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Céspedes, hombre de letras

Rafael Acosta de Arriba, 10 de octubre de 2010

Hace poco más de cincuenta años el poeta y crítico Alberto Baeza Flores titulaba de forma homónima un breve artículo en la revista Carteles. Fue el primer y casi solitario intento de analizar al bayamés desde la faceta de escritor. Siempre me ha llamado la atención el hecho de que no hubiesen existido otras tentativas de profundizar en la obra poética y la prosa de Carlos Manuel de Céspedes, en particular Bayamo, ciudad que cuida sus tradiciones con particular esmero. Lo cierto es, revisada una y otra vez la bibliografía pasiva de Céspedes, que salvo contados párrafos que le dedican Cintio Vitier y Fina García Marruz en el libro Flor oculta de la poesía cubana, no ha existido más que uno u otro comentario esporádico sobre el tema.

Mi propósito será mitigar ese vacío en la exégesis de la obra escrita cespediana. Otros, con toda seguridad, la enriquecerán en su momento.

Primero, precisemos algunas cuestiones que considero esenciales: de qué y de quién es deudor Céspedes como hombre pensante, cuál es el contexto, cuáles las ideas que se debaten en su minuto histórico, lo considero esencial. Céspedes como intelectual es fruto, entre otros afluentes, del romanticismo poético cubano. Ya sabemos que el romanticismo fue el gran movimiento moderno de rebeldía espiritual de su tiempo. Según Octavio Paz, fue una explosión de personalidades y de minorías aisladas en contra de la corriente general de ideas de la época y a la que Occidente le debía casi todas las ideas y experiencias que cambiaron las letras, las artes, la moral y aun la política de la Edad Moderna, “de la libertad del amor a la visión de la poesía como un saber espiritual”.

Cintio Vitier nos ha facilitado la asimilación de la corriente romántica más general al quehacer de nuestros intelectuales en el siglo XIX. Con toda justicia escribió a propósito de Zenea:

“Aunque en el campo de la crítica resultó con frecuencia frenado o ironizado, y a pesar de sus inevitables fuentes e influencias europeas, el romanticismo poético cubano, desde Heredia y la Avellaneda, hasta Zenea y Luisa Pérez Zambrana, fue sin duda un vigoroso movimiento de independencia espiritual, con manifestaciones políticas mayores o menores, según los casos, aunque en el fondo siempre la implicación política profunda, y caracterizado por dos rasgos específicos: la autoctonía y el valor”. Estos dos rasgos son evidentes en las creaciones literarias de Céspedes. Autoctonía del campo cubano, del terruño, de lo local como la patria. No perdamos de vista que para aquellos varones de finales de los sesenta del siglo XIX, su ciudad era equivalente a su patria; y valor, pues todo lo que se escribía y publicaba en aquellos años de férrea censura colonia implicaba, de oficio, la ojeriza policial española y sus consiguientes represalias.

Pero hablar del romanticismo como corriente general de la literatura y como movimiento del espíritu y apreciarla en su anclaje en la cultura local no es suficiente para introducir el tema. Habría que acudir al análisis de las influyentes tendencias políticas de los liberalismos en boga (recordar siempre que hubo liberalismos conservadores, monárquicos, republicanos, y otros) para acercarnos mejor al entorno de las ideas en que se mueve el romanticismo que influye a Céspedes y a otros tantos hombres ilustrados de su época.

La herencia cultural europea, la Ilustración, llegó a nuestros países coloniales tamizada por diversos filtros: el despotismo ilustrado, los liberalismos variopintos ―entre ellos el liberalismo más radical― y luego, finalmente, en la idea de la independencia. Aquí se escondió una paradoja sin solución: es la misma colonia la que sirve de vector de las ideas independentistas. El movimiento ilustrado del continente se planteó la reforma del Estado Colonial y son los mismos criollos enriquecidos en el aparato económico-político de la colonia los que se plantean las dudas y los problemas a los que se empeñaron en dar solución. Es en este punto donde comienza a surgir el pensamiento autóctono de estas tierras. El siglo XVIII, que es el siglo del despegue del pensamiento crítico en el mundo occidental no tuvo en el mundo hispánico el brillo que sí tuvieron el XVI y el XVII. El espíritu crítico fue una conquista de la edad moderna, pero en el mundo hispano las ideas liberales que tuvieron mayor arraigo no son las que vinieron de la Metrópoli sino las provenientes de corrientes del liberalismo francés e inglés. En este oleaje de las ideas es muy importante lo ya señalado sobre la influencia del romanticismo.

