Óleo de mujer con sombrilla
No, no voy a parafrasear a Silvio ni su famoso tema, aunque ganas no me faltan, ahora que el desamor me invade y todo lo vibrante se larga de mi vida. Se trata de otra cosa, algo que no es lo mismo pero es igual. Voy a referirme a una profesora que en la década del noventa impartió clases en el ISP José Martí de la ciudad de Camagüey.
El muchacho larguirucho que entonces era, se asombraba ante aquella mujer que luego de cerrar su sombrilla, abría palabras mucho más enigmáticas y seductoras. Por esos días estaba lejos de sospechar que años después el destino me llevaría a su cátedra. Claro que todo sería distinto. En un centro laboral las relaciones humanas adquieren otro matiz. Poco a poco, la mujer del paraguas se fue convirtiendo en Florángel Pupo, una profesora de experiencia a quien yo me acerqué para consultar más de una duda.
El pasado fin de semana todo se trastocó. Por obra de algún misterio, el río volvió a sus orígenes y la serpiente se mordió la cola. Una de las tantas actividades programadas por el Centro del Libro de Camagüey llamó mi atención. El anuncio decía más o menos así: 8:30 p.m. Peña literaria Convergencias, tema: la poesía de Dulce María Loynaz. Invitada: Florángel Pupo.
Esperé el inicio parapetado en la última hilera de sillas. Solo desde ese punto podía contemplarlo todo sin la inconveniencia de alguna conversación. La profe llegó puntual y yo volví a ser el adolescente de los noventa. La escuché hablar de la señora que nació con
Un momento muy especial sobrevino cuando la invitada demostró cómo un motivo tan viejo para la poesía universal como el de la rosa, recibe en Dulce María Loynaz nuevos acercamientos. A su juicio ello demuestra valentía y talento, mucho más cuando se piensa que la famosa flor le arrancó versos a genios como Góngora y Quevedo.
No menos interesantes resultaron sus observaciones sobre el carácter patriótico de los poemas de
Miento si digo que su palabra fue reveladora. A estas alturas de mi vida creo sinceramente que son escasos los elegidos para estos menesteres. La “profe” dijo lo de siempre, pero lo dijo con pasión, con ese mismo tono que tanto le escuché en las aulas del pedagógico. El resultado fue el mismo, un auditorio hechizado y pendiente del más mínimo gesto. No, no fue la noche de Convergencias, fue la noche de Florángel. Gracias a su elocuencia nadie reparó en la calle ni en el gesto del transeúnte inoportuno. Tal vez por eso cuando la profesora terminó su charla y se perdió en el hueco de la noche, yo recordé mi cercana juventud, aquellos años en los que todo parecía posible.