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Lejanías difusas

Ricardo Riverón Rojas, 16 de octubre de 2010

- I -

A los escritores cubanos residentes en provincias el mundo les queda demasiado lejos. Poco importa que —al menos en la ciudad de provincia donde vivo— sea posible llegar a cualquier sitio a pie, en quitrín, o en bicicleta. Todas las distancias son, para quienes realizan sus respectivas obras extramuros, mayores. E ilustro con un ejemplo: si dos compatriotas residen en distintos puntos de la Isla: uno en la Plaza de Armas, de La Habana, y el otro en el parque Serafín Sánchez, de Sancti Spíritus (caso hipotético), el situado en La Habana estará siempre más cerca de Sancti Spíritus que lo que el de Sancti Spíritus estará nunca de La Habana. Y si le concediéramos al de Sancti Spíritus un handicap de cien kilómetros, el de La Habana seguiría estando en todo momento —puesto que hablamos de distancias subjetivas— más cerca de cualquier coordenada que el otro.

Desde La Habana las provincias se tocan con solo extender la mano. Desde provincias hay que vencer, en el medio de transporte o promocional que aparezca, miles de prejuicios e innumerables suspicacias para acceder a ese complejo entramado de legitimaciones y devaluaciones «festivamente» polémicas y pujantes que caracterizan a la vida literaria cubana.

En el fondo se trata de un fenómeno afincado en una hegemonía políticamente involuntaria en el caso de nuestro país, pero a la larga implacable. Estamos —no olvidarlo— ante una tendencia mundial que se manifiesta con mayor énfasis en las sociedades tercermundistas. Y si antes calificaba de «políticamente involuntaria» esa hegemonía, es porque no se sustenta en la esencia del proyecto social que para toda la nación caracteriza a nuestra plataforma política, dado que se establece más que todo en lo fáctico brumoso y en las bondades adyacentes a la cantidad exponencialmente mayor de espacios de legitimación por centímetro cuadrado de superficie que interactúan en el entramado social capitalino. Por paradójico que nos parezca, el socialismo también genera sus cotos excluyentes.

La cultura que se produce en los márgenes regionales se irriga semántica y conceptualmente con cotas discriminatorias similares a las que perturbaron durante toda la modernidad a la cultura popular, hasta que la sensibilidad postmoderna la asumió, reciclándola y extrayéndola con las armas de un usufructo en ocasiones pedestre, o «plebeyo», de la dimensión minúscula que se le había asignado. Por relecturas similares espera aún la cultura regional, pero las devaluaciones culposas que enfrenta, pese a disposiciones ejecutivas que al parecer la protegen, operan en el entramado sutil de unos imaginarios que aún la confinan a la condición de comando auxiliar, acaso capaz de reproducir con mediana eficacia —y siempre en escala menor— lo gestado en los principales centros irradiadores de programas. Por tal razón, lo puntualizado por Álvaro Cuadra, al referirse a la cultura popular, aporta sentido también para los procesos regionales:

…resulta evidente que la noción de cultura popular merece ser revisada a la luz de los nuevos contextos histórico-sociales que han transformado la fisonomía cultural en las urbes de nuestro continente. Como se ha dicho, el nuevo tipo de diseño socio-cultural que emerge posee dos grandes dimensiones, a saber: la comunicación y el consumo1.

Luego, al razonar sobre el sermo vulgaris plebeius dentro del proceso de «plebeyización» de la cultura popular, y de aportar una esmerada caracterización de sus ángulos más visibles, precisa Cuadra:

El sermo vulgaris plebeius es un constructo mediático, una operación televisual que reconfigura el imaginario de los públicos o audiencias, ofreciendo nuevas claves identitarias que afirman el individualismo y son capaces de abolir nociones clásicas de la modernidad tales como clase social y ciudadanía2.

Uno de los más perturbadores sinsentidos de nuestra dinámica comunicativa consiste en lo que los mensajes diseñan y reflejan como proyecto interpretativo y como crónica de la cotidianeidad —confundiendo muchas veces periodismo y propaganda, o periodismo y burocracia— con lo cual se deriva, en la mayor parte de los casos, a una caricatura de lo que realmente se vive en la calle. Hablo de una disfunción operativa que en magnitud relativamente parecida podría atribuírsele también a lo legal: la vida y las conductas, en su terca horizontalidad, se deslizan al margen de los documentos que las ordenan, programan e interpretan. Tal desaguisado, por su persistencia y consistencia, traviste de utopía la plataforma ideológica sobre la cual aspire a sustentarse cualquier organización social, de ahí que el consenso cínico en torno a sus enunciados sea una de las más frecuentes respuestas populares al galimatías.

