José M. de Cárdenas y Rodríguez de la Barrera: un Jeremías que nos alegra
Jeremías de Docaranza, tal fue el seudónimo que utilizó José María de Cárdenas para firmar sus artículos periodísticos, donde revelaba algunos aspectos económicos y sociales que afectaban a la sociedad cubana a mediados del siglo XIX, pero también exponía muchos de los comportamientos individuales barnizados por la cursilería. A diferencia del profeta bíblico, este Jeremías no se caracterizó por lamentaciones y trenos, sino más bien por ridiculizar actitudes. Fue, sin dudas, el más destacado de nuestros autores costumbristas.
Nació en Matanzas, en 1812, y falleció en Guanabacoa, setenta años más tarde. En 1834 fue a los Estados Unidos para completar su preparación, allí hizo amistad con don Félix Varela a quien ayudaba a corregir sus trabajos. Luego de algunos nuevos periplos por América del Norte, se estableció definitivamente en la capital en 1840.
Comenzó su carrera literaria en La Prensa y Faro Yndustrial de la Habana (sic), del cual llegó a ser su director. Colaboró también en varios periódicos y revistas de la época. Escribió en verso, incluso dos obras para el teatro, pero ganó su renombre como prosista satírico. Tuvo el privilegio de publicar en la prensa cubana sus cuadros de costumbres, que reunió en 1847 en su libro Colección de artículos satíricos y de costumbres, primero de su tipo en Cuba. En el prólogo de dicha obra escribió Cirilo Villaverde lo siguiente:
Por fortuna el Sr. Cárdenas, de los pocos caminos que había abiertos a su talento satírico, tuvo el tino de escoger el menos peligroso, aquel que con tanta gloria dejó allanado el gran maestro Cervantes, y que en muchas partes ha recorrido su ilustre discípulo el malogrado Larra. Este camino es el de la sátira culta y caritativa que azota el vicio, pero no escarnece a la persona que lo posee; que levanta el sudario y descubre la llaga, pero no para irritarla y por el maligno placer de descubrirla, sino para aplicarle el remedio, o que otro se lo aplique; que presenta y aún abulta si se quiere el lado ridículo de los malos hábitos, de los malos usos y de las malas costumbres.
Véase la influencia del Manco de Lepanto en la escritura del autor que nos ocupa, en un ejemplo tomado de su artículo “Mis hijos”, donde se critica a aquellos padres que justifican sus actuaciones alegando que esto, lo otro, o lo de más allá, lo hacen pensando y sólo para beneficio de su prole.
(…) Aunque digo mis hijos, quiero hablar de los ajenos; y si va a tomarse la cosa en rigor, ni de los míos ni de los ajenos; sino de los padres de los segundos; que del padre de los primeros, que soy yo, no debo decir una palabra, pues voy a censurar: y como no parece bien que se alabe uno a sí mismo, tampoco es justo que tire contra sí, pues nadie le creería: fuera de que yo acá sospecho que siempre que un hombre hace como que confiesa sus faltas, es cuando con más versas se está prodigando un elogio tan estupendo y disimulado como no lo hiciera el más refinado adulador.
No en balde el propio Cirilo Villaverde diría del autor: “(…) que en Cuba no conocemos prosador que le supere, y fuera de aquí pocos le sacarán ventaja”.
Veamos ahora algunos aspectos de este otro texto “¡Educado fuera!”, en donde se satiriza el afán de algunas familias de enviar a sus hijos a cursar estudios en el extranjero y se ridiculiza el comportamiento de estos, saturado de los defectos adquiridos en ultramar y que se manifiestan a su regreso.
Aquí la prosa cardenense es más saltarina y juguetona, como cuando dice que en las tertulias se discuten las ventajas o inconvenientes de mandar a estudiar a extraños países a nuestros hijos “que en éste (país) quiso darnos la bondad divina o nuestra fatalidad”. Es decir, si fue por voluntad de Dios, bienvenido sea, pero visto de otro modo, considera una fatalidad que aquellos chicos hubieran nacido en Cuba. Crítica subliminal al gobierno colonial español: “no meteremos nosotros nuestra hoz en esa mies” que es como decir “no meteremos la cuchareta en este potaje”. Y aquí el autor, con fino humor, asegura que no va a escribir de lo que está escribiendo, haciendo hábil uso de una figura de retórica.
