Alberto Pedro y un teatro que es nuestro
Recientemente los amantes del buen teatro nos llenamos de gozo al poder tener entre las manos la compilación que hiciera Vivian Martínez Tabares sobre la obra de Alberto Pedro Torriente y que titulara Teatro Mío, como homenaje conjunto a la labor del fallecido dramaturgo; a su esposa, Miriam Lezcano, y al grupo teatral dirigido por esta, de igual nombre, con y para quienes —como puede leerse en estas páginas— en muchas ocasiones se pensaban y construían los textos que hoy leemos con placer o de los cuales recordamos sus puestas en escena.
El libro es una propuesta elaborada para trascender, con un prólogo sencillo que transita entre la nostalgia del hablar de un amigo perdido y el sereno análisis de su obra que nos sirve de guía para recorrerla, así como una cronología de puestas en escena; pero, sobre todo, y lo que más interesa al fin y al cabo, abarca las obras del autor que aparecen por vez primera compiladas casi en su totalidad, lo cual servirá, además, para tener una visión progresiva del desarrollo de su escritura: materia transformadora de arte y vida.
Hasta el momento solo puedo hablar de los cuatro textos que he leído de los doce que el volumen recoge: “Weekend en Bahía”, “Pasión Malinche”, “Manteca” y “Delirio habanero”, de estos dos últimos siendo adolescente disfruté su puesta en escena, mas por desgracia con una inocencia tal, que reconozco que leerlas ha sido como descubrirlas por vez primera.
“Weekend en Bahía” es una obra de finales de los 80, años en que recién comenzaba a reestablecerse el diálogo entre los cubanos de la Isla y los radicados en EUA. De esta forma una pareja de jóvenes de 32 años cada uno, se reencuentran, después de casi veinte años para recordar su noviazgo de la adolescencia y descubrir que no son los mismos de antes pero que tampoco la vida de uno, al cabo del tiempo, ha sido mejor que la del otro. A pesar de los coqueteos amorosos, los juegos de palabras que corroboran esa línea divisoria entre sus mundos y la incomunicación no sólo a nivel del discurso entre ambos, que en algunos momentos parece forzada o inmadura, la obra pone el dedo sobre la llaga a muy temprana hora, en una de las problemáticas más abordadas por las formas narrativas de finales del siglo XX y que, posteriormente, hallará vasto terreno en otros hechos de mayor conmoción social como el de los balseros del 94.
Durante una larga noche en el reparto Bahía, Mayra, que viene de Nueva York, sostiene un encuentro con Esteban, su primer amor, teniendo a los Beatles como música de fondo que les hace recordar la temprana juventud que compartieron, fracturada para ambos por la partida de ella, a la misma vez que se enfrentan uno con el otro, lo que resulta definitivamente una mirada frente al espejo, puesto que ambos terminan quitándose las máscaras para reconocer los fracasos familiares y laborales que han atravesado de uno y otro lado del mar. Él se niega a irse con ella, y ella, después de convencerse de la imposibilidad de rehacer su vida en Cuba, promete volver.
Aunque la obra no se propone tocar a fondo el problema de la identidad o el desarraigo, sino más bien el posible diálogo que puede establecerse entre los de aquí y los de allá, sin lugar a dudas, Mayra es un personaje descentrado, una mujer que no sabe bien a dónde pertenece, y que, por tanto, no comprende el voluntarismo de Esteban, su pertenencia:
Esteban: No, no me voy, no puedo, no me cabe en la cabeza. Este es mi país, aquí está lo mío. ¿No te das cuenta? Sería como estar obligado a nacer otra vez a los treinta y tres años. Aprender a caminar, a hablar, a comer, entrar en un mundo ajeno…
Por tal razón es un diálogo que a ratos parece no hallar conciliación pero que, al final, a fuerza de sinceridad de ambas partes, se logra.
“Pasión Malinche” (1989), goza para mí del encanto que posee tratar lo universal sin dejar a un lado lo nacional, aparte de la concepción dramática del teatro dentro del teatro, que logra siempre esa suerte de fascinación en el público al hacerse cercano y supuestamente tangible.
La pieza aborda el problema de la puesta en escena de una obra, con vistas a ser presentada en España, en la cual se re-crea la historia de La Malinche, amante de Hernán Cortés, quien pasara a la historia como una traidora, por su labor como traductora en el proceso de conquista y colonización española.
