Para hablar de la obra de Betán (Juan Manuel Betancourt González), nacido en Matanzas en 1938, se necesitaría teclear muchas hojas de Word. Fue un escritor que recibió numerosos premios nacionales e internacionales de dibujo ―por donde se inició―, fotografía y redacción, y sus obras han sido incluidas en varias antologías. Colaboró en importantes publicaciones nacionales y extranjeras; escribió y publicó diversas novelas humorísticas y del oeste. También fue autor de nueve novelas policiales, algunas de ellas en colaboración con su esposa Miriam Alonso, diseñadora, pintora, caricaturista y escritora de Palante, publicación de la cual Betán fue fundador. Ha tenido éxitos editoriales en Chile y otros países, que incluyen la publicación de tres libros de historietas didácticas y novelas de aventuras para niños y jóvenes. Tres de sus novelas han sido adaptadas y transmitidas por la radio.
En este texto, dedicado a la memoria del buen amigo y noble compañero, me limitaré a resaltar solamente su labor humorística.
En el número 328 (segunda quincena de diciembre de 1982) del Dedeté ―suplemento humorístico de Juventud Rebelde―, el humorista Raúl Díaz Triana publicaba un artículo titulado "Teijeiro y Betán provocan temblor de tierra". Raúl aprovechó la coyuntura de que unos días antes, el 16 de noviembre a las 4:51 p.m., había sido perceptible una actividad sísmica en Ciudad de La Habana poco rato después de que fueran presentados por Juan Ángel Cardi, en la plazoleta de la Manzana de Gómez, sendos libros humorísticos de los susodichos autores.
En lo tocante a Betán, aquel libro, Guía para tontos de capirote, era el producto de su madurez literaria como humorista, pues se trataba de una selección de artículos publicados en Palante durante 21 años. Aunque anteriormente Betán y yo nos habíamos leído mutuamente, en aquel momento nos conocimos personalmente. Yo era colaborador del Dedeté, sólo llevaba dos años en esa labor y, por tanto, me sentía como un hermano menor ante la obra de mi compañero de aventura.
Sucedió, sin embargo, que la sencillez, la modestia de Betán, nos hizo contemporizar de inmediato, pues me miraba y me sonreía como diciendo: “Bueno, viejo, en tamaño lío nos hemos metido; vamos a tener que hablar en público sobre nuestra propia obra”. Y deduzco que este fuera su pensamiento porque, días después, durante las vacaciones de Évora Tamayo, la otra redactora, el mismo Betán debió escribir, en la sección “Con permiso de…” en Palante, una crónica sobre el lanzamiento de su obra, y prometió a los lectores que iba a “preparar y escribir otros libros”, pero a continuación aclaraba: “¡Aunque yo tenga que morirme cada vez que me vea precisado a participar en un lanzamiento!”.
Confieso que en aquel momento no imaginé que iba a comenzar entre nosotros una amistad que perduraría hasta su prematuro fallecimiento, ni que iría descubriendo en él nuevos valores, tanto literarios como humanos, que lo hicieron ser querido por todos.
Sobre la Guía para tontos… se escribió en Palante que el lector encontraría “inverosímiles recetas de cocina; inútiles accesorios de oficina; consejos sin sentido para embellecernos sin necesidad de cirugía plástica; encomiendas inservibles para el hogar; lecturas de aventuras del oeste; e infinidades de recomendaciones absurdas”. Por ejemplo, sobre “cómo dormir como un lirón”, el autor afirmaba que bastaba colgarse por un brazo de una viga del techo e intentar conciliar el sueño; o que, para “dormir a piernas sueltas”, es suficiente amarrárselas y desatarlas antes de ir a la cama.
El humor del absurdo, tan consustancial a la calidad humorística, también lo cultivó en otros espacios, como la sección “Noti-absurdo” de su propio semanario. Lo absurdo llevado más allá de los límites de lo hiperbólico se muestra también en su relato “Dilápido Tragaluz”, donde aparece un personaje con igual nombre, quien era en extremo derrochador de la energía eléctrica, “y el cual había heredado de sus antepasados el mal hábito de encender de día todas las luces para cuando fuera de noche, y de noche, todas las luces para cuando fuera de día”. En cierta ocasión se perdió en el cosmos, e inexplicablemente el Sol continuó brillando en el firmamento durante meses, alumbrando día y noche incesantemente, hasta que un aciago día se apagó de pronto. “Entonces todo el mundo supo donde había ido a parar Dilápido Tragaluz”.
También el resultado de los errores humanos puede conducir a equívocos risibles. Prueba evidente la encontramos en “El recibimiento”, cuando en un pueblo se espera con ansiedad a un “ensamblador de marugas”, y al llegar el susodicho técnico, una recepción más que espectacular lo sorprende y le produce gran conmoción al observar un letrero donde se leía: ¡BIENVENIDO EL EMBAJADOR DE MADRUGA!
Otra sección de Palante escrita por Betán fue “Amplíe su cultura, si puede”, donde demostró una vez más que no sólo Willy Cupy era capaz de vacilar a ciertos personajes históricos sin perder la ternura; digo, sin perder la cultura. Posteriormente armó un libro con una selección de los trabajos publicados allí.
