Novia eterna de todos
Una poetisa que siempre me ha deslumbrado, que convence a los cuatro puntos cardinales y a las cuatro esquinas del mundo, que abrió las puertas de la poesía neorromántica cubana de la mano de Emilio Ballagas y José Ángel Buesa, y fue la novia de todos. Estas palabras fueron dedicadas por Miguel Barnet, presidente de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) a Carilda Oliver Labra, Premio Nacional de Literatura 1997, en el homenaje que le tributó el Instituto Cubano del Libro (ICL) en la más reciente edición del espacio El autor y su obra.
Acompañó a la ilustre escritora matancera un numeroso público, que colmó la sala-teatro de la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena, entre los que se encontraban Zuleica Romay, presidenta del Instituto Cubano del Libro (ICL) y los también poetas y Premios Nacionales de Literatura Antón Arrufat y Roberto Fernández Retamar, quien es, además, presidente de la Casa de las Américas. Las palabras de elogio, junto a Barnet, fueron pronunciadas por los prestigiosos creadores cubanos Marilyn Bobes, Eduardo Heras León y Virgilio López Lemus.
A profundizar en tres tiempos generacionales en la conformación de la obra de Carilda, dedicó López Lemus su enjundiosa disertación. El primero de ellos, según Virgilio, se ubica en el momento en que publica su primer libro (Preludio Lírico, de 1943) dentro del tono de la poesía neorromántica, donde se liga con la tradición que traían Hilarión Cabrizas, Sánchez Galárraga y un poco más tarde José Ángel Buesa; iniciadores de este estilo de la poesía que trata fundamentalmente del sentimiento, la emoción, del amor y su aprehensión, y que fueron lecturas importantes para la formación del poeta neorromántico que hay en Carilda. En el segundo momento, donde se inscribe uno de sus libros más reconocidos, Al sur de mi garganta (1949), comienza a romper con un lenguaje un tanto manido, para «progresar en las fuentes de cierto vanguardismo, sobre todo lexical, en el tono de la palabra y en el uso de la metáfora; pero sobre todo en la búsqueda de lo insólito, de aquello raro, de aquello que surja como una chispa y que va, de pronto, a dominar de alguna manera el poema». El tercer tiempo es aquel en que se aprecia una inflexión más conversacional en su obra lírica, muy a tono con este nuevo recurso poético, que impone la llamada generación coloquialista o de los años cincuenta, donde se encuentran figuras tan importantes como Pablo Armando Fernández, Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís y Luís Marré, entre otros, que quieren romper con lo que ha pasado en la poesía hasta ese momento. En ese grupo generacional, afirma Virgilio, es donde mejor se va a insertar la obra de Carilda, donde va a dar una obra fecunda, fuerte, grande, que va a aparecer sobre todo, en Las sílabas y el tiempo, del año 1983. Terminó López Lemus sus palabras calificando a la homenajeada como una poetisa que ha logrado, en su obra toda, reunir diferentes estilos y la sensibilidad emotiva e intelectiva de su tiempo: «una forma extraordinariamente hermosa de permanecer a partir de su época».
Marilyn realizó una aproximación a una faceta de su obra que ha sido —al contrario de su poesía— poco estudiada: su prosa, que ha ejercido durante toda su vida, pero solo revelada en el primer lustro de este milenio. Escogió para ello dos textos: Con tinta de ayer, publicado por Ediciones Capiro en el 2003 y A la una de la tarde, que viera la luz al año siguiente por Letras Cubanas. En ellos se «muestra una prosista inteligente, analítica y vital, quien echa por tierra cualquier interpretación de la escritora […] como personaje casi mitológico encasillado por los estrechos límites de su erotismo irreverente. Pues menos sugerente que en sus poemas, Oliver Labra queda aquí en evidencia como lo que es: mujer de pensamiento y, sobre todo, penetrante y sagaz». Al decir de la Bobes, «en la prosa de Carilda se mezcla el yo insoslayable, que garantiza su autenticidad, con la maestría estilística capaz de convencer al más exigente de los críticos y de los públicos».
Heras León, por su parte, calificó al corpus literario de la poetisa matancera como uno de los más importantes de la poesía cubana de todos los tiempos. Luego rememoró, entre otras, anécdotas de cuando ella se convirtió en el «amor platónico imperecedero de mi adolescencia»; de cuando le organizó el primer homenaje en la Escuela Normal de La Habana, en 1956, «que me permitió conocerte y quedar anonadado ante la espléndida belleza que me abrió, una tarde, la puerta de Tirry 81», y el encuentro de ambos en 1983, después de tantos años sin verse, «en los que me provocaste una de las grandes emociones de mi vida, al enseñarme la flor, que ya era solo polvo enamorado, y el humilde poema que un niño de quince años te había entregado, aquel día, bajo la sombra de la estatua de Martí».
Finalmente compartimos con Barnet las emotivas y sinceras palabras con que concluyó su intervención: Estamos aquí, Carilda, porque tú nos acompañas a diario en esa ficción que es el tiempo; porque tú eres el espacio profundo, insondable, donde tantos quisieran estar, y porque tú eres el tiempo inmarcesible de nuestra juventud.
Foto cortesía de La Jiribilla
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