Poesía de Ángel Augier
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La poesía de Ángel Augier, estrenada en el meridiano de la vanguardia, rápidamente se encentró sobre su decir propio, después de una breve aventura iconoclasta. Prolífico, de voz discreta, de aguda percepción, versátil en las formas, escribió a lo largo de una fructuosa existencia su crónica de lo íntimo y de lo público con suficiente dignidad artística y autenticidad humana como para ocupar un sitio incuestionable en nuestro decurso lírico. Dúctil en el decir, flexible en el desenvolvimiento de su mundo interior, trabajó con acierto las resonancias históricas y los acordes personales más íntimos. Con amorosa atención observó nuestros árboles, nuestros elementos físicos, nuestra naturaleza, sin la más mínima sombra tradicionalista, sino con la juventud expresiva de lo que se personaliza por sutiles demandas espirituales. La vida económica de nuestro drama rural, las plantaciones, puertos y pequeñas ciudades antillanas, el devenir épico de la isla, los espacios lejanos visitados, y tantos pormenores de su avisada existencia, encontraron siempre en sus páginas un eco colorido y atento. Proverbial por su extraordinaria capacidad de trabajo, ordenó para las generaciones de lectores cubanos amantes de la poesía las obras de nuestros clásicos, como Heredia y Guillén. Compañero de luchas del segundo, a quien dedicó una faena investigativa, biográfica y crítica ejemplar, fue testigo y participante de todos los acontecimientos culturales y sociales más significativos de nuestro siglo XX.
ROBERTO MANZANO
ÁNGEL AUGIER (Central Santa Lucía, Gibara, Oriente, 1. 12. 1910-La Habana, 20. 1. 2010). Premio Nacional de Literatura 1991. Presidente de Honor y Asesor de la Fundación Nicolás Guillén. Orden Nacional Félix Varela en 1982. Héroe del Trabajo en el 2004. Algunos de sus libros de poesía son: Uno, prólogo de Agustín Acosta, Editorial El Arte, Manzanillo, 1932; Breve antología, prólogo de Samuel Feijóo, Universidad Central de Las Villas, Dirección de Publicaciones, La Habana, 1963; Isla en el tacto, Ediciones UNIÓN, La Habana, 1965; Do Svidanya, UNEAC, La Habana, 1971; Poesía 1928-1978, Ediciones UNIÓN, Ciudad de La Habana, 1980; Arbolario, Editorial Sanlope, Las Tunas, 1989; Las penúltimas huellas, Ediciones Holguín, Holguín, 2000.
MI SOLEDAD
Mi soledad me acosa como un perro. Me ladra,
me lanza dentelladas, me gruñe. Y mi ternura
me lastima de tanto desbordarse.
Aquí está, como un río detenido en su cauce.
Las aguas crecen y no encuentran salida.
La soledad me acosa. La ternura me ahoga.
Grita mi soledad y se asusta el silencio.
Aprieta mi ternura allí donde más duele,
allí donde más quedan cicatrices.
Mi soledad me acosa junto a ti más que nunca.
Es que entonces la tuya —tu soledad— me grita
también, y soy por las dos soledades
perseguido. Y sin poder hallar refugio.
Mi ternura me ahoga junto a ti más que nunca.
Es que siento la tuya —tu ternura— que fluye,
que te inunda también su cauce detenido.
Entonces dos ternuras sin salida me abruman.
Tu soledad. La mía. ¡Por qué la soledad!
Mi ternura. La tuya. ¡Que no puedan ser una!
PAISAJE CON BUEY
Bajo la luz que irrita, su alabanza
prende el viento fugaz del mediodía,
y a su paso las hojas de alegría
inventan una desacorde danza.
El negro-sobre-blanco de la panza
cae en el verde que la tierra cría.
La mirada sonámbula, vacía.
Partida en dos, ensombrecida lanza.
Elástico remate de la pena,
el rabo, mudo, al agitarse suena
en el zumbido de los moscardones.
El sol de plano pesa sobre todo,
y hacia el profundo azul blando acomodo
hallan las nubes en sus algodones.
VARIACIONES SOBRE LA PALMA
La palma sola soñando,
palma sola.
NICOLÁS GUILLÉN
India esbelta, la cabeza
cubierta de verdes plumas
que reverberan bajo el sol.
En la distancia,
da vueltas en el aire
rueda de verdes aspas
de molino de viento.
Abanico vegetal
que agita el mediodía.
Pero el calor no cesa.
Fósforo encendido
de inquieta llama verde
que refleja en sus aguas el río
y que no apaga el viento
y sí la noche.
Veloz rehilete verde
en su poste prendido
ante el paisaje espectador.
Sola,
la cabellera al viento, despeinada
de verde, se empina sobre un zanco
alta, orgullosa, sola.
En reposo con las pencas plegadas,
verde flor gigantesca
traspasada de música.
Joya,
solitaria esmeralda
en un inmenso estuche
abierto a sus fulgores.
Juguete
del sol y de la brisa,
del rayo, de las nubes,
de la mirada,
de la poesía.
Te quiero siempre así,
viva, vibrante, única,
decorativa estrella
que tiñe de sus verdes los verdes,
y el azul,
y la tierra y su escudo.