En el poema “El filibustero”, de Zenea, está enunciado el tríptico filosófico de la Revolución Francesa de 1789: libertad, igualdad, fraternidad, ideas que ayudaron a prender la llama de 1868. Pero antes hubo necesidad de eso que nosotros llamamos ¨aplatanamiento¨ o en términos más académicos: transculturación, mestizaje, confluencia de esas ideas. Visto a escala macro toda esta etapa previa a la guerra de independencia es de preparación intelectual y de consolidación de la identidad cubana. Es el momento, en nuestro país quiero decir, en que la crítica encarna en la historia, es el instante en que las utopías del XVIII se convierten en gran fermento de los movimientos revolucionarios independentistas. El romanticismo, hijo de la edad de la crítica, expresó el sentimiento del cambio, o mejor, fue el gran cambio, no sólo en el dominio de las letras y las artes, sino también en el de la imaginación política, y su sensibilidad. Fue una moral, una manera de vivir y también, ahí están sus inflamados y hasta patéticos ejemplos, de morir. El romanticismo hizo la crítica de la razón crítica.

Prosigo con Cintio Vitier y su aplicación al entorno local de este examen:

Nuestro romanticismo, culminante en Zenea, coincidente a través de dos generaciones con la toma de conciencia de la patria esclavizada y del pecado original que sustentaba y deformaba a la sociedad cubana encarnó y expresó esa situación histórica, política y social en todos los planos.

Es decir, estamos hablando de un romanticismo de esencias que se transmutó en el plano intelectual en un poderoso movimiento libertario y que, como dijo Fina García Marruz ¨comenzó por la palabra y acabó en la Historia¨. Así, en un plano de hibridaciones y yuxtaposiciones, desde una perspectiva de las ideas y del espíritu, los postulados románticos coincidieron con los del liberalismo radical de los independentistas cubanos.
En el trasfondo está el criollismo, la sociedad criolla de fuerte presencia en todos los hábitos sociales y en la vida cultural de la Isla.
Escuchemos ahora la poesía cespediana en una estrofa íntimamente vinculada a la identidad con la tierra y lo local. Estamos asistiendo a ese interesantísimo concepto del “precioso interior de nuestra cultura” elaborado por Cintio. El espíritu de Céspedes parece reconciliarse consigo mismo cuando escribe:

Halléla (la armonía) en los ganados que bramando
se acercan al aprisco perezosos;
halléla en los guajiros cabalgando
Sobre potros indómitos fogosos
Y en mi lecho de paz adormecido
Me halagó de sus trovas el sonido.

Para Olga Portuondo “aquí hay algo más que un bucólico romántico”: Sin dudas, estamos ante un hombre consciente de su pertenencia a una nación lo cual queda también evidenciado en estos versos que siguen:

Nuestros son esas artes y cultura
Nuestras son las nacientes alamedas
Y nuestros son los bailes cadenciosos.

“Nuestros”, sentido de posesión propio de toda identidad. Las artes, la cultura, las nacientes alamedas y el baile, algo definidor de lo cubano por excelencia: “Nuestros todos”, dice el poeta. Con otras palabras, la poesía sirve para expresar una realidad de aquellos románticos independentistas: el pensamiento se llenaba de cubanía, y ésta para llegar a ser una manifestación de plenitud necesitaba de la independencia, de la soberanía, necesitaba rebasar lo criollo.

La evolución de la ideas en Cuba hasta desembocar en el instante en que Céspedes escribe estos versos nacionalistas ha sido señalada por el Dr. Eduardo Torres Cuevas de la forma siguiente:

Las bases históricas fueron colocadas por los primeros historiadores a mediados del siglo XVII, entre otros, por Agustín Morell de Sta Cruz, Félix de Arrate, José Ignacio Urrutia y Montoya y Nicolás Joseph de Ribera. Las bases teóricas, fueron situadas a inicios del XIX por los primeros filósofos: José Agustín Caballero, Féliz Varela y José de la Luz y Caballero. Y las bases sociales por nuestros primeros críticos de la sociedad colonial de los cuales descolló por sobre todos otro bayamés ilustre, José Antonio Saco.

En ese proceso ―nos dice Torres Cuevas― se elabora el concepto de patria que implicó la comprensión de la existencia de una comunidad con territorio, tradiciones, experiencias y destino comunes (la patria chica que señalé antes) y que se traduce en la conversión de lo criollo en una sustancia más compleja y estructurada: la conciencia de lo cubano.