Pero hoy, más que sobre lo ideológico, en algunos momentos apoyaré mi análisis en disquisiciones que toman en cuenta lo demográfico, pues entre otros azares instaura diferencias que, mal asumidas, a la larga devienen pauta legitimadora cuya onerosa asunción dentro de la «normalidad» se carga como mal incurable. La instancia legisladora queda políticamente tranquila al promulgar disposiciones igualitarias, mientras la instancia ejecutiva, al llevarlas a la práctica, omite con demasiada frecuencia especificidades regionales que, de ser analizadas cuidadosamente, propondrían diferencias, excepciones, rumbos originales capaces de corregir el ángulo visual, obligadamente emparejador, de las leyes y resoluciones. Mientras no organicemos nuestra mecánica social al amparo de estos últimos principios, aunque dispongamos de legislaciones, inversiones, y logística centralizada y justamente distribuida, nuestras regiones seguirán condenadas a un discurso subalterno en magnitud creciente que, en el tránsito hacia los grandes espacios, desdibujan notablemente su atractivo como bien cultural de consumo para toda la sociedad.

- II -

«La comunicación y el consumo», la «reconfiguración del imaginario de los públicos o audiencias» son fenómenos que en la realidad sociocultural cubana aún están lejos de beneficiar, de manera proporcional al merecimiento, a los procesos regionales, aun cuando algunos de ellos muestren una coherente estructuración conceptual y un corpus artístico sólido.
 
Un devenir cuyo flujo se articula desde la inercia social heredada de la colonia y la neocolonia, donde las periferias quedan reducidas, de manera casi radical, a la autofagia y al rol de tributarias de volumen conectivo al imaginario capitalino, constituye una de esas desigualdades no barridas por los justos consensos legislativos y operativos que nos amparan. Es evidente que en la actualidad, como ocurre con otros reductos de discriminación en torno a los cuales hemos ampliado nuestra consciencia recientemente (racial, de preferencias sexuales, religiosas, o de género) ciertas desventajas se acomodan como designio fatal, sutilmente enmascaradas por inversiones reales en la infraestructura de esas periferias. Solo que todas las inversiones y acciones promotoras ejecutadas en sus radios resultan de rendimiento promocional generalmente menor que las de aquellas que se ejecutan en los ámbitos capitalinos, pues como provinciales se piensan y al amparo de esa lógica los gentilicios devienen sambenitos que encierran a las personas  —y lo que es peor: a los procesos— en cuartones.

Es un fenómeno que en lo comunicativo se manifiesta, por ejemplo, casi siempre que las noticias se refieren a un residente en provincias, donde los «constructores» de la imagen (incluye a medios de todo tipo: masivos y especializados) sienten como obligación dar fe del lugar de residencia, contrario a lo que ocurre cuando se habla de un residente en la capital, aunque haya nacido en la Punta de Maisí. No hay que ir muy lejos para verificarlo: tras la reciente entrega del Premio Iberoamericano de cuentos Julio Cortazar, el sitio Cubarte reseñó el hecho de la siguiente forma: «El escritor avileño Félix Sánchez resultó ser el ganador del Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar…»3.

Igual sucedió en 2009, cuando el ganador fue «el escritor holguinero Emerio Medina» (los subrayados son míos). Contrapuesto a ello, cuando los escritores nacidos en Villa Clara, Rogelio Riverón y Jorge Ángel Pérez ganaron ese mismo premio, en 2007 y 2006 respectivamente, todos los medios los presentaron como «escritores cubanos». Pareciera que uno es cubano solo cuando pasa a residir en La Habana. Y de ello se desprendería una pregunta para los redactores de esas informaciones: ¿en los premios internacionales se concursa representando al país o a la provincia?

Según mi modo de concebir una estrategia comunicativa no discriminante, el origen o punto de residencia de un autor galardonado con un premio de tanto impacto debe aflorar en entrevistas, o consideraciones de fondo, nunca privilegiado en los lead o titulares, pues de esa forma se destierra al autor, del país a la provincia, con lo cual su imagen enfrenta el deterioro semántico que arrastra la condición de «provinciano».