DISCURSO DE LA CEIBA
Mi verde dinastía se origina
en lo más profundo y secreto de la tierra y el tiempo:
de esas remotas fuerzas me nutro desde siempre.
Mi edad, inabarcable como mi recio tronco,
se extiende indefinida igual que mis raíces,
sin tolerar obstáculos que intenten detenerlas.
Cuido mi soledad porque sin ella
no habría podido hacerme
este sólido palacio con sus brazos robustos
que levantan la inmensa cúpula, corona de mi majestad,
ni abrirme el ancho espacio que expansión reclama.
Mi alianza permanente con el aire y el sol
hace proliferar el espeso follaje
con que establezco en mis dominios la dilatada sombra,
oasis de frescura en el cálido estío.
Cuando furioso arma sus vientos y sus rayos
y los descarga sobre la tierra,
el huracán ya sabe que han de quebrarse
contra los escudos de mis potentes armas
y mis firmes raíces.
Madre mágica, el agua: la cuido como a hija,
la retengo en mi pecho
y corre por mis venas y por mis hojas canta.
Hago seguro y perdurable mi vegetal linaje
con las simientes que esparzo al viento
en blancos copos
que anuncian jubilosos la fiesta de mi fecundidad.
Amo a los pájaros, esas hojas con alas,
esos hijos del aire, que anidan en mis ramas
y acompañan el coro de mis hojas.
También amo a los hijos de la tierra
que buscan refugio y defensa
en las sinuosidades de mi tronco:
la arisca jutía,
cuyo color se me asemeja y en él se protege;
el majá, que duerme como uno más entre mis raíces;
la lenta jicotea,
que en mi regazo sueña con la eternidad.
El mito y la leyenda me rodean de misterio,
y en silencio disfruto esa extendida fama
de potencias ocultas
con que se me asocia a las oscuras fuerzas de la noche.
Desde edades remotas los hombres me han ungido
de atributos sagrados y mágicos poderes,
emanados de imaginarios dioses
que alojan en mi tronco
y ofician en mis ramas.
Algunos en sus libros
me proclaman gigante de los campos,
en Briareo que con cien brazos abiertos
parece amenazar eternamente a los cielos…
Pero en mi secreta intimidad sé que la fuerza
telúrica y cósmica de mi ser procede inagotable
—como mi verde dinastía—
de las profundidades de la tierra y el tiempo,
y sé que la majestad que ejerzo ilimitada
es generosa gracia de la Naturaleza.
VIENA. LA NOCHE. EL FUEGO. LOS CABALLOS
A Marie-Thérese Kerschbaumer, poesía
Solemne madrugada del otoño de Viena.
El árbol del silencio cada vez más sus ramas
extiende en la negrura de la noche serena
bajo estrellas remotas de lustrosas escamas.
De repente en la tensa quietud tenaz resuena
la alarma del incendio. Hay un palacio en llamas
y ellas se posesionan de la nocturna escena
donde el rojo improvisa sus esplendentes gamas.
De un establo vecino, en raudo salto elástico,
caballos lipizzanos, ya libres de sus bridas,
escapan indomables, como en tropel fantástico.
Y al resplandor siniestro blancas cabalgaduras
cruzan, crines al aire, las calles sorprendidas,
como al fuego talladas, fugaces esculturas.
EL TAMARINDO
En el viejo traspatio reinaba por su altura
y por su raro fruto, «cáscara acartonada
que entregaba una pulpa de melaza quemada,
ácida densidad de la dulzura».
Donde el tronco sus ramas elevaba hacia cada
punto que convenía a su recia estructura,
para soñar y para la lectura
improvisé un refugio que ocultó la enramada.
Amigo de mi infancia, lejano tamarindo,
por tu pulpa y tu sombra, por tu belleza brindo,
por tus ramas, mi casa de versos y quimeras.
Sé que ya sólo existes en el recuerdo mío,
y como ese recuerdo ya se acerca al vacío
te siembro en un soneto para que nunca mueras.
EL ROSTRO EN EL ESPEJO
Me encuentro con mi rostro en el espejo,
ese otro yo que nunca soy yo mismo,
imagen que parece en su mutismo
no resignarse a ser fugaz reflejo.
De pronto siento que un inmenso abismo
existe entre mi yo y el rostro añejo
que extrañado me observa. Si me alejo
es de la falsa copia de mí mismo.
Lejos del falso yo, quedo confuso.
¿No será que esta brusca despedida
es de mí mismo, no de un rostro intruso,
y que es de miedo la cobarde huida
para ignorar la imagen, pobre iluso,
del yo mismo a esta altura de mi vida?
CANCIÓN DE LA VIDA
Si te enamoras, que sea de la Vida.
La Vida, la fuente generosa,
el todo panida,
germen de toda cosa,
del árbol y del pájaro que anida
en sus ramas, de la espiga y la rosa,
del agua rumorosa,
del seno que convida,
de las fieras y de la mariposa.
Si te enamoras que sea de la Vida.
—Así ha sido. Me he enamorado de la vida.
Pendiente de ella estoy, el alma temblorosa.
Mi amor es una flor y es una herida.
Es una imagen que jamás se olvida.
Es un recuerdo que jamás reposa.
Es origen y fin de toda cosa.
Sólo que tiene un nombre ya, la Vida.