Este tránsito, no es ocioso decirlo, se realizó desde la literatura, ya sea en la poesía, la crítica social o las vertientes historiográficas, es decir, desde el pensamiento intelectual. Y yo me inclinaría por afirmar que, por encima de cualquier otra manifestación de las letras, desde la poesía.
Cualquier acercamiento objetivo al pensamiento cespediano debe hacerse desde sus primeras expresiones literarias. Es imposible llegar directamente al independentista maduro de 1868, sin pasar primero por la evolución de sus ideas, las cuales tienen en sus escritos de juventud la manifestación primigenia. Pudiéramos decir que son la fuente sustancial para cualquier pesquizaje. Si se pretende un conocimiento hondo de sus razones y argumentos hay que ir a sus poemas primero, luego a los diarios de campaña y a su papelería presidencial. Pero sigamos nuestra inmersión en la obra escrita cespediana que ha llegado a nuestros días. Este poema que citaré a continuación nos entrega la delicadeza y la sensibilidad de aquel hombre que fue reconocido siempre como un verdadero carácter, nada remiso a la violencia si era preciso, pleitista en cuestiones legales y duelista consumado en lances de honor. Veamos estos versos a una mariposa:

Mas con arte se burla
Del niño que la acosa,
Ya de él parece que huye,
Ya vuelve y le provoca,
Y de sus blancas alas
El rostro ya le roza;
Ya de vista la pierde,
Que al cielo se remonta,
Ya la cree en su mano
Y el aire sólo toca...

Cintio Vitier se regodea con la lectura de este poema. Escribe, repitiendo ese verso, “y el aire sólo toca, como si tocáramos esa nada, esa fuga, esa cosilla desasida de todo, inapresable, que va a reaparecer sutilizada hasta el infinito y recortada hasta la miniatura, en la poesía del principeño Mariano Brull...”

Esta sensibilidad se cultivó desde su infancia y adolescencia. El biógrafo inédito de Céspedes y probablemente el más acucioso historiador que ha tenido Bayamo, José Maceo Verdecia, escribió el siguiente párrafo que cito in extenso por cuanto contribuye a conformar la imagen que pretendo trasladar del hombre de letras que fue Céspedes. Se refiere al adolescente Carlos Manuel con más o menos 14 años de edad y señala:

La gramática no tenía secretos que ofrecerle y leía y escribía el latín como ningún otro discípulo. En las traducciones que como ejercicio se llevaban a cabo en las clases, de Horacio y Virgilio, nadie le aventajaba, porque nadie como él ajustaba al castellano la versificación latina, ni mejor que él interpretaba la expresión de los conceptos. La Eneida más que la Ilíada era su predilección para las traducciones. El Padre Ramírez (su maestro de latín) que era un amante apasionado de Virgilio, a quien llamaba “el Cicerón de la poesía latina”, porque nadie superó a éste en la perfección de la prosa, no perdía ocasión para explicarle a los discípulos que no era traducir los distintos aspectos del pensamiento del poeta, ni copiar sus sentimientos con más o menos fidelidad, lo que precisamente requería la exacta interpretación, sino que era imprescindible conservar el mecanismo de los hexámetros. Esas cálidas advertencias no pasaban inadvertidas para quien hasta en los recesos de los juegos, en horas de recreo, se le veía escribir en los suelos alguna exclamación de Eneas. El sitio y la caída de Troya le llevaban hasta la exaltación y, desde luego, a ser corregido por el Padre Ramírez, que le amonestaba el fuego patrio y el orgullo nacional con que revestía cada verso, aún más ardorosos que el que imprimía en toda su obra el inmortal clásico latino. Pero sonreía y le felicitaba.

Es muy probable que la imaginación de Maceo Verdecia llene algunos vacíos que el dato historiográfico no consiga como detalles precisos, pero no es dable ―al menos según mi visión particular después de años de investigación de la vida de Céspedes― discrepar de la esencia del pasaje citado. Lo cierto es que la educación de Céspedes fue cuidada, inmejorable para aquel contexto y aquellos tiempos, y que su talento tuvo cauces seguros para su manifestación y estimulación.

Después vinieron los años de formación universitaria, los viajes a Europa y Asia, el contacto directo con las culturas más avanzadas del mundo occidental, pero eso ya es más conocido.