De esta forma se establece un juego entre la pieza teatral que ellos representan en escena y la supuesta “vida real” de los actores con su ambición de viajar a toda costa, a través del cuestionamiento histórico acerca del papel real que jugara La Malinche, quien va deconstruyendo su personaje hasta decir:
Malinche: No hay remedio, soy traidora, merezco la repulsa, el odio de los míos. ¡Nunca Amé a Cortés! Fui vejada, violada, humillada… Y traicioné… Por miedo, por un miedo terrible de morir. Me convertí en la lengua del conquistador, traduje sus mentiras como verdades, confundí a mi pueblo, revelé el secreto del gran laberinto…
El autor se vale de las múltiples voces que encarnan los personajes para hacer una crítica audaz, tanto ética como sistémica, hacia adentro, hacia el propio mundo teatral, y hacia afuera, la situación real de la sociedad cubana:
Minerva: Pues hazlo cuando quieras. Y para que lo sepas: sí estoy harta, más que harta. Mucho más que harta de las oficinas, de la burocracia, de las reuniones, de los compromisos que jamás se cumplen, de que me administren, de que me dirijan como si fuera un títere. Harta de engañarme, de que nos engañemos y sigamos engañando a los demás. […]
“Pasión Malinche” es un alegato contra la doble moral, contra los discursos oficiales que no narran la historia verdadera, un elogio a la libertad de expresión del artista y del arte en sí mismo, un aplauso rotundo al decir claro, al llamar a las cosas por su nombre y, por tanto, es una firme toma de posición ideológica. Es una obra que debería ser incluida en los programas de estudio de Literatura cubana por abordar tantas zonas de conflicto, por ser fiel representante de la escritura comprometida con la vida real.
Mucho se oye decir que el cubano siempre termina hablando de la comida, y de alguna manera de esto se trata “Manteca”, de 1993, idea que está presente también en el autor cuando dice que “aquí hay un culto a la comida” (véase cita de la compiladora en Prólogo, p.17.), pero como bien dicen sus palabras esta pieza se trata sobre todo del aquí, de nuestras estrategias de supervivencia, de la inolvidable necesidad de criar animales de granja, lo mismo en una apartamento de micro, que en el baño de un solar. “Manteca” lleva ese sello de cubanía que aún dentro del conflicto familiar nos hace reír.
A través de tres hermanos sometidos a encierro para que nadie descubra que crían un puerco —situación absurda que en algunos momentos recuerda al “Aire frío” de Virgilio—, y puestos ya de frente con el dilema de tenerlo que matar para poder comer cuando ya se han encariñado con el animalito, se nos presenta la diversidad familiar, el contrapunteo de opiniones e historias de vida, que van del homosexualismo hasta la postura política y de la literatura a la noticia periodística.
“Manteca” es una pieza riquísima que sin caer en lo ligero, más bien haciendo de lo crudo y cruel algo maleable, nos enfrenta a la disyuntiva de cómo sobrevivir sin perder la esperanza:
Dulce: Por lo menos engordarlo era una ilusión. ¿Qué va a ser de esta casa a partir de ahora sin ese animalito?
Celestino: ¡Coño, Dulce!
Dulce: ¿Qué va a ser de nosotros? No se puede vivir sin ilusiones y no tenemos más ilusión. ¿Qué otra ilusión tenemos, vamos a ver?
Pucho: Ninguna. Es la pérdida de la utopía.
Para finalizar y pecando de ser demasiado breve, resta hablar de una de las más conocidas piezas del autor: “Delirio habanero” (1994). En esta obra Alberto Pedro vuelve sobre el tema que había abordado ya en “Weekend en Bahía” sobre la posibilidad del diálogo entre las dos orillas, sólo que esta vez, en plena madurez profesional, se alza frente a dos grandes mitos de la cultura cubana: el Bárbaro del Ritmo y la Reina de la Salsa, el Benny y Celia Cruz.
En un ilusorio bar, junto a Varilla, el cantinero, y entre emblemáticas piezas musicales de ambos, tiene lugar el encuentro simbólico de nuestra identidad cultural, remembranza de un pasado extinguido, de la vida nocturna bohemia, de la droga, del delirio.
El bar se convierte en el espacio imaginado, el posible-bar-imposible donde podrá tener lugar un encuentro inevitable, en que la confrontación ceda paso a la tolerancia, al reconocimiento, donde cada cual pueda recuperar su lugar y por tanto, se haga presente.
De manera singular se mezclan dichos, elementos de la vida auténtica de los protagonistas, coloquialismo, religión, criollismo, pero sobre todo canción, y el bar se debate entre ser o desaparecer, entre apariencia y realidad: búsqueda eternamente inconclusa de nuestra propia identidad.
La Reina: No es lo mismo vivir en una isla que en un continente, para que me vayan entendiendo.
El Bárbaro: Enterrado, sí, pero muerto no. Porque hay espíritus que no se pueden enterrar y van pasando de cuerpo en cuerpo.
De manera general, puede verse hasta aquí que la obra de Alberto Pedro es un testimonio de nuestros tiempos; con su fuerte carga de cubanía y trasgresión, su nombre se alza entre lo mejor del teatro cubano de finales del siglo pasado; queda en nuestras manos hacerlo crecer, revalorarlo, repensarlo y reponerlo en nuestras tablas.
Gracias Alberto Pedro por tu obra infinita en cada lectura, en cada puesta, en cada palabra, gracias por tu teatro que es nuestro.
