García Canclini: cultura, poder e investigaciones
En su ensayo «Cultura y Poder. ¿Dónde está la investigación?», Néstor García Canclini reclama, como necesidad primaria en las investigaciones de los estudios culturales, la delimitación de lo que serían las culturas populares, así como la delimitación de las condiciones de su estudio. “No basta decir —escribe— que no son un eco de la cultura hegemónica ni una creación autónoma de las clases subalternas”.1 Este reclamo, que de una forma u otra puede ficharse en el avance de los diversos análisis acerca de lo popular en la cultura, queda, sin embargo, preterido por los propios desarrollos de los analistas.
En su propósito por definir lo popular en la cultura partiendo de resultados de investigación en los propios estudios, García Canclini reseña dos vías metodológicas de predominio en el campo de los acercamientos analíticos: deductivismo e inductivismo. El deductivismo, explica, “se apoya en dos operaciones: primero, sustancializa los grandes agentes sociales y les atribuye la posesión exclusiva del poder; luego, deduce de sus estrategias de dominación los efectos sobre las culturas populares”.2 El inductivismo, por su parte, aparece ligado a teorías del folclor y la antropología que reducen su objeto de estudio y el alcance de sus prescripciones a normas de tradiciones arcádicas, campesinas, indígenas o de etnias más o menos exóticas. Se suma a esto la incidencia de los diversos tipos de populismos. Para los primeros, García Canclini recomienda el empleo de las hegemonías como categoría metodológica capaz de delimitar las relaciones entre la cultura y el poder, puesto que este es comprendido por él como “una relación social diseminada en todos los espacios” y no como un “bloque de estructuras institucionales, fijados en tareas preestablecidas (dominar, manipular) ni como mecanismos de imposición vertical, de arriba hacia abajo”.3 De ahí que asemeje estas teorías al comportamiento de los elevadores.4
La reformulación de la visión eurocéntrica con la reivindicación de formas de actuar y de pensar preteridas es el principal mérito que García Canclini reconoce en los inductivistas, aunque les reprocha el aislamiento y la desintegración del resultado de sus investigaciones. Las preguntas que estos estudios iban dejando sin respuestas son dos:5
Otro señalamiento crítico que hace a estas concepciones inmanentistas sobre las culturas populares es el de tomar en cuenta únicamente el punto de vista de esos objetos de investigación, pues “este empirismo ingenuo desconoce la divergencia entre los que pensamos y nuestras prácticas, entre la autodefinición de las clases populares y lo que podemos saber sobre su vida a partir de las leyes sociales en que están insertas”.6 La recomendación, en ese caso, es la de construir conceptualmente las relaciones que dan sentido a esas tradiciones populares dentro de la lógica social. “Cuando el deductivismo y el inductivismo se niegan a pensar la discrepancia entre las leyes macrosociales y las condiciones concretas de las clases populares, lo que están excluyendo es también el problema de los fracasos políticos: por qué la hegemonía no logra reproducirse en la cotidianeidad de algunos sectores, por qué tantos proyectos populares de transformación no consiguen alterar la estructura social”.7 La tarea por “construir los instrumentos que articulen el orden social y las condiciones sociales de cada grupo” debe transitar, según el reclamo de García Canclini en su valoración, por tres rutas críticas:
a) Apropiación desigual de los bienes económicos y culturales por parte de diferentes clases, etnias y grupos en la producción y el consumo.
b) Elaboración propia de sus condiciones de vida y la satisfacción específica de sus necesidades.
c) Interacción conflictiva de las clases populares con las hegemónicas por la apropiación de los bienes, y las transacciones que equilibran los conflictos y renuevan la interacción.
Estas tres líneas recalcan su interés en la formación sociocultural, lo que, llevado a la serie de sistemas establecidos por Darcy Ribeiro en El proceso civilizatorio, se ubicaría en el Sistema Asociativo, compuesto por los modos estandarizados de reglamentación de las relaciones interpersonales a efectos de actuar de conjunto en el esfuerzo de subsistencia y reproducción biológica del grupo.8 Por consiguiente, y en tanto se entienda a la cultura como un sistema de producción de significados cuya pertinencia trasciende las relaciones sociales que le dan origen, ellos no se satisfacen en la investigación exclusivamente cultural, sino en ubicaciones socioculturales.
Al entrar en los contenidos de esos sistemas que se forman a partir del proceso civilizatorio, y, por tanto, en el estudio de la cultura, un juicio de semiotización empírica requiere no dejar de observar cuatro elementos básicos:
Estas líneas de estudio funcionan, obviamente, desde el concepto de cultura, pues este no tendría sentido si fuera necesario transformarlo en el paso del estudio de la cultura a la cultura popular. En un ejercicio de conceptualización, he definido a la cultura como la serie ordenada de paradigmas semiósicos que el ser humano ha ido identificando y autentificando como propios para diferenciarse en el interior del proceso civilizatorio en el que se desempeña y, a un tiempo, para asemejarse a la herencia de los sistemas percibidos como tradiciones a través del tiempo y del espacio, sean estos últimos de larga o pequeña dimensión. Ella se manifiesta en la acumulación y el empleo de los modos de comportamiento, tanto en el plano de las costumbres y las tradiciones, como en lo cognoscitivo, hasta la ciencia misma, creados sobre el proceso de identificación y autentificación de los paradigmas que norman la conducta humana, y también en el uso común, altamente codificado, de los procedimientos de significación social capaces de crear discursos, ideologemas, series de paradigmas e idiolectemas que identifiquen al ser humano como sujeto creativo y autentifiquen su capacidad nutricia, en constante recuperación y redimensionamiento de sus tradiciones existenciales.9 Al crear, además, una tipología investigativa y analítica que tome como auxiliar deficiente al conocimiento acerca de las relaciones sociales y económicas, el estudio de la cultura se ve obligado a reformularse en la necesidad de una autovaloración constante. No es posible, de ese modo, trasladar las ecuaciones sociales a los sistemas operativos culturales. Ni, como lo han ido demostrando los propios cultural studies, evadir los componentes socioclasistas con que el estatuto cultural se configura en el universo inmediato de la expresión popular.
Para aplicar un ejercicio de semiotización empírica al sendero investigativo y analítico de la cultura, debemos arribar a conclusiones acerca del estatuto popular y del porqué, y no solo del cómo, de su existencia en el interior del metasistema cultural. Ello, aun cuando se acepte y hasta se considere obvio, suele escaparse en el proceso de la composición redactada, sobre todo cuando se focalizan fenómenos de especificidad tal que tienden a dejar fuera de la interpretación ciertas zonas de estos aspectos que como requisitos se presentan.
Acaso ello sea, para el García Canclini que a este punto había arribado, una limitación de la propia metodología en curso, de la cual es deudor y, al mismo tiempo, punto de ruptura, antes que un cierre de programa en el campo de la epistemología.
Notas:
1- Néstor García Canclini: «Cultura y Poder. ¿Dónde está la investigación?», en revista Signos, no. 36 julio-diciembre, 1988, pp. 55- 84, Cf. p. 60.
2- Ídem.
3- Op. cit., p. 62.
4- Op. cit., p. 64.
5- Op. cit., p. 66.
6- Op. cit., p. 71.
7- Ídem.
8- Darcy Ribeiro: El proceso civilizatorio, Editorial de Ciencias Sociales, Ciudad de La Habana, 1992, p. 15.
9- Véase, en esta misma columna, «Cultura y conceptualización».