¿Cuáles son los temas más tratados en la poesía cespediana? Citaré algunos: el filosofar sobre la vida sencilla y el retiro espiritual, los temas locales, el amor, la amistad, la naturaleza y los temas sociales. Es decir, un espectro temático que se mueve desde lo épico ―lírico hasta lo bucólico tradicional de aquellos tiempos, pasando por los asuntos propios del hombre en todas las épocas. Ahora bien ¿Estos temas se tradujeron en una poesía de alto vuelo? Hay que decir con propiedad que no siempre logró el bayamés un resultado literario que lo colocase en el sitial más elevado del parnaso nacional y, digámoslo también, siquiera del local. No fue superior a Fornaris ni a Zenea, ni tampoco a Palma. Sin embargo, se movió con naturalidad entre otros bardos de relieve local y también compañeros de conspiraciones independentistas: Perucho Figueredo y Maceo Osorio, por ejemplo.

Su personalidad intelectual, sin embargo, fue superior a su producción literaria. Fundador de las Sociedades Filarmónicas de Bayamo y Manzanillo, traductor, cronista de viajes, director de puestas en escena de teatro, actor el mismo, organizador de bailes colectivos, y de veladas y debates literarios, declamador y organizador de concursos de declamación, unido todo ello a su ejercicio sobresaliente de la abogacía con los más importantes clientes en el Valle del Cauto, hicieron de Céspedes una personalidad conspicua, atractiva y sumamente imantadora de fieles y admiradores que más tarde, en el momento preciso, lo siguieron en la hombrada del alzamiento independentista.

¿Cuáles son las influencias más perceptibles en la lírica cespediana? A mi modo de ver la impronta de Fray Luis de León es la más apreciable, otras huellas señaladas antes por Baeza Flores, son Garcilaso, Quevedo y Calderón, es decir, los clásicos españoles. Preferencias que se pueden rastrear en sus exergos y citas son Lord Byron y John Milton. De este último me atrevería a decir que recibió una notable ascendencia en su evolución como pensador liberal.

Las afinidades con la poética de Fray Luis pueden detectarse en diversos puntos: en el poemario Del conocimiento de sí mismo (canción) hay un referente muy apreciable del extenso poema “Contestación”, en el que el aliento autobiográfico, el tono, las inflexiones, la métrica, el curso ondulante y el despliegue todo del poema, nos recuerdan la lírica del bardo de Cuenca. En la obra de Luis de León así como en la de Carlos Manuel de Céspedes estos dos poemas de amplias estancias representan un lugar parecido, obra intimista y de madurez.

En otros textos se advierten afinidades en el uso constante de versos interrogantes para encabezar las estrofas, la utilización de tópicos como el que “huye del mundanal ruido”, del poema “Canción de la vida”, de Fray Luis, los ambientes bucólicos, los temas del amor y la muerte, el tiempo y el dolor, la virgen y la piedad cruel, los frecuentes participios pasivos, las palabras en diminutivo, las exclamaciones admirativas, y otros recursos que, y esto es bueno subrayarlo, aunque caracterizaron a la poesía cubana de mediados del XIX en sentido general, en Céspedes tienen una consolidación que sorprende al estudioso. La estructura de los poemas, su factura y elaboración general recuerdan constantemente el estilo de la poesía del llamado príncipe de la lírica castellana gestada con tres siglos de antelación. De cualquier manera, en la vasta cultura del bayamés no deja de resultar curioso este referente, cuando otros bardos más modernos (incluyendo su muy leído Byron) pudieron haber sido el motivo de tales aproximaciones e influencias.

No quisiera pasar al análisis de su prosa, sin antes citar algunas de sus más logradas imágenes poéticas: extraídas de sus poemas pierden contextualidad, pero ganan en su individual brillantez. Veamos.

“A la torre de Zargoitía”

más, cuando por tus salas ya vacías,
como un blando gemido, el viento corre,
el velo del pasado se descorre
formas revisten tus cenizas frías.

“Contestación”

...los suaves cefirillos susurrantes,
que me alborotan, jugueteando, el pelo.
“En la muerte de E. Lebredo”
no es eterna su larga despedida:
se reúnen, al fin, en su sendero
los distintos senderos de la vida.

