Que te vuelva a encontrar. Una historia de amor en tiempos de megabytes
Historia de amor, que se vuelve literatura, la inspira, la condiciona y la alimenta en un entretejido de verdad y ficción en que el autor —quien se vuelve al Alfonso y Quijote— bebe la misma cerveza de Ka, la sicodélica, sicalíptica, siempreviva, la besa y luego imagina el diálogo que sucederá y/o escribirá para la esquiva e itinerante Ka, convertida en el primero de los personajes.
Junto a ellos, conviven en la vida de las páginas y en los borradores del ordenador, el resto de los personajes. El lector, un poco Sancho, un poco Pepe Grillo, rival en la conquista de Ka. La productora, dispuesta a hacer de la novela, una telenovela que posea todos los ingredientes hipnóticos con los que la pequeña pantalla, bautizada como “el mago de la cara de vidrio” atrae a sus fieles, convencida de que “lo más perdurable en una telenovela, es el rating” y la editora, que lee, critica, hace tesis y se tiempla, literal y metafóricamente, al autor y su obra.
Esta galería de personajes, entra en la novela de Edel, para luego entrar en la novela que escribe el autor, personaje de Edel. Son entonces, doblemente personajes, activos y pasivos. Descritos en las pantallas del ordenador, guardados en documentos y escapados de todo esto para vagar por las salas oscuras de cine y las esquinas oscuras de los bares de
A ratos lírica, a ratos irreverente, colmada de poesía, muchas veces del propio Edel, de citas bíblicas, cervantinas, menciones a Senel Paz, López Sacha, Beatriz Maggi, Lawrence Durrell o Gumersindo Díaz Pacheco, la novela se auxilia y se enriquece con notas a pie de páginas divertidas y esclarecedoras en las que, como historias paralelas, hallamos desde comentarios irónicos, hasta graves reflexiones sobre el mercado editorial.
En esta historia de amor y de libros, Edel nos arrastra al delirio soñado y luego, con un punto y aparte que pone los pies en la tierra, nos regresa a una realidad que a través de tecnologías informáticas, deviene una especie de puerta del Doctor Parnassus. Nos lleva a los escenarios que imagina y luego nos hace cómplices de la frialdad con que traza estrategias argumentales, convirtiéndonos a todos, un poco autores y otro, personajes.
Formalmente moderna, modernísima o post-moderna, este amor a ritmo de de bytes, es contado en un español pleno, en estos tiempos de emails. Lirismo y tecnología que comulgan en páginas sin fisuras.
Asistimos en su parte final, a la agonía de un autor exhausto, moribundo, abatido por la rebelión de los personajes. Y aquí, como en la primera representación de Peter Pan en un teatro londinense a inicios del siglo pasado, en la que él pide a los espectadores que no dejen morir a Thinker Bell, o en el film Un domingo maravilloso de Akira Kurosawa, donde un joven dirige una orquesta imaginaria en un anfiteatro abandonado y su amante se vuelve hacia los espectadores pidiéndoles un aplauso; el lector, exige a los agentes literarios, publicistas, distribuidores, libreros y a los otros lectores, …que no lo olviden, que no dejen morir al autor…. Y como en los cuentos de hadas, hay un beso salvador y un paraíso recobrado, un regreso al tiempo perdido de la adolescencia. El autor obtiene un premio, mucho éxito y el amor de la productora. Y el lector recobra la fe en la historia que se cuenta.
Concluye el texto con un pie de página coral, fiel escudero, hasta las últimas palabras, al espíritu de un argumento sobre el amor y el sudor de la literatura y sobre la literatura y el sudor del amor. Donde la docta computadora está siempre a pocos centímetros de las heladas cervezas que combaten y acompañan el calor y la humedad de
