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Poesía de Fayad Jamís

Tropos, 04 de octubre de 2010

La poesía de Fayad Jamís se caracteriza por su estremecida sustancia humana y su desembarazo instrumental y asociativo. Procedente del neorromanticismo, rápidamente evolucionó hacia los lenguajes más depurados de las vanguardias, en las cuales la impronta surrealista le garantizaba una fuerte irradiación semántica, hasta fundirlo todo en una matriz coloquial que no desdeñaba ni la enérgica frase ciudadana ni la atmósfera simbólica de alta personalización. Debajo de todo, como un zócalo incandescente, en cualquier momento de su trayectoria, siempre latió el ojo vertiginoso de la angustia. Como nuestra época es una desbordante proyección de angustia colectiva y de convulsa esperanza, su poesía ha conocido una digna sobrevivencia, al menos en sus ápices de sensibilidad y expresión. En un instante de su evolución supo, más allá del despliegue del sentimiento íntimo, entrar en el torrente telúrico, del que se levantó con piezas que son una saga del viento de la infancia campesina sobre las superficies pobladas de misterio y de deseo de justicia de nuestras encrespadas provincias. Supo también explorar la complejidad humana, mirando en sí mismo con honradez y fuerza, y nos ha dejado piezas magistrales sobre el deterioro, la pérdida, la trashumancia, el fracaso y la sed de amor y armonía de los individuos. En sintonía con la erupción histórica, se convirtió en voz que se abre generosa hacia el color solidario. Su obra poética en conjunto es de una gran validez artística y de una compleja autenticidad psicológica.

ROBERTO MANZANO


FAYAD JAMÍS (Zacatecas, México, 27. 10. 1930-La Habana, 1988) Poeta, pintor, editor, ilustrador de libros. Algunos de sus libros de poesía son: Brújula, Imprenta Wilfredo Rodríguez, Guayos, 1949; Alumbran. Seco sábado, La Habana, 1954; Los párpados y el polvo, Orígenes, La Habana, 1954; Vagabundo del alba, Ediciones La Tertulia, La Habana, 1959; La pedrada, Ediciones La Tertulia, La Habana, 1962; Por esta libertad, Casa de las Américas, La Habana, 1962; Los puentes, Poesía: 1956-57, Ediciones R., La Habana, 1962; Cuerpos, antología, prólogo de Roberto Fernández Retamar, Ediciones UNIÓN, La Habana, 1966; Abrí la verja de hierro, UNEAC, La Habana, 1973.

CERCA DEL MANANTIAL

En la montaña donde el gallo giro
anuncia que el sol como un gran huevo
se va a romper sobre el cafetal,
tengo un amigo que todas las tardes
viene a recorrer conmigo las guardarrayas.
Ayer nos encontramos una mandarina mitad roja, mitad verde.
Hace tiempo descubrimos el esqueleto de un haitiano
entre la hojarasca y las frutas maduras que van a dar a la cañada.

La escuela está cerrada. María Luisa ya no viene
cada tarde con sus trenzas de carbón recién sacado del horno.
Mi guitarra no tiene más que tres cuerdas
y las tojosas arrullan sin cesar en las ramas del ateje.
Mañana domingo me iré a jugar a la pelota.
Mi mascotín de piel de majá huele a podrido.
A veces la pelota choca en un tronco de marabú
y luego va a dar en el río cerca del manantial.

Cuando corres sobre tu yegua roja con tu sombrerito de ala caída,
te gritan Manuel García desde la guagua.
Manuel García.
Y la jáquima de la yegua espumea como el río entre las piedras.
Manuel García.
Las naranjas de los Rojas ya están maduras. Hay que vigilarlos para ro-bárselas.
Cuando la yagua se desprende al mediodía,
su estrépito alegra a las gallinas y a las vacas.
Cuando la yagua se desprende en la noche,
su ruido es como el de la primera paletada de tierra sobre el ataúd.

Niña mía, potranca mía, hoja de guayabo bajo la lluvia,
espérame esta tarde cerca del portón, frente al camino.
Tu padre se fue a Palma Soriano con sus negras botas de cristal.
El zunzún y la brisa que sacude las yerbas están ebrios de miel.
Madre prepara los frijoles gandules.
Padre pone unos caguairanes en la cerca.
Mi hermano y yo vamos a bañarnos en el río
(el jabón amarillo en un bolsillo del pantalón).

