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Morir por la poesía

Ricardo Riverón Rojas, 24 de septiembre de 2010

Entre 1960 y 1968 puede situarse el período de esplendor de los movimientos guerrilleros en América Latina. Las coordenadas de la época apuntaban hacia la soñada revolución mundial con nuestro continente jugando el privilegiado papel de pionero en la emancipación de los oprimidos del planeta. Fue el decenio del gran fervor izquierdista, cuando profesar esas ideas, ser devoto de los Beatles, Violeta Parra y Silvio Rodríguez resultaba «elegante» a los ojos intelectuales.

Todo llamaba a la insubordinación, pues había llegado la oportunidad de los desposeídos. Veamos: en 1959 triunfa la revolución cubana y comienza a llevar a vías de hecho el radical programa de reivindicaciones sociales expuestas por Fidel Castro en La Historia me absolverá. En esos primeros años de la década se producen: las dos Declaraciones de La Habana, las independencias de la mayoría de las colonias de África, las luchas por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos, las protestas y matanza de Tlatelolco, la revolución de mayo del ‘68 en París, el movimiento constitucionalista en República Dominicana y la heroica y exitosa resistencia del pueblo vietnamita ante la invasión yanqui, entre otros acontecimientos.

Por otra parte, también fueron los años del boom de la literatura latinoamericana, cuando Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa y Carlos Fuentes —cito sólo algunos— hacían crecer el ego continental con sus trascendentes obras en tanto se rescataban para la nueva sensibilidad muchas páginas de Rulfo, Carpentier, Azuela y Arguedas, entre otros.

La URSS era fuerte y el campo socialista —la Europa del Este de postguerra y ciertas zonas de Asia— mostraban su vigor, más ideológico y militar que económico, independientemente de «escaramuzas» como la de Hungría en 1956 y de ciertas cotas inflexibles puestas al cuestionamiento político.

Nikita Jruschov había hecho ya su crítica a Stalin, y Cuba, en gesto de rebeldía sin barreras, le había cantado las cuarenta al mismo líder del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) y al presidente Kennedy cuando la crisis de los cohetes en octubre del ‘62.

Estaban en alza la latinidad, la auténtica valentía mesiánica, y de seguro triunfaríamos con el «guevarismo» como manual para la táctica guerrillera: «crear dos, tres, muchos Viet-Nam» había propuesto el gran argentino-cubano con el objetivo de acosar al imperio con un semillero de frentes de baja intensidad, y así, al influjo de esa atmósfera tan cargada de utopías realizables, fue que la mayoría de los intelectuales y políticos jóvenes, unidos a la apasionada masa universitaria, le dieron cuerpo y sueño a numerosos movimientos guerrilleros en casi todos los países del continente.

Pero acontecimientos como la caída del Che en Bolivia, en 1967, la «evaporación» de Jruschov en 1964, la invasión a Checoslovaquia por las tropas del Pacto de Varsovia en 1968, la Gran Ofensiva Revolucionaria, en el propio ‘68 —que le propinó un golpe demoledor a la pequeña industria y los servicios generales en Cuba—, el fracaso de la zafra de los diez millones de toneladas de azúcar en 1970 y el caso Padilla en 1971 —también de las cosechas cubanas—, así como la muerte de muchos líderes guerrilleros: Turcios Lima, Camilo Torres, Fabricio Ojeda, Carlos Marighella y otros vinieron a  anunciar que no todo iba sobre rieles en esas luchas, y que el futuro, como posteriormente nos lo hicieran saber la perestroika, la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS, para desgracia de tantos, no «pertenecía por entero al socialismo».

Tal vez la derivación más aberrante de aquellas guerrillas de los sesentas fueran los condenables movimientos terroristas en que se convirtieron algunas de ellas en los ochentas y noventas, aunque tal derivación no podría nunca descalificar la doctrina que animó a aquellos que, en la paradigmática década, dejaron atrás sus casas y facilidades urbanas, las aulas universitarias, sus consultorios y bufetes, y hasta sus seguros exilios europeos o cubanos para ir hasta «la cintura cósmica del sur» a jugarse la vida y la obra en aras de un futuro potencialmente mejor para la mayoría.

