Descubriendo Poemas para suspirar un siglo
Fotografiar la poesía latinoamericana y caribeña a favor de la promoción y desarrollo de las actuales generaciones de poetas, es un hecho al que poco se atiende. Visualizarla en su justa dimensión sería posible a través de la suma de aquellos autores más representativos en cada nación. Pero siempre existe el riesgo de no incluir la obra de algunos escritores, sin los cuales ciertas zonas de la literatura de un país quedarían truncas. Ahora es solo una reflexión o un eco de las pretensiones de unos pocos, si bien es cierto que la tensión actual de las sociedades ven el fenómeno de la poesía distante en el tiempo y de sus vidas.
Sin embargo, el libro Poemas para suspirar un siglo (Editora
El compendio recoge esas búsquedas individuales que han dado al traste con maneras de decir propias, orientadas por sensibilidades, inclinaciones estéticas y experiencias que, en los meandros expresivos, alcanzan un destino labrado por el afán de suceder la luz en cada tono poético. De tal suerte, aquí encontramos la coexistencia de una diversidad creativa, cuya voluntad de insuflar la palabra es un denominador común, perfectamente verificable con la lectura paciente de los autores que integran la muestra.
Por el momento, repaso los textos de un coterráneo —aunque no paisano sino del lugar donde proviene la poesía—. Me detengo, pues, en un breve texto de nuestro apreciado César López, con una postura (recordando una tendencia del pasado siglo), más irónica que sentimental:
No hay por qué atormentarse
de que Graham Bell no hubiese existido
antes de la presencia en este mundo
del poeta Cayo Valerio,
más conocido por Catulo, quien
quedó abandonado, listo, agotado,
velut prati
ultimi flos, praeteraunte postquam
tactus aratre est.
¿Por el arado qué pasa?,
¿están seguros?
Ceremonia con teléfonos, XX.