Ridiculiza José M. de Cárdenas a los padres y familiares, que oyendo grandes barbaridades o disparates del muchacho que regresaba de estudiar en Europa, se quedaban como pescados en tarima.
Doña Mamerta lo escuchaba con la boca abierta y no le quitaba los ojos: don Genaro no cabía en sí: las hermanas no podían disimular la satisfacción que les causaba el tener un hermano acabadito de llegar de Europa y que tales y tantas cosas sabía y había visto. Entre las visitas, unas sonreían con disimulo y otras eran tan cándidas como los miembros de la familia.
El chico despotricaba de la falta de belleza de la mujer cubana, aún habiendo bellas damas presentes: “(…) ¡oh! ¡Que esto es terrible! Aquí no hay muchachas bonitas… ¡en Europa… en Europa…!”
Y en igual sentido aducía que aquí no se daban buenas frutas. “!Oh, qué la piña!, ¡yo soy por las blackberries! Usted se puede comer un plato de ellas, y dos también y usted no puede acabar una sola piña… ¡oh, la gran diferencia…!”
El autor, por haber tenido la oportunidad de viajar y haber conocido mujeres y frutas de otras latitudes, sabe que el personaje de su relato ha proferido crasos disparates, y que el dislate dicho como expresión que pretende ser convincente, mueve a risa y puede ser explotado en este sentido. Sátira de calidad, en tanto no es el contraste de palabras, sino la contraposición de ideas, la que la promueve.
Lo que quizás no pudo imaginar José M. de Cárdenas que aquellos aspectos que criticaba hace unos 163 años, aparecen ocasionalmente como lunares en la mente de algunos de nuestros coterráneos. Tuve la oportunidad de ver un video que filmó una joven que fue enviada, no a educarse fuera, sino a vivir allende los mares. Aparecía un pavo real, de esos que estamos acostumbrados a ver, desde el parque zoológico de 26 hasta en algunos patios remozados de La Habana Vieja y cuya belleza habitual ya nos es entrañable. Decía la muchacha comentando la escena del pavo: “Mira, tía, ese es un faisán. Esos pájaros no los hay en Cuba”.
En el trabajo titulado "Fisiología de un administrador de ingenio", artículo recurrentemente incluido en antologías, se expresa la situación de la industria azucarera en aquellos tiempos, y, en esencia, las funciones y el comportamiento de un administrador de ingenio, palabra que en su significado abarcaba todo lo necesario para elaborar azúcar, incluidas las tierras sembradas de caña.
Según el autor, para ser administrador de ingenio no se requiere una estatura o complexión física determinada, ni haber ejercido carrera específica, no tiene que ser blanco o trigueño, ni tener un título nobiliario… eso sí, ha de saber leer, escribir y las cuatro reglas de la aritmética “aunque ya los he visto yo que ninguna de esas cosas sabían”. Con lo cual, sin decirlo con palabras directas, nos da a entender que un administrador de ingenio podía ser cualquiera.
Desde la explicación inicial del porqué ese trabajo lleva tal título, se nota en el autor el deseo de retozar con el tema. No sé si sería gramaticalmente correcto decir que intentaba “vacilar” al personaje. Así, afirma José M. de Cárdenas que después de que Balzac escribió su Fisiología del matrimonio, aparecieron otras muchas “fisiologías” sin que su contenido se relacionara con funciones orgánicas de seres vivos. Seguidamente apunta que entre ellas estaban las fisiologías del soltero, del casado, del viudo (parece que aún no proliferaban los divorciados), del paisano, del militar, del médico, del sepulturero, del acreedor, del deudor, del escribano y del hombre de bien. “Fue —escribe— una epidemia fisiológica”. ¿Y qué menos podría escribirse sobre este especial personaje que no fuera una fisiología para que no se sintiera menoscabado? “El señor administrador de un ingenio quiere que se le distinga en todo, y no ha de ser seguramente un pobre periodista quien pretenda equipararlo con los demás hijos de Adán. Que lo hagan otros…” Y aquí recurrió otra vez, Jeremías de Docaranza, al recurso de afirmar que no va a hablar de lo que evidentemente está hablando.