Una imagen realmente sorprendente es su “yo comprendo el placer de la tristeza”. Enigma que nos muestra a un ser complejo y rico, mucho más interesante que lo que presupone el metal del héroe. Otros componentes de esta poética son:

El amor como rasgo romántico por excelencia, como gustosa totalidad del ser inflamado por la poesía, una suerte de dimensión trascendente por la mujer amada o la simple experiencia erótica. No olvidar que en Céspedes el amor se nos ofrece también como amistad y que desde esta perspectiva otra del amor brotan algunos de sus mejores poemas. Si en los diarios de campaña entramos al centro del hombre en su desgarradura más íntima y veraz, en su poesía asistimos a otra faceta de ese centro, la más inspirada o cálida, la más creativa. Si en aquellos predomina la sensación de tristeza, desasosiego o desamparo del hombre enfrentado a su tiempo, en la poesía se advierte la sorpresa del hombre en su encuentro consigo mismo, deslumbrado por ese escenario más cerrado e impredecible que es su otredad.

Ya ese tiempo pasó: nuestra alegría
nos dejó como dejo yo este valle:
Ya vive solo en la memoria mía:
Pero sin ti, ¡que su recuerdo calle!

Lo distante, una imagen de la realidad que se nos va y que sólo la poesía es capaz de retener. El verso y la metáfora para fijar la fugacidad del tiempo. Pertenencia a la tierra, el terruño, convivencia con el entorno, descripción pero a la vez ligazón sentimental, empatía por el paisaje (el riachuelo, la arboleda, la pradera).

Hay una historicidad innegable que parte del timbre de esa voz ubicada en un tiempo preciso de cambios y evoluciones sustanciales, que parte también de los procesos que conducen al quién somos de mitad del XIX.

Asombra saber que aquel carácter enérgico y duro, pudiese coexistir con la delicadeza y la sensibilidad de un lirismo a veces leve, siempre exquisito.
Esa mirada ávida se torna experiencia deleitable del hombre de provincia con cultura cosmopolita, una combinación que produjo y configuró mucho de la poesía de tono menor de su época. Riqueza de vocabulario, de giros, de imágenes y símiles; riqueza metafórica, capacidad rítmica, habilidad para pasar de la calma interior a una gravedad del ser, de la angustia infinita a la certidumbre de la vida como destino del perseverante.

Más allá de escuelas y modas literarias su poesía es catarsis y examen profundo de su ser, utilizando la naturaleza como espejo y desplegado un linaje, una altura y dignidad en la expresión escrita. Hay, desde luego, momentos en que se acude a lugares comunes, a imágenes mustias, al florilegio retórico que poco dice, hay versos y hasta estrofas de pobreza lírica en la que sacan las orejas la rimbombancia y pomposidad, y lo lineal y plano. Son momentos de escasa inspiración en que se absorbe un relleno de palabras que se aleja de su centro existencial más rico.

La prosa de Céspedes es superior en factura, recursos e inspiración literarios a su lírica. A veces, como ya han señalado Cintio y Fina, es en ella donde se puede encontrar su mayor vuelo poético. Lezama Lima al fijarse en una sola frase de Céspedes, hizo una observación medular: habría que esperar a José Martí para ver saltar en las letras cubanas frases similares. También Cintio califica al diario de campaña de Céspedes el antecedente justo al de Cabo Haitiano a Dos Ríos de Martí. No comparo lo imposible de equiparar, sólo sostengo, junto a Lezama, Cintio y Fina, tres críticos de mucho reconocimiento, que la escritura de Céspedes, elaborada en la manigua de Cuba Libre, es importante no sólo por sus preceptos patrióticos, sino también por la limpieza de su prosa, su rapidez y su modernidad. Sabemos que leyó en profundidad a Lamartine y otros autores franceses, y pienso que esas lecturas debieron librarlo en gran medida de la retórica lírica proveniente de la oratoria clásica y neoclásica española.

 Estas cualidades ya se advierten en su crónica de viaje “La Abadía de Battle”, redactada a los treinta años (como casi toda la obra poética conocida) la que, sin mucha dificultad, puede reconocerse como una pieza escrita en pleno siglo XX por su tempo, adjetivación y diafanidad. Otro tanto ocurre con este pasaje de su diario de campaña:

Tengo al frente el monte de la Peña Blanca que me distrae con sus juegos de luz. Tan pronto representa una superficie igual y unida en plano inclinado como descubre sus innumerables espinazos, estribos y hondonadas. Varía de colores con la rapidez del caguayo. Las yagrumas a veces son copas colosales de esmeraldas; pero a pocos instantes, al herirlos los rayos del sol meridional, se transforman en gigantescos floreros llenos de azucenas de plata. Una palma, que se destacaba cerca de la cúspide, cuando el viento azotaba su cabellera de flexibles pencas, me recordaba a Virginia en la popa del San Gerando.

