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Hans sin miedo

Versión de Virgilio López Lemus, 23 de octubre de 2010

Esta era una vez un niño llamado Hans que vivía en un pueblecito perdido en el mundo, donde jamás sintió ni una pizca de miedo. «―¿Miedo? ¿Dónde vive el señor Miedo, que lo quiero conocer para darle la mano». Esto lo repetía todos los días a los cuatro vientos y se lo decía a sí mismo en su habitación. Como pasaba el tiempo y como no daban resultado ni los sustos que pretendían darle los amigos, ni que la gente grande le hiciera maldades para atemorizarlo, Hans decidió irse de su casa, recorrer caminos y sitios interesantes donde pudiera sentir esa sensación que todos llamaban Miedo.

Anda que te anda, se le hizo noche cerrada en medio de un bosque no distante de su pueblo, donde todos decían que había centenares de lobos. Y la verdad es que se les sentía ulular con unos aullidos tenebrosos, en medio de una oscuridad terrífica en la que solo se veían unas lucecitas verdes como ojos, y que sí, que eran ojos, los ojos de los lobos. Pero Hans no tenía miedo, le entró sueño y se arrimó a un árbol frondoso en cuyas raíces salientes se dispuso a dormir. Se cubrió con unas hojas inmensas y he aquí que se durmió hasta que sintió algo húmedo sobre su rostro. Era uno de los lobos que le pasaba la lengua no se sabe bien si con intención de comérselo.

Hans decidió prender una llama, lo que enseguida alejó al lobo de su lado, se levantó de un salto y siguió camino, pues se dijo que no tenía miedo, pero no era aconsejable ser temerario y quedarse a dormir allí, donde podría terminar en una barriga lobuna.

En medio de la completa oscuridad, Hans vio brillar a lo lejos una luz mortecina, parpadeante, pero segura. Decidió dirigirse a ella con rapidez y descubrió que salía de una ventana mal hecha de una casucha peor construida, cuya desvencijada puerta estaba abierta de par en par. Hans entró sin temor, dio las buenas noches, pero nadie le respondió. Recorrió la casa y nada, no había nadie, por lo que decidió meterse en la cama, y de inmediato apagó la lucecita y se echó a dormir. La casa debió estar llena de ratas, pues solo se escuchaban ronroneos y como pasitos de gente chica que él supuso ratones. Se quedó profundamente dormido, pero al rato sintió una sensación extraña, un ruido de pasos un poquito más fuerte, y Hans gritó acostado aún:

― Cualquiera que ande por ahí debe saber que yo soy Hans sin miedo, de modo que márchese y déjeme dormir en paz, que estoy muy cansado.

Trató de nuevo de conciliar el sueño, pero nada, había demasiado ruido, por lo que decidió prender la luz. Casi a su lado descubrió a un feo enanito como del tamaño de un cojín de sala, con una cara muy seria y los brazos cruzados sobre el pecho. Hans ni se inmutó y le dijo:

― ¿Qué quiere usted, señor mío, que no deja dormir a la humanidad?
― Quiero lo que me pertenece, y nada más.
― ¿Y qué hay aquí suyo?
―  Pues debe usted saber, señor niño, que las tejas de esta casa me costaron muy caras, las pagué a precio de oro y quiero recuperarlas y llevármelas a un lugar secreto donde estoy construyendo un castillo.
― Pues adelante, lléveselas todas y déjeme dormir.

No se había dormido aún, cuando Hans vio aparecer a seis enanitos, quienes comenzaron a quitar las tejas y se las llevaron con suma facilidad, como si fuesen de goma.

Al amanecer, Hans pasó por la aldea próxima, donde mucha gente le preguntó si no sintió miedo en la casita encantada, donde nadie se atrevía a entrar ni siquiera de día. El muchacho soltó una carajada, dio un salto y dijo que jamás había sentido miedo desde que nació. Un rico viajero que pasaba por allí, le obsequió una bolsa con muchas monedas para que pudiera seguir viaje en busca del miedo y no tuviese dificultades para pagar sus cenas. Hans le dio las gracias y continuó camino.

