de la personalidad de su autor, podrá calibrar la intensidad de estos versos, pero no podrá atraparlos en su completa singularidad. Para ello necesitaría conocer a Osvaldo Gallardo, aquel que en el espacio reducido de un apartamento de la “era soviética” alimentó a sus padres, crió dos hijos y, aún así, se dispuso a esperar un tercero. Sin dudas, desde
Entender la contundencia de esta ópera prima, implica hablar del Osvaldo editor y, sobre todo, de su permanencia por casi diez años en la editorial Ácana. En ese lapso, alrededor de sesenta libros pasaron por sus manos. En el contacto con ellos crecieron estos versos, y además, la decisión de publicarlos. A eso se refiere Lionel Valdivia cuando, en las palabras de contracubierta, afirma al decir de Diálogo sin luz: «es el catártico himno de un poeta que abandona por fin, a fuerza de certidumbre, su balbuceante soledad.»
Se trata de un texto bello, al que mucho aportó la pintora camagüeyana Maydelina Pérez Lezcano con su “Sagrado Corazón de Jesús”. La utilización eficaz de este cuadro, tanto en la cubierta como en las ilustraciones interiores, se debió al talento de Luis Omar Álvarez, diseñador de buen gusto y otra de las personas a las que Ácana debe parte de su prestigio. Sin embargo, nada de esto basta para que Osvaldo se reconozca como poeta. Esa reticencia que Lionel advertía y que condenaron a este libro a un espacio de silencio, permanece incólume, tal vez por eso en alguno de sus poemas encontramos un verso estremecedor: La poesía no es el sitio de mi salvación. No pienso rebatirlo, creo conveniente recordar a Rafael Almanza, quien con bastante frecuencia suele repetir: «Lo que un autor diga sobre su obra merece especial interés, pero no especial autoridad». Significa esto que el verdadero escritor se debate en una zona de misterios y que al estar capacitado para dar criterios sobre todo, no puede darlos sobre él mismo. Digamos entonces que hoy Osvaldo no está entre nosotros, que se quedó en el largo pasillo de una casa donde su madre espera, siempre ella espera.