Juega Betán con el lenguaje español, que domina suficientemente como para provocar en sus lectores la sonrisa o la risa, digamos, sólo con la repetición de palabras esdrújulas. Véase el siguiente párrafo tomado de una carta dirigida a una Afectísima y respetabilísima catedrática de Gramática: “Témome parézcale simpático lo que voy a plantearle, pero no tiene nada de cómico. Trátase de un típico problema técnico ortográfico relacionado con la temática de la última clase práctica de la cátedra”. Para decirle luego: “Llámeme zángano, critíqueme, ríñame… Merézcame cáusticos epítetos… insúlteme… ¡Y póncheme!”. Y todo eso, por no haber podido encontrar una sola palabra esdrújula.
Muchas de sus ideas las tomaba de la propia vida, pues lo caracterizaba un gran poder de observación. En cierta ocasión, quizás en una de nuestras calurosas tardes de verano, Betán, al terminar su jornada laboral en Palante, se dirigió a la cercana cafetería La Pelota, en 23 y 12. El local estaba recién remozado y todo brillaba ―como diría Zumbado― con el fijador de los primeros días. Acompañado tal vez de su esposa Miriam, o de sus colegas Alben, o Wilson, o Pitín, reparó en los grandes cuadros que adornaban las paredes. El autor era un nuevo artista de la plástica que firmaba “el Moro”. Y como a Betán lo acompañaba también la cultura necesaria para apreciar las artes plásticas (además del conocimiento para tocar un instrumento de viento), reparó en ciertos detalles, quizás inadvertidos para alguien no avezado en la materia.
Días después escribiría en Palante cierta crítica humorística sobre el arte del Moro. Que si el Moro tuvo tal o más cual imprecisión en los volúmenes ―digamos una tiñosa más grande que una casa―; que si el Moro tuvo ligeros pecadillos en los colores ―quizás un cielo más oscuro que el río―; que si el Moro no tuvo en cuenta esta o aquella regla de la composición; que si el Moro, que si el Moro… Para luego afirmar: «No es que me preocupe tanto “el Moro”, ¡sino “los cristianos” que tenemos que ver sus cuadros!».
Usa Betán una crítica sutil, suave, inteligente. “Sugerir, más que decir”, parece ser su premisa. ¡Y cómo dice cosas sin decirlas! En “Encuentro muy cercano de primer grado” nos deleita con la idea de alguien que se disfraza de extraterrestre y sale a comprobar la eficiencia en la atención a la población pidiendo un vaso de agua fría en la cafetería más cercana. El dependiente se lo sirve con mucho agrado, un vasito de agua fría, refrescante, necesaria para combatir nuestra canícula, con una sonrisa y una frase amable. El solicitante le dice al empleado que había actuado así porque seguramente creyó que él era de otro planeta. Y valga la respuesta:
–¡Oh, no, se equivoca usted! –exclamó el empleado y, acercándose con aire misterioso a nuestro amigo, le confesó:
–¡Se lo serví, porque el extraterrestre soy yo!
Antes de que existiera el programa televisivo Pasaje a lo desconocido, ya Betán había usado un nombre parecido para expresar lo que prometen algunas damas y luego no cumplen, es decir, “pasaje de ida y vuelta al paraíso”. Remata la idea con “un guaguancó cantado por Virulilla y Saldiguera”, cuyo estribillo dice así:
Monta en mi guagua, papito,
que yo te voy a llevar
en un viaje pa’gozar
al paraíso infinito.
Mi guagua no tiene freno,
pero sí amortiguación
ya tú verás lo que es bueno
cuando estés ante el timón.
Tiene muchos recursos Betán en su “chistera”, y los emplea con eficiencia. A uno de ellos pudiéramos llamarlo “verdades de Perogrullo” (el que a la mano cerrada llamaba “puño”), resultando algunas aseveraciones que, por evidentes, llegan a causar risa. Veamos un ejemplo en su artículo “Marte estudiado por mí”: «Su clima es húmedo cuando llueve y seco cuando hay sequía; la temperatura varía, de fría en invierno a caliente en verano, aunque a veces es también caliente en invierno. El planeta Marte se asemeja al planeta Miércoles en que los dos empiezan con “m”. Con “m” empiezan también algunas cosas, pero no vienen al caso porque no son planetas». Y claro, esto lo complementa con una asociación de ideas que a otro no se le hubiera ocurrido: “En Marte, ni te cases, ni te embarques”.
Haciendo honor a lo anterior, debo citar una frase que dejó escrita Betán en el prólogo que escribió para el libro Humor de puño y letra, donde se recogen trabajos de 19 humoristas de la época. Sentenció allí: “(…) un humorista es capaz de encontrarle la quinta pata a cualquier aspecto o situación, que para un individuo normal pasaría inadvertida”.
Así es, en efecto, y Betán, gran humorista, sabía encontrarle la quinta pata al gato, al gallo, al urogallo y al pipisigallo.