El canto del grillo va a taladrar esta noche las paredes de la casa.
Tiembla la llama del candil. Su humo negro tizna las telarañas en el te-cho.
Dicen que por ahí andan cuatro bandidos,
armados de revólveres,
con pañuelos color mamey sobre la nariz.
Cada dueño de finca se ha conseguido un par de guardias en el cuartel
y los bodegueros clavan gruesos maderos detrás de las puertas.
El canto del grillo va a taladrar esta noche la cúpula del cielo
como el resplandor de una estrella madura,
como el balazo del bandido en la frente del avaro.

Ya ha comenzado el corte. Todo el día las mochas relampaguean bajo el sol de
          aceite.
Las ratas corretean bajo el cogollo caído.
Aunque trabajan de sol a sol y de muerte a muerte,
los hombres tienen coraje para cantar.
Este año hay tantos güines que llenaremos el cielo de cometas de todos los colores.
Jacobo tumba cañas en La Piedra.
Pero el asma no lo dejará acabar la zafra.
Sus zapatos enormes resuenan en la carretera cada atardecer.
Ellos son el reloj de nuestra miseria.
Jacobo no es un haitiano como los otros. Él dice que habla francés fino
y quiere bautizar a mi hermano más pequeño.
Su vida ha sido inútil
porque no ha hecho más que trabajar «para el inglés»
y ahora la muerte ceniza lo vigila.

Por eso tú, David, con tu tabaco siempre,
mientras atraviesas a pelo del caballo todo el potrero,
y tú, mi hermano, con tus zapatos pesados como dos melones,
y yo mismo,
nosotros seremos tres bandidos mañana,
cada uno sobre su caballito de carbón y de fuego;
no dejaremos tranquilo a un millonario,
y llegaremos seguramente hasta a matar,
y todo por amor a la primavera, a los hombres y el mundo.

El canto del grillo hace temblar tus cabellos donde la noche siempre agoniza.
Todos los muchachos de la comarca rasgamos la guitarra inútilmente.
Pero ayer por la tarde un vendedor ambulante tocó en ella canciones maravillosas.
Yo la rasgo por ti, por la tormenta dulce de tus ojos
llenos de tojosas muertas y de palmas quemadas.
Alguna noche yo llegaré a poner un cocuyo en tu cabeza.
Mientras tanto he de dormirme cuando los labios de mi madre soplen la llama del
        candil,
paloma mía, tojosa mía, negrura larga de la noche sobre mi almohada.

CUERPO DEL DELFÍN

En el palacio de la memoria, en el humo del cuerpo,
una palpitación extraña, un remoto aleteo:
la sombra roja de un delfín entra suavemente.
¿Qué importa la marca del arpón?
¿Qué importa si el nombre del barco es «Little Fish» o «Chaval»?
¿Qué importa el rostro encendido del arponero?
¿Qué importa un delfín muriéndose en la memoria?
Nada. Un delfín muerto no importa nada, lo mismo que una hormiga.
El delfín y la hormiga son realmente dos monstruos, pero no importan nada.
Sin embargo, yo veo ahora un muro y escucho una ciudad;
y ahora veo una ciudad y escucho un muro.
Y pienso que sí importa la muerte de un delfín, porque su aleteo es cada vez menos
         remoto en mi memoria.
Pero el delfín no acaba de morir y yo siento que me pierdo
y que mi pérdida es menos bella y menos perceptible que la muerte de una
        hormiga.

En el jadeo de las aguas, en la incesante eclosión de las verdosas aguas,
¿qué cuerpo es más durable que la espuma?
¿qué arrecife salta más arriba que la espuma?
¿qué templo es más inmóvil que el templo de la espuma?
La ciudad está aquí, el mar está aquí,
tú y yo estamos aquí, entre el mar y la ciudad,
miedosos del mar y la ciudad,
amando el mar y la ciudad
y olvidando el mar y la ciudad por temernos y amarnos y olvidarnos a nosotros
        mismos.
¿Me oyes? ¿me conoces? ¿estás viva?
Mi cuerpo vacío habla para un cuerpo vacío.
Yo soy un caracol, una piedra, un simple cuerpo vacío que habla sobre el muro
para otro cuerpo vacío que duerme sobre el muro.
Y las olas estrellándose, y la noche estrellándose,
¿qué son sino brillos deshabitados, hielo y sal sobre el muro?
Oh cuerpo de mi cuerpo, qué lejos, imposible, la roca henchida de la es-puma,
el opulento, inmortal, blanco muro.