De  entre esos hombres y mujeres me interesa, en este brevísimo recuento, dejar una valoración, acaso pálida, de lo que aportaron los poetas, pues desde la inasible subjetividad de sus obras, y desde el ejemplo personal de la incorporación a la lucha armada, le inocularon al proyecto la imprescindible cuota de lirismo y ternura que el mismo —tan violento como justo y necesario— demandaba.

La Editorial de la Casa de las Américas, de Cuba, en 1978 publicó una singular antología titulada Poesía trunca, con selección y prólogo a cargo de Mario Benedetti y una propuesta basada en la obra de 28 poetas —26 hombres y 2 mujeres—, todos mártires de las luchas generadas al calor y con el color de la floreciente atmósfera izquierdista que he descrito en párrafos anteriores.

Bien expresa Benedetti cuando en el prólogo aclara que:

Aquí hay poetas que, a la hora de su muerte, tenían ya una obra madura, ordenada, juzgada incluso por la crítica (...) Hay también poetas más jóvenes que, por alguna razón (...), no eran al morir suficientemente conocidos, pese a que ya tenían un excelente oficio y una obra de dignísimo nivel literario (...) Hay otros que murieron tan jóvenes (...) que su obra no pudo, como es lógico, llegar al nivel que estaba implícito en sus propias posibilidades (...) Hay, por último, hombres y mujeres de vocación primordialmente política (...) que en una muestra más de su sensibilidad y calidad humanas, abordaron a veces el quehacer poético.1

A treinta y dos años de la publicación de Poesía trunca (posteriormente reeditada en más de una ocasión) me place confirmar que nombres como los de Francisco Urondo (Argentina, 1930-1976), Leonel Rugama (Nicaragua, 1950-1970), Ibero Gutiérrez (Uruguay, 1949-1972) o Rony Lescouflair (Haití, 1942-1967), podrían figurar, con pleno derecho, en cualquier antología de la poesía latinoamericana del siglo XX.

Pese a lo antes expresado, y a que la mayoría de los autores incluídos en Poesía trunca servirían para ilustrar lo expresado, en este análisis propongo detenernos básicamente en las obras de tres de los poetas que Benedetti sitúa entre los de obra más acabada en el momento de sus muertes, y que a mi modo de ver resultan emblemáticos para configurar la imagen de esa difícil entidad binaria que es el poeta-guerrilero. Se trata de: Otto René Castillo (Guatemala, 1936-1967), Javier Heraud (Perú, 1942-1963) y Roque Dalton (El Salvador, 1935-1975).

Los tres poetas en cuestión tuvieron una muerte trágica: Otto René bestialmente torturado y quemado vivo en la base militar de Zacapa, Javier acribillado con balas explosivas en medio del río Madre de Dios, y Roque asesinado por una fracción ultraizquierdista del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en San Salvador. Los tres conocieron la experiencia del exilio europeo oriental y en cada uno fue diferente la marca que la misma les dejó.

En la cuerda antes descrita, Otto René logra una conmovedora crónica de lo cotidiano con el excelente poema «En Berlín, la primavera llega»: Todos los años / en Berlín, / cuando la primavera / se acerca de puntillas / a la espalda de la ciudad, / los jardineros / vienen con sus flores / a sembrar / la alegría en los jardines… afirma al inicio del texto, para un poco más adelante continuar con su relación de deslumbramientos: Ahora hasta podríamos / decir que todo canta. / Es la primavera alemana / en la ciudad Berlín, / la que lo cambia todo / con el aroma de su juventud sonora…

En esa misma línea Javier Heraud, en «Plaza roja 1961», acota:  Plaza Roja 1961. / Aquí yo he estado en el centro del incendio, / en plena Plaza Roja y varias veces, / tragándome mis penas / y forzando mi pequeñísima alegría. / He dicho paz en rojo, en calles, / en plazas y jardines.

La visión de aquel que prometía ser el mundo del futuro, tal vez edulcorada y traducida en vigorosas imágenes poéticas, se justifica porque ambos escritores anduvieron por aquellos lares en los primeros años de la emblemática década, pues un poco más tarde, en el definitorio 1968, la visión que nos da Roque Dalton de Checoslovaquia en el poema «Taberna» es bien diferente. Con una mirada acaso premonitoria de lo que sería el derrumbe del falso proyecto de revolución europea oriental, Roque se permite el sarcasmo y la ironía más erosionante sobre muchos de los dogmas que el socialismo de entonces tenía por intocables: ¡Buenos padres de familia de todo el mundo, uníos! / no tenéis nada que perder, sólo las ganas de no hacerlo… recrea con los ecos de las múltiples voces que oye en la famosa taberna U-Fleku de Praga. Pero también transcribe: ¡Hurra! Clamamos por una patria de infantes salutadores, / un país suntuoso y puro como el vaso de leche / donde la colegiala mide su cutis deplorable: / ninguna complicación, profilaxis de la conciencia, deber / sólo ante nuestra raza inocente… y de esta manera reivindica, con su sagaz evaluación de la temperatura política, la legitimidad de las visiones tan entusiastas que apenas unos años antes nos legaran los otros dos poetas.

