Cuba, la Isla, la olla puesta al fuego de los trópicos
Pablo Rigal Collado, 19 de octubre de 2010
La imagen del ajiaco criollo nos simboliza bien la formación del pueblo cubano. Sigamos la metáfora. Ante todo una cazuela abierta. Esa es Cuba, la Isla, la olla puesta al fuego de los trópicos.
Fernando Ortiz
Félix Varela no estaba presente en la toma de Bayamo, había muerto en el exilio quince años antes. Sus manos no escribieron las notas, ni la letra, del Himno Nacional, sus finos dedos no apretaron el machete redentor en la manigua, pero desde El Habanero tuvieron resonancia y vuelo las ideas que colocaron en aquella oportunidad histórica a Perucho Figueredo y a Máximo Gómez. Es en la prensa, en la actividad periodística donde el sacerdote rebelde propaga la idea de la independencia, la semilla de pensarnos como “los otros” diferentes de los elementos que conformarían y conforman, en su devenir, la instancia que llamamos “cultura cubana”.
Al referirse al periódico fundado por Varela en los Estados Unidos, Emilio Roig de Leuchsenring apuntaba: «…la primera manifestación revolucionaria de carácter periodístico entre nosotros». El presbítero vivió, sin duda, en un momento donde las condiciones para el inicio de la campaña de independencia no eran propicias, él mismo lo afirma en una carta desgarradora que escribe a José Luís Alfonso: …«Cometí el error de ser patriota donde no hay patria». El proyecto de nación se estaba gestando y quizás el propio Varela no era consciente de su contribución.
Fernando Ortiz logra, en su conferencia del 28 de noviembre de 1939, el genio de definir lo que parecía difícil de apresar en su complejidad. A él le tocó ese descubrimiento de las esencialidades de nuestra identidad en un momento superior de su desarrollo. Las guerras de liberación y figuras definitivas como José Martí catalizaron el proceso. Para el tercer descubridor de Cuba la asunción de lo cubano es un acto de responsabilidad.
Pienso que para nosotros los cubanos, nos habría de convenir la distinción de la cubanidad, condición genérica de cubano, y la cubanía, cubanidad plena, sentida, consciente y deseada; cubanidad responsable, cubanidad con las tres virtudes – dichas teologales-, de fe, esperanza y amor.
Atravesado por una profunda eticidad, el concepto de cubanía al que arriba el autor de Los negros brujos comparte con Varela la espiritualidad. De acuerdo con las ideas del sacerdote revolucionario, ser cubano era también tener vocación para el sacrificio, tener conciencia de que solo con el esfuerzo propio podía aspirarse a su independencia como nación.
… contribuyen con sus luces unos, otros con su influjo y otros con su dinero a salvar a la patria y con ella a los intereses individuales, y este corto sacrificio removerá ese grande obstáculo que tanto se pondera. Repítese de mil modos que es imposible efectuar la independencia sin auxilio extranjero, y yo pregunto: ¿qué se ha hecho para conseguirla? ¿sobre que prueba descansa la aserción de su imposibilidad?
Ahora no debemos confundir la constante de espiritualidad en el concepto de identidad perfilado por Ortiz y esbozado por Varela con un presupuesto filosófico idealista, sin base objetiva.
El fundador de El Habanero y el autor de Entre cubanos se refirieron sabiamente a la comunidad de intereses, al equilibrio entre los intereses colectivos e individuales que integran un país. A sus fronteras físicas, económicas y culturales; a ellas se refería el propio Fernando:
Aquí nos encontramos fácilmente con un elemento objetivo que nos sirve de base: Cuba, es decir, un lugar. No es que Cuba sea para todos un concepto igual. Nuestro competente profesor de geografía nos decía la otra tarde que Cuba es una isla; pero también dijo, con igual exactitud, que Cuba es un archipiélago, es decir un conjunto de muchas islas, de centenares de ellas, algunas mayores que otras, cuyos nombres han resonado en la historia.
Algunos visitantes se asombran al encontrar en la Isla una cultura tan rica y diversa y una realidad tan compleja, sin embargo, ya Varela en su artículo “Consideraciones sobre el estado actual de la Isla de Cuba” verificaba las dificultades para entender a Cuba desde una perspectiva simplista, y Fernando afinaba su definición subrayando:
...la cubanidad no está solamente en el resultado sino también en el mismo proceso complejo de su formación; desintegrativo e integrativo, en los elementos sustanciales entrados en su acción, en el ambiente en que se opera y en las vicisitudes de su transcurso.
Cubaliteraria quiere contribuir a las celebraciones que se efectuarán en toda la Isla el día 20 de octubre, rindiendo culto a dos fundadores: A Fernando Ortiz por redefinirnos y a Félix Varela por soñarnos.
Desde la memoria, ellos nos reclaman una acción dialéctica con el presupuesto de que «Toda cultura es creadora, dinámica y social».
Las coyunturas, las especificidades, los acontecimientos concretos evolucionan y se renuevan en ese crisol al que aludía Ortiz, pero nos plantean nuevas maneras de protagonizar lo cotidiano que nos identifica. En uno de los seis números de El habanero, «el primero que nos enseñó a pensar» pedía a los cubanos de su tiempo algo que puede ser trasladado y adaptado a los tiempos que corren.
«…lo que más debe desearse, sea cual fuese su situación, es que los hombres de provecho, los verdaderos patriotas se persuadan de que ahora más que nunca estamos en estrecha obligación de ser útiles a la patria»
Nota:
Todas las citas de Fernando Ortiz son extraídas de Conferencia a los estudiantes de la Fraternidad “Iota-Eta”, en la Universidad de La Habana, el 28 de noviembre de 1939; en: Órbita de Fernando Ortiz, Colección Órbita, UNEAC, La Habana, 1973, pp. 149-157. (Tomado de la Revista Bimestre Cubana, No. 2, vol. XLV, La Habana, marzo-abril, 1940. Págs. 161-186)