Un ave transparente, gimiendo, allá arriba construye un nuevo mar,
entre la vieja ciudad y el viejo mar,
encima de nuestros cuerpos y del muro.
En el pequeño mar, ¿no habrá hundimientos?
¿no habrá delfines?
Hay el hermoso templo de la espuma, que dorándose
transfigura tu rostro, oh cuerpo de mi cuerpo.
¿Qué cosa hay más hermosa que una niña de vidrio,
inmóvil, distraída, callada bajo un velo de oro,
bajo el ave transparente de la eternidad?
En el pequeño mar un áureo delfín juega,
su música mueve tus cabellos
(yo no recuerdo nada, no espero nada:
sueño de siglo en siglo mientras tu sombra brilla y reposa sobre el mu-ro).
En tu inmovilidad, eres más áurea y giras con más gracia que el delfín allá, en lo
         alto.

Despierta, entre los dos ha venido a posarse el ave transparente.
¿Qué busca?
Nosotros somos simplemente dos cuerpos vacíos que sueñan sobre el muro.
¿Habrá venido para construir otro mar entre tu sueño y mi sueño?
Mira: desaparece; su cristal se quiebra mientras tú parpadeas.
¿Adónde el ave de cristal, adónde el ave de eternidad?
Escucha, niña mía, cuerpo mío: nos llaman;
de la ciudad nos llaman, de las aguas nos llaman:
nuestros nombres, ¿serán destruidos?
nuestros cuerpos, ¿serán destruidos?
Como el ave me miras, como la eternidad al lado mío fulguras.
Oh, mi niña, mi cuerpo, mi ave transparente,
¿quién enciende nuestros nombres en la ciudad y en las aguas?
Yo siento que me gasto, que mi sombra se quiebra, que olvido.

Ruidos que no hace el viento, rostro que ni el mar ni la memoria crean.
Todo queda muy cerca;
los barcos no se borran, las torres de la ciudad se reducen.
La sal hincha este muro, el tiempo cae sobre este muro
como una llovizna, como un polvo soplado por destrucciones.

Y la noche y las aguas estrellándose,
y mis sueños estrellándose.
Oh memoria, ¿por qué le abres al monstruo tu palacio?
Yo no sé lanzar el arpón, ni tengo arpón,
ni quiero que el velo rojizo de la muerte cubra ningún cuerpo.
¿Y huir? ¿huir? ¿huir?
Oh, en el tiempo no se huye, no queda ninguna chispa lejos de este humo.
Nadie está más allá ni más acá del centro.
El mismo temblor que platea las aguas llena mi memoria
y funde mi cuerpo con el viento y con el muro.
Si el moribundo delfín conquistara su muerte,
si el ardiente delfín escamara de pronto,
¿por cuántos años olvidaría sus ojos más grandes y mis ojos?
Pero la muerte duerme y el herido delfín y yo nos contemplamos resig-nadamente.

Oh cuerpo mío, niña mía, oh ave,
¿qué soy sino tu sombra mecida y coloreada por la sangre?
Para tu luz inmóvil, ¿qué es ayer, qué mañana?
¿Miras? Ni la nube ni el barco se deslizan,
ni la nube ni el barco sumergen sus cenicientos vientres.
Ave mía, ¿me miras?
Yo soy un árbol rojo sobre el muro.
Allí la fría ciudad, allí las frías aguas; y entre la fría ciudad y las frías aguas,
entre los días y los días,
tu dorado cristal, tu sueño inmóvil, tu silencio.
Y mi cuerpo de árbol, mi crujido de árbol, mi paciencia de árbol,
frente a tu hielo.
Pero tú no me oyes, y yo quiero dormir:
quiero soñar que un furioso delfín rompe de pronto tu sueño, eternidad.

VAGABUNDO DEL ALBA

La mañana pálida de París crece sobre mis hombros
después de la noche larga mi amor esta brisa
Las hojas color de miel del otoño deslizándose por las calles
en las aceras las hojas del otoño sobre la cabeza de los mendigos
Aún ellos duermen una mujer se ha levantado ha recogido una boina
que había a los pies de un durmiente y le ha cubierto el rostro
La ternura de esa mujer debajo de sus harapos negros
como la flor pálida del día como la paloma
que revolotea sobre el Sena de humo de cristal de plata

Así es aquí el amanecer yo te lo digo ahora que es otoño
así es el alba la ciudad está muerta sus huesos pueden ser palpados
y nadie dirá nada los policías duermen sus orejas de corcho
las leyes duermen la miseria dormita yo camino camino
primer hombre de este nuevo día como si la ciudad fuera mi mujer
y yo la contemplara dormida desnuda el cielo naciendo de su espalda