La más reiterada obsesión de todos los autores incluidos en Poesía trunca, es la que tiene que ver con la certidumbre de la muerte cercana. Así Otto René Castillo, en su poema «Uno es así de extraño», declara: Tal vez / cuando tú vuelvas, / ya me haya marchado / para siempre de la vida, / sin que tú lo comprendas / ni yo lo haya querido… aunque también en «Viudo de mundo» afirma: No me apena dejaros. / Con vosotros queda mi esperanza.

Javier Heraud, por otra parte, afirma: Yo nunca me río / de la muerte. / Simplemente / sucede que / no tengo / miedo / de / morir / entre / pájaros y árboles… aunque su más conmovedor testimonio lo lega en la pletórica cosmogonía dialéctica del canto 3 de sus «Poemas a la tierra»: Quiero que salgan dos / geranios de mis ojos, de / mi frente dos rosas blancas, / y de mi boca / (por donde salen / mis palabras ) / un cedro fuerte perenne, / que me de sombra cuando / arda por dentro y por fuera, / que me de viento cuando la lluvia / desparrame mis huesos.

En Roque Dalton —de los tres quien más vivió— se aprecia una estética más cercana al desprejuicio antipoético, a la ironía, al sarcasmo, que unidos a su natural sentido del humor le posibilitó pulsar esa cuerda en un tono más desenfadado y paródico, como en el poema «Preparar la próxima hora» donde se autointerpela: pobrecito olvidado, pobrecito, / con la mayor parte de la muerte a tu cargo, / mientras en algún lugar del mundo alguien desnuda bellas armas...

Es la poesía amatoria, por otra parte, una de las zonas más conmovedoras de la obra de estos tres grandes versadores de Nuestra América. En tal sentido no resulta gratuito que en el casi siempre veleidoso mundo de la oralidad literaria disfruten de una inusual y legítima popularidad poemas como «Desnuda», de Roque: Amo tu desnudez / porque desnuda me bebes con los poros, / como hace el agua cuando entre sus paredes me sumerjo. // Tu desnudez derriba con su calor los límites, / me abre todas las puertas para que te adivine, / me toma de la mano como un niño perdido / que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas... O «El gran estafado», de Otto René: Uno se pierde a veces / en el fondo de una mujer / y no vuelve a encontrarse / jamás; / uno se marcha / luego / por el mundo / incompleto de sí / completo solo / de su silencio

Nada de lo que pudiera yo exponer en un trabajo tan breve como este agotaría una sola arista de la múltiple y ejemplar obra de los «poetas truncos», baste sólo la afirmación de que ellos les dieron a la hermosa página de las guerrillas latinoamericanas de los sesentas el costado de sensibilidad artística que las haría más humanas y justas.

Valdría la pena entonces concluir con estos programáticos versos de Javier Heraud: No sé qué pasará conmigo y mis hermanos en la lucha / pero supe vivir y morir como hombre digno / queriendo respetar y salvar al que todo lo sufre, / queriendo abrir nuevos soles salvadores. // El final de la historia lo dirán mis compañeros / arriba, abajo, encima de la historia / y contarán a mis hijos / historias verdaderas / y para siempre vivirá la esperanza. O con estos otros de Otto René Castillo: Vámonos patria a caminar, yo te acompaño. // Yo bajaré los abismos que me digas. / Yo beberé tus cálices amargos. / Yo me quedaré ciego para que tengas ojos. / Yo me quedaré sin voz para que tú cantes. / Yo he de morir para que tú no mueras, / para que emerja tu rostro flameando al horizonte / de cada flor que nazca de mis huesos.

Escrito en 2000 - Revisado en 2010

Nota:

 1 Mario Benedetti: Poesía trunca; Casa de las Américas, Cuba, 1978
 

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