Otro caso similar de enfoque comunicativo errado, dentro del marco de la vida literaria, es el que ha acompañado a la expansión editorial ejecutada a partir del año 2000. Pese al obvio beneficio de lo legal y lo material que la nutrió, el principal obstáculo para que lo regional cobrara presencia efectiva en el discurso nacional a partir de esas acciones en apariencia descentralizadoras, se localiza precisamente en que a su imagen mediática le faltan toques de especificidad capaces de marcar perfiles reducidos y ángulos de proyección para el destaque de las individualidades, a la par que les sobran lead y titulares aglutinadores como: «los libros de la Riso», «las editoriales de las provincias», «las ediciones territoriales». Se trata de un vicio compositivo no doloso, de fuerte arraigo en los medios, que reflejan el fenómeno al bulto, como si hablaran de una gran «marcha del pueblo combatiente», quizás psicológicamente halados los reporteros y analistas porque se trata de proyectos vigorosamente propulsados por el gobierno tras esa fiesta del demos que conocimos como «masificación de la cultura».

No obstante, lo peor sería que los medios pasaran de esa imagen de muchedumbre a la más infiel, por reductora, de «los libros camagüeyanos», o «los libros pinareños»… y así sucesivamente, porque lo que se debe hacer en buena ley es darle el crédito específico que cada editorial, por su nombre, gana con su gestión, para que todos sean —antes que de fracción alguna— libros cubanos.

Fijémonos en que las editoriales nacionales —todas con sede en La Habana, menos la Oriente— proyectan una imagen con significado nacional de los autores, mientras las casas con sede en provincias, por tirada, factura, circulación y filosofía, solo consolidan figuras locales, aunque esa «localidad» abarque a toda una provincia. Un autor que solo haya publicado en editoriales de estas —poco importa cuantos libros o con qué calidad— frecuentemente no califica, a los ojos de las comisiones de crecimiento, para ingresar a la Uneac. Y el detalle resulta elocuente.
 
En razonamientos anteriores a este texto he demostrado cómo las magras tiradas del oficialmente llamado «Programa de Ediciones Territoriales», privilegiando la cantidad de títulos a las tiradas (para incentivar la revelación de inéditos y el crecimiento temático) generan la falacia de un autor editado cuyos libros no llegan, en cantidades significativas, a los ojos de casi ningún lector fuera de su entorno provincial. Una nueva política de reediciones para estos libros y estos autores, con la colección La Puerta de Papel, podría paliar significativamente esa carencia en tanto establece la necesaria reiteración, tanto del nombre como de la obra, con el beneficio adicional de una tirada mayor. Voto porque sea una iniciativa que se consolide y crezca.

De la exclusión social como fenómeno del capitalismo, nuestro socialismo ha derivado con justicia hacia la inclusión plena, solo que en el caso de los procesos culturales —con particular sensibilidad en lo literario— esta no debe ejecutarse con apego a esa injusta medida estadística de tendencia central llamada media. Lo correcto sería que, tanto las asignaciones como el reflejo mediático de lo concretado, se orienten por tradiciones, resultados y estadios de desarrollo, porque de esa forma se establecería una sana competencia capaz de compulsar a los rezagados para alcanzar los niveles de la vanguardia. Al amparo de dicha lógica los crecimientos temáticos, y de firmas del catálogo, más que sobre la base del crecimiento en el número de títulos, se sustentarán en el estímulo a la creación de buenos originales, pues de concretarse, disfrutarían de una mayor cantidad de ejemplares y mejores posibilidades para «reconfigurar el imaginario de los públicos o audiencias».

- III -

Transfiriendo una vez más a nuestro universo literario y regional la «mutación antropológica» y la «metamorfosis cognitiva» avisadas por Álvaro Cuadra en el trabajo citado, las posibilidades de acceso de los escritores cubanos de provincia a «la comunicación y el consumo» con el fin de ingresar en el «constructo mediático» que moldea al receptor, carecen de la lectura semiótica que los activaría en la dinámica social de todo el país, por las desventajas del radio de alcance de las emisiones de que pueden servirse, obviamente circunscritas a un ámbito menor.