Dice además este autor en su relato, que el administrador de ingenio tiene facultades omnímodas y enuncia sus funciones en una lista interminable, técnica de redacción que va creando en el lector las condiciones sicológicas necesarias para pasar después, con otros elementos que la reforzarán, a una risa franca. Son estos, en primer lugar, otros ejemplos de operaciones que en este caso implican usar los bienes y servicios del amo o dueño en provecho propio, algo así como lo llamado eufemísticamente “desvío de recursos”. Y finalmente, ya en directa denuncia, plantea que el susodicho encargado del molino azucarero, “enmarañaba” las operaciones de compra y venta, es decir, estaba “luchando” en propio beneficio.
Otro aspecto criticable y risible del administrador de ingenio es cuando aquel se apropiaba mentalmente de lo que no era suyo. Pudiéramos llamarlo “el fetichismo de la propiedad”.
Para ejemplificarlo el autor cita algunas frases usuales de este personaje:
“Yo hago este año tres mil cajas de azúcar”.
“Mi azúcar se venderá este año a un medio más que la de Fulano”.
“Yo vendo este año a tanto”.
Es la misma empatía que sufre un chofer con su carro cuando dice: “estoy sin frenos”, o “tengo malo el tubo de escape”.
Y véase cómo Jeremías de Docaranza inicia sus conclusiones sobre el proceder del mentado personaje: “En esta, como en otras carreras, el hombre corre según tiene las piernas”. Deliciosa greguería que sin dudas le hubiera gustado escribir a don Ramón Gómez de la Serna.
Por otra parte, en su artículo denominado “Un título” se burla de las ridiculeces que acompañan las gestiones para obtener un título nobiliario:
En este texto, Crescencio, recién heredero de una gran fortuna, aspira a ser marqués y sus anhelos son exacerbados por su tío don Cleto —“¿Por qué no titulas?” le dice— y le sugiere que “en estos tiempos” es muy fácil ir creando condiciones para llegar a tal titulación. Entre las mil y una propuestas que sugiere el tío al sobrino, está el tema sobre cómo algunos pueden hacer derivar algunos apellidos. De Villa se originó Villavicencio; de Soto, Sotomayor. Ya anteriormente Calderón de la Barca hizo alusión jocosa a tal dislate en su poesía "Los apellidos":
Yo conocí a un tal por cual
que a cierto conde servía
Y Sotillo se decía.
Creció un poco su caudal,
salió de mísero y roto,
hizo una ausencia de un mes,
conócele yo después
y ya se llamaba Soto.
Vino a fortuna mayor
eran sus nombres de gonces
llegó a ser rico y entonces,
se llamó Sotomayor.
A continuación tío y sobrino caen en el tema de cómo elaborar un nombre “blasónico”. Así se expresa este último: “Marqués de Loma-gorda, marqués de Rio-estrecho, marqués de Monte-firme… En efecto, tío; es cosa que encanta… ¡Con qué facilidad se hace uno marqués!...”
Le responde el tío: “Y si no te agradan esos nombres, idea otros: Cascada alta, Hoyo hondo, Hoja verde; o apodérate de cualquier lejana provincia: Capadocia, Monopotapa, Mozambique, son propias para titular, y no vendrán a ponerte pleito sus soberanos ni sus habitantes (…)”
Tomando en consideración lo anterior, es decir, la habilidad o pillería de algunos para hacerse de un nombre que se aviniera a los cánones de nobleza, el que este comentario redacta le parece que halló al fin una pista del porqué José María de Cárdenas y Rodríguez de la Barrera, “burla burlando” —como diría Quevedo en su famoso soneto a Violante—, utilizó como seudónimo el de Jeremías de Docaranza.
