Narrativa de... Laidi Fernández de Juan

La narrativa de Laidi Fernández de Juan hace énfasis en el tema la mujer frente a las circunstancias sociales, a veces narra desde una postura crítica y otras con un saludable aporte humorístico.
Con su libro La hija de Darío,1 que obtuviera el Premio Alejo Carpentier 2005, esta autora devela su magisterio construyendo una realidad tan convincente que corre el riesgo de tragarse por entero a la ficción.
Ofrecemos uno de sus cuentos, recorrido íntimo de lo femíneo que deviene en ventana a la ilusión, acaso como fuga de lo superfluo que menoscaba la existencia.
Osmán Avilés
María Eugenia de
Es cierto que pertenecía a ese grupo de personas patéticas que van de noche al Malecón habanero, se sientan en el muro centenario y lanzan suspiros hacia el mar. Es cierto también que le daba las tres vueltas a la ceiba del Templete los 16 de noviembre, pero no sentía satisfecho su deber de habanera. Consideraba que se había dejado abofetear, que al permitir (de alguna manera era responsable) que tantos extraños hubieran llegado para quedarse, había establecido una especie de redención que le resultaba vergonzosa y despreciable. Una ciudad refinada, exquisita y melancólica como la de su niñez, no merecía la avalancha grosera de aquellos que se la comían a mordidas (pesadilla recurrente que la despertaba varias veces en la noche).
Para ella era demasiado tarde. Viuda, con dos hijos, y enfermera en un hospital ruinoso, no quedaban oportunidades. Y ni pensar en mudarse de El Vedado, abandonado y sucio como estaba, no sólo porque no encontraría sitio tan barato a salvo de extraños sino porque sería traicionar la memoria de sus antepasados y su deseo propio de no dejar ni un hueco disponible para los invasores.
A falta de moneda dura y de relaciones influyentes, decidió un buen día que se encargaran sus hijos de salvaguardar el orgullo de la ciudad (aunque fuera el mínimo que quedaba) y se dejó guiar por su instinto de habanera lastimada.
Sólo convirtiendo a los niños en artistas famosos que recorrieran galerías y salas de exhibición, con pinturas que reflejaran una Habana fuerte, sabia y hermosa, sería posible, a sus ojos, aliviar la profunda vulgaridad y las heridas que sufría la ciudad.
Con el propósito de encontrar un lugar para la enseñanza artística que no exigiera contribuciones demasiado alejadas de su condición de trabajadora estatal, acudió al Taller Experimental de las Artes Plásticas del que le hablaron en su hospital.
«Gratis, maravilloso y espléndido», le comentaron, y allí inscribió a sus asustados hijos que jamás habían visto un óleo de cerca.
Una de las ventajas del Taller, además de pertenecer por entero al estado, era que, ¡oh, Dios misericordioso!, se encontraba en el corazón mismo del centro de El Vedado. A salvo, como María Eugenia pretendía, de las nefastas influencias de los extremos de
Del este, dominado ya por un grupo de los extraños, y del oeste, de esa otra Habana artificial, enriquecida y plástica, igualmente peligrosa para la autenticidad que perseguía a través del arte de sus hijos.
—El profesor quiere verte mañana, le dijeron ellos al sexto mes de las clases de paisajismo, y María Eugenia se aterró.
Apenas pudo dormir esa noche. ¿Qué le dirían? ¿Que sus hijos carecían de talento? ¿O de las habilidades imprescindibles para sostener un pincel con elegancia? ¿Que en seis meses no habían progresado nada? Preguntas interrumpidas a ratos por su habitual imagen de extraños que mordisqueaban la ciudad arrebatándole su Paseo del Prado, su cúpula de Coppelia o cualquier cantidad de sus parques, tan antiguos como su faro.
Sin embargo, amaneció calmada, y con la resignación que se adquiere después de muchos años de saqueo, se presentó en el Taller.
—Sólo usted puede ayudarnos, explicó el maestro luego del recibimiento de rigor, a mejorar la visión que tienen sus hijos de la ciudad. Mire usted (y le mostró el dibujo de una palma real que en lugar de pencas estaba coronada por inmensos osos polares). Ellos lo titularon Nuestra palma. Y fíjese en aquel óleo que se llama La bahía.
María Eugenia se acercó al caballete y tuvo que sentarse en la banqueta que habían usado sus hijos. Boquiabiertos cocodrilos verdes poblaban el espacio que debía corresponder al mar, y en el muro del Malecón aparecían incontables peces azules, con miradas de desamparo.
—Lo más preocupante, sin embargo, continuó el profesor, es el mural que sus hijos hicieron al fondo de la escuela. Acompáñeme, por favor. María Eugenia lo siguió por un pasillo oscuro hasta que llegaron al exterior.
—Mire esto. Se llama Nuestra ciudad.
Pintado el mapa de
—Diabólico espectáculo. ¿No cree usted?, preguntó el profesor.
— ¿Diabólico o nuestro?, contestó ella.
Y se fue. Es cierto que no mucho más feliz de lo que había llegado (su sueño peligraba) pero sí con la extraña liviandad y con el absurdo consuelo que proporciona el saber que un dolor, por incomprensible que parezca, está siendo compartido.
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Laidi Fernández de Juan (