Partiendo de datos obtenidos en el Anuario Estadístico de Cuba, edición de 20094, podemos proponer observaciones sumamente elocuentes referidas a la distribución territorial de los mensajes emitidos por los principales medios de comunicación audiovisuales. Esos índices definen una plataforma mediática donde es posible apreciar que el 100 % de las horas de transmisión dirigidas a los receptores de todo el país (54 588 de radio y 33 875 de TV), se estructuran en el ámbito capitalino, donde reside el 19,1 % de la población (2 141 993 habitantes), mientras el resto de la población (9 100 645 habitantes) emiten, divididas y compartimentadas entre quince, 424 917 horas de radio y 34 486 de TV, equivalentes al 80,6 % del total y al 0 % de las de alcance nacional, salvo los reportes, casi siempre noticiosos, desde provincias a espacios informativos. La tele-audiencia de las emisiones originadas en territorios no capitalinos se restringe a los límites provinciales o municipales ligeramente expandidos hacia regiones limítrofes con ellos. De la misma manera, el 100 % de las horas de transmisión de los canales que emiten la imagen de Cuba hacia el ámbito internacional (13 528 radio y 8 760 TV) lo hacen desde la principal ciudad del país, hecho del cual se derivan indudables ventajas relacionadas con la cercanía geográfica de los sujetos o procesos involucrados.
 
Está claro que la efectividad mediática de las emisiones regionales resulta sumamente limitada en aportes al constructo mediático que redefiniría y proyectaría hacia el universo de lectores de todo el país una imagen de alcance significativo. De tal suerte, no resulta extraño, ni escandaloso, ni motivo de denuncia el que una figura de provincia con abultado currículo, legitimado desde premios nacionales e internacionales de primera línea, con consenso de la crítica y decenas de libros publicados en las editoriales de mayor impacto (pienso, a manera de ejemplo, en el camagüeyano Luis Ávarez Álvarez, o en el difunto Guillermo Vidal Ortiz, por citar solo dos) dispongan de una imagen mediática de mucho menor rendimiento que la que ostentan figuras con obras de valor, pero sin sus resultados. Los territorios del interior operan como receptores de imágenes, con limitadísimo poder de emisión.

Ruego al posible lector me disculpe la profusión de datos, pero ningún lenguaje como el de los números para denominar cuantías que en buena medida derivan hacia estadios cualitativos. Tomemos como ejemplo piloto el de la provincia de Santiago de Cuba, por ser la de mayor beneficio receptor fuera de La Habana, y al sumar tendremos que sus habitantes podrían recibir unas 50 881 horas de transmisión  propias (2 300 de TV más 48581 de radio) y 88 643 de las emitidas en la capital (54 588 radio más 33 875 de TV). De lo anterior extraemos que el 36,5 % de los mensajes comunicativos que reciben los santiagueros aportan contornos al imaginario local, con escasa posibilidad de insertarse en el discurso nacional, mientras el 63,5 %  de esas 139 344 horas de mensaje se estructuran como tal en los centros capitalinos y configuran, ratifican, e imponen (en el caso analizado a Santiago de Cuba, pero en general a todo el país) un imaginario que se corresponde, mayoritariamente, con procesos estructurados desde códigos de receptividad y con sujetos «foráneos», lo que en alguna medida los torna enajenantes. Dicha conclusión cobra fuerza cuando sabemos que la concurrencia a esos puntos de emisión, para los profesionales de las letras residentes en las periferias provinciales se concreta, pese a cualquier voluntad política favorable (que existe), de manera aún escasa, fragmentada y con logística dificultosa.
 
Insisto en que el problema va más allá de la voluntad política de las instituciones, pues estas, con la frecuencia que pueden, distribuyen cuotas de emisión para las provincias; tal es el caso del programa «Entre libros», que coordina el Instituto Cubano del Libro para el canal Tele-Rebelde; o de espacios de comunicación oral como «Confluencias», «El autor y su obra» y «Sábado del libro». La imagen, sin la reiteración, no se establece como imaginario, y las cuotas de reiteración, aun cuando no dispongo de estadísticas al respecto, son abrumadoramente escasas para las figuras que, residiendo en provincias, lo merecen.

¿Resulta de extrañar, entonces, que La Habana quede más lejos de Sancti Spíritus que Sancti Spíritus de La Habana? Le propongo a quien lo dude que recorra esas distancias, en ambas direcciones y desde una condición —más cualitativa que demográfica— que le atribuyan derivada del lugar de residencia.

Santa Clara, 5 de septiembre de 2010

Notas:

1Álvaro Cuadra: «La plebeyizacion de la cultura popular. La industria cultural y los nuevos imaginarios en las sociedades de consumo latinoamericanas» en http://acilbuper.webcindario.com/PTVBOOK.zip

2Ibidem

3Boletín, Cubarte; Año 9; Número 115; 01 de Septiembre del 2010.

4 www.one.cu/aec2009.htm

 

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