Como seis horas y media después, llegó a un hotelito de los malos, llamado «La Posada de la Tarántula», ni corto ni perezoso entró y le pidió al gerente una cena de primera. Fue rápidamente servido, pero mientras comía opíparamente, el Señor Gerente le informó que era costumbre en ese sitio cortar una oreja a cada huésped, puesto que una vez que llegase a doscientas, él mismo haría con ellas una poción mágica con la cual se curaría de la gran giba que tenía en sus espaldas. «― Pues no te preocupes por esto –le dijo Hans ― que te voy a curar de tu mal en este mismo momento». Tomó un bate de béisbol que estaba recostado a una silla, cargó sobre el Gerente, y comenzó a darle batazos en su espalda, de la que comenzaron a caer onzas de oro, diamantes y rubíes. El Gerente quedó aplastado en el piso, Hans salvó su oreja, echó algunas monedas y dos o tres rubíes en su bolsa y se fue de allí cantando una salsa preciosa.

Por el camino se iba preguntando dónde podría ir para encontrar aunque fuese un poco de miedo. De vuelta al bosque y de nuevo en plena oscuridad, Hans escuchaba los graznidos de aves y rugidos de fieras, pero avanzó directo hacia una nueva luz que lo guiaba y, sin espanto alguno, dio un manotazo a una leona que pretendió agredirlo y le lanzó una piedra a un pájaro de presa que le quiso dar un picotazo. La luz fue creciendo y creciendo hasta convertirse en todo un palacio de lujo. Procedía de enormes lámparas que se podían ver desde la puerta abierta, pero se hallaba allí recostado al lateral de la entrada un gigantesco ogro con solo un ojo abierto en la frente. Hans le gritó: «― No me mires de ese modo, horrible gigante, o te las vas a tener que ver conmigo». Pero lo que sintió seguidamente fue una voz cristalina y dulce que provenía de la gran sala y que lo conminaba a entrar.

― No tengas miedo, el gigante tiene el ojo abierto cuando duerme y cerrado cuando está despierto. Así es que entra y vente a conversar conmigo.

Era toda una princesa vestida de tules lilas, cabellos color de crepúsculo y una diadema bellísima sujeta a su frente. Tenía unos ojos encantadores, de modo que Hans quedó inmediatamente prendado cuando la vio y entró sin titubeos casi entre las manos del ogro. Entre sollozos, la princesa le dijo que se llamaba Gerta, que estaba cautiva y que aquel gigante en la puerta era su verdugo y raptor, su guardián y enamorado que se la quería comer, pero que ella no quería de ninguna manera vivir allí.

― Quiero volver al palacio real, donde mi padre gobierna con mano de oro y mi madre canta como las aves más finas. Pero para poder salir de aquí, debe venir un joven sin miedo que se enfrente al ogro y me rescate con su esfuerzo.
― Pues ese joven soy yo, bella princesa, yo soy Hans sin miedo, y te llevaré a donde me digas.

En esto el ogro feroz cerró su ojo, despertó y vio a Hans parado delante de él, quien súbitamente le lanzó una silla a la frente y tuvo tanta puntería, que le clavó una pata en su único ojo. Presa de dolor, el ogro comenzó a saltar y a tantear con sus inmensas manos para apoderarse de Hans y de Gerta, pero ambos lograron alcanzar una de las ventanas semicerradas del muy iluminado pero maloliente castillo ógrico, saltaron al jardín y pudieron escapar velozmente, sin que el ogro alcanzara a seguirlos. 

Al llegar al Palacio Real, fueron recibidos con música y caramelos. Hans llevaba a Gerta cargada entre sus brazos y entró con ella hasta el salón del trono, donde todas las gentes palaciegas aplaudieron hasta rabiar. 

― Majestades, aquí les traigo a la princesa Gerta sana y salva, la acabo de rescatar de la ferocidad del ogro, el cual no me dio ni pizca de miedo.

Como Gerta le contara a sus padres la valentía de aquel chico, el rey lo nombró en seguida Primer Ministro, le ofreció un traje principesco y lo hizo casar, para su júbilo, con la no menos alegre Gerta, quien pidió como luna de miel hacer un viaje a Berlín y a Hamburgo. Se dice que al regreso vivieron felices hasta el final de la Historia.
 

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