Como ocurre con muchas personas que escriben bien, sin ser escritores de una técnica depurada o una inspiración superior, en Céspedes la poesía tiende a expresarse como prosa, muy descriptiva, a veces de imágenes muy directas y, la prosa, a su vez, se torna pura metáfora poética con imágenes muy logradas.

Si nos hiciéramos ahora la misma pregunta que se hizo Baeza Flóres hace medio siglo, estaríamos en mejores condiciones, que al inicio de este texto, para afirmar que Carlos Manuel de Céspedes fue, en todas las connotaciones posibles, un hombre de letras. Pero fue mucho más, fue un intelectual, un hombre de la cultura, un pensador que diseñó en su mente y en su papelería la patria y la república, las mismas que él ayudó a gestar con su vida excepcional y sus innumerables sacrificios. Esa relevancia histórica ha sido la que ha relegado al hombre de letras. Admiramos, lógicamente, más al Padre de la Patria que al poeta, al hombre del 10 de octubre que al prosista inspirado y no advertimos cómo el independentista o el libertador pudo alcanzar dimensiones superiores en la historia precisamente porque soñó a su patria libre desde el sentimiento poético, desde la imagen y la fantasía insuperable del artista.

En un espléndido texto ya citado al inicio de mis palabras, Cintio Vitier notaba un hecho esencial en el conocimiento y el estudio del surgimiento de nuestra cultura. Con su agudeza de poeta, Cintio precisaba cómo en un pasaje de Espejo de paciencia, texto que se considera por muchos estudiosos el inicio de la literatura de carácter cubano, se halla un hecho clave de la historia de nuestra cultura. Se trata del momento en que el Obispo Altamirano es recibido en Yara  ―después de rescatado de las manos del pirata Gilberto Girón― y la primera muestra de recepción le es brindada por seres mitológicos del bosque cubano, pero esos seres no son de nuestra tradición sino de la greco-latina (es decir faunos, centauros, ninfas y semicapros). En la prosa de los diarios de campaña de Céspedes hay una suerte de expresión que se mueve a la inversa. El día 11 de octubre de 1872 anota en Vegas de la Güira “Y como esos pajarillos (se refiere a los ruiseñores) son cubanos por sangre, a usanza de los antiguos romanos se interpretó cual un feliz augurio”. Es decir, aquí la mezcla cultural viaja en sentido contrario, la costumbre romana de las aves transmisoras de augurios venturosos se personaliza en aves del monte cubano. La tradición greco-latina insertada en la naturaleza cubana. Regreso del sentido de lo reflejado en Espejo de paciencia. Transculturación diría Don Fernando Ortíz.

Son espirales de ese fenómeno concétrico-centrífugo que es la identidad cultural de un país. Búsqueda hacia fuera y hacia adentro. Ascendencia primero, mestizaje después, de la cultura occidental más rancia en el Caribe.

Y como del Céspedes escritor versa este texto, finalizo con unas estrofas que escribió sobre sus treinta años de edad. Es sorprendente cómo su deseo de entonces se cumplió en los días finales de su existencia en las montañas de San Lorenzo, a punto ya de entrar definitivamente en la Historia.

El poema “Mi deseo” dice así en dos de sus estrofas:

Un techo pobre, escondido,
Dadme al pie de la colina
Donde el viento en vano amague
Y que allí el suave zumbido
De una colmena vecina
Por la mañana me halague.
Un cristalino arroyuelo
De blancos lirios sembrado,
De una fuente pura brote
Y salte en quebrado suelo
Y bajando apresurado
Las duras rocas azote.

En San Lorenzo, donde permanece el misterio de la vida de Céspedes y donde se conoce por José Martí que escribió unos versos desconocidos la mañana fatal de febrero (dato que supongo le trasladara José Lacret), allí, se cumplieron los mayores deseos de este hombre excepcional. Fundido a la tierra, preñándola con sangre, entremezclado con la naturaleza, hecho naturaleza misma, su sacrificio hizo que su gesto fuese genitor y que su palabra, la escrita y la lanzada al viento en los duros años de insurrección, siga escuchándose más de cien años después.

La Habana, marzo 2008

 

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