Así es París yo te lo digo a veces sueño que recorro un mundo muerto
después de la última bomba muerta hasta la esperanza
Yo no comprendo mucho pero me siento un poco Robinson Crusoe
Robinson de esta temible hermosa grande ciudad que se llama París
Los gatos salen de todas partes buenos días los latones de basura están llenos
juguetes rotos frutas podridas trajes papeles desgarrados
papeles donde el olvido ha dejado su oscura cicatriz
El mundo la civilización todo eso ha muerto los gatos y yo sobrevivimos
Frente a uno de estos puentes escogeré mi casa
tal vez aquella de la cortina roja en la ventana
o la otra que avanza como si quisiera saludarme buenos días

Pero no no es verdad detrás de todos esos muros grises hay hombres
que respiran roncan y sueñan
hombres que quizás recuerdan un grito perdido en el valle turquesa de los siglos
hombres que acaso están pensando en los nuevos modelos de automó-viles
en su trabajo en el amor tal vez en la muerte
Aquella mancha negra que arrastra la corriente es un cartón
creía que era una tortuga creía que era un abogado
y no es más que un cartón a su alrededor flotan tres hojas
como tres corazones de miel tres cifras del otoño
Los árboles salen del río como el humo de los cigarros
Otra paloma revolotea su sombra blanca sobre el agua gris
Los urinarios tienen la belleza astuta de ciertas iglesias de Castilla
voy entrando en ellos para hacer algo mientras pienso
mientras camino mi amor es decir nadie el mundo esas hojas
Los semáforos le dan paso a los gatos a la brisa
en la frente del día pálido estas luces de ámbar

Anoche hablaban de la guerra siempre la guerra
cadáveres espuma de eternidad cadáveres
pero no todos saben cómo es dulce la libertad por ejemplo a estas horas
en que el carro blanco del lechero viene detrás de sus bestias blancas
Una muchacha de Israel me hablaba de la juventud de su país
ella no tiene religión ella ama a París ella ama al mundo
mañana todos tendremos el mismo rostro de bronce y hablaremos la misma lengua mañana aunque usted no lo quiera señor general señor comerciante
señor de espejuelos de alambre y ceniza
pronto la nueva vida el hombre nuevo levantarán sus ciudades
encima de vuestros huesos y los míos encima del polvo de Notre-Dame
En la primera panadería que se abra compraré un gran pan
como hacía en mi país sólo que ahora no me acompañan mis amigos
y que ya no tengo veinte años
Entonces hubiera visto todas esas sombras de otro color
hubiera silbado hubiera arrastrado el recuerdo de una muchacha trigue-ña
En fin todas esas cosas se van quedando atrás
ahora es más importante trabajar para vivir
Algunos pájaros empiezan a cantar las hojas secas caen
Me voy alejando del río de las lanchas de los puentes blancos
parece que estos edificios fueran a caer sobre mi cabeza
se van volviendo gibosos al paso de los siglos
la rue de Chat-qui-Pêche me hace imaginar historias terribles
Pero es mejor continuar es el alba es el alba
las manos en los bolsillos proseguir proseguir
Dos carniceros dan hachazos sobre la mitad de una res
eso no es nada divertido y sin embargo me gusta mirar
mi alma es aún un poco carnicera estamos en 1956
Mañana quizás no será así quizás no habrá carniceros ni verdugos
mi corazón un poco verdugo y un poco ahorcado
tu corazón tu corazón serán polvo agua viento
para los nuevos girasoles
cada semilla como una abeja dormida

El día pálido era blanco ahora amarillea
algunas chimeneas parece que fueron a encenderse
Pasa un soldado con una maleta enorme
rumbo a la Gare de Lyon rumbo a Egipto la muerte
Pasa una mujer en bicicleta ella va a su trabajo
cuando el sol está a la altura de las rodillas como el trigo
todos los días ella va a su trabajo toda la vida
Pasa un camión cargado de vino de estrépito de alba
Ya estoy en el boulevard Saint-Germain miro las vitrinas de las librerías
Algún día compraré un buen diccionario las obras completas de Rimbaud
muchos libros mejor es no hablar de eso
Por todas partes hay mendigos durmiendo aquél parece un niño
entre su cabeza y el cemento de la acera no hay más que una lámina helada
Tengo ganas de tomarme café con leche tengo hambre y sed
el alba amarilla tienen un mal sabor en mi boca
París comienza a despertar ya no soy un Robinson
más bien un extranjero más bien un fantasma
más bien un hombre que no ha dormido
vagabundo de la ciudad el otoño y el alba
mientras mi amor ha de estar mirando las cumbres del Perú
o el cielo esmaltado de China
Yo no lo sé mis pies se cansan eso es todo eso es todo
Después de haber amado vivir el nuevo día
es hermoso
En la ciudad y el corazón arde la misma llama.

 
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