A través de su pintura… Fayad Jamís
Me encontré por primera vez con Fayad Jamís cuando fui a la galería atípica que queda en Alamar. Esta institución de literatura y plástica, que ostenta su nombre, me sirvió como cuna de mis primeros pasos hacia la narrativa. Desde entonces este hombre me ha seguido al correr de mi vida.
Hoy, El Moro, como le decían sus amigos, de padre libanés y madre mejicana, me ha llevado este 19 de octubre a la casa Dulce María Loynaz, ante Basilia Papastamatíu, que conduce la tertulia Ciclos en Movimiento, para por medio de otras personas, hablarme de él.
Se reunieron en su 80 aniversario, a las 4 de la tarde, los amigos más allegados: Luis Marré, Pedro de Oraá, Jaime Sarusky y Pablo Armando Fernández. Entre el público se encontraban además César López, Marilyn Bobes, la viuda de Guichi Nogueras, entre otros.
Pedro de Oraá prefirió hablar de la obra plástica entre la numerosa y conocida poética de Fayad. Este poeta y pintor puntualizó que “no fueron paralelas estas dos vertientes en Jamis, aunque hay una interacción entre su literatura y su pintura, ya que había una profunda necesidad de comunicarse por el autor”.
Existían en sus dibujos un co-relato que los hacían brillar a pesar del abigarramiento de la tinta: las imágenes del bohío y las palmas, el crepúsculo, el misterio de esa hora en el claroscuro. No estaba definido aún su estilo, como no lo estaba en su primer boceto de libro neorromántico Brújula.
Los palpados y el polvo es para Oraá donde se oye por vez primera la voz del poeta: el temor al exterior, el enclaustramiento. También se notan en sus dibujos hechos en una tinta oscura, aguada a la acuarela; todo esto por el tiempo de asesinatos y violencia en que vivía la isla bajo el régimen de Batista.
“No se encontraba en sus cuadros una ventana… habían muebles desvencijados, un gato con ojos fosforescentes…”-argumentó Pedro de Oraá.
Por esos días Fayad Jamís emigra a Francia, no solo por la violencia de esos tiempos sino porque quería buscar nuevos horizontes para sus pinturas, encontrar lo que no veía en San Alejandro, la academia de pintura cubana. Allí conoce a los surrealistas y a algunos dadaístas que lo impresionan notablemente. Su estancia es precaria y vive, junto con Oraá, en un cuartucho provisto de una cama que turnaban: los días pares para Fayad y los nones debía dormir sobre el periódico dispuesto en el piso. Fue soldador y pintor de brocha gorda, para sobrevivir en ese París que no se le
despertaba con la visión de los románticos.
“Era un pintor puro, con la pureza que da el hambre”-define Jaime Sarusky a su amigo en los apuntes que narra la estancia en ese cuartico. Y lo recuerda en su biblioteca de libros raros, con ejemplares encuardenados con cuero.
El cuerpo del delfín es la recuperación de lo esencialmente cósmico, un salto de la realidad, una mutación del poeta. Luis Marre tuvo el honor de pasárselo a máquina; así conoció el original y vió, como dijera Lezama: “el rumor del agua del cuerpo de la poesía de Fayad”.
En este tiempo nacen las viñetas. Esos cuadros suyos, hechos por la pluma de tinta n
egra, relatarían el instante de la historia y no serían interrumpidas solo por la muerte del autor; estarían en concordancia con su libro La pedrada, en el que hay una pérdida de la niñez.
“Fayad Jamís sí tiene quién le escriba”, fue el nombre adoptado para la exposición de sobres de cartas que convirtió en objetos de arte. Ya antes había ganado el premio Casa de Las Américas con el libro Por esta libertad. Luis Marré nos devela que fue hecho por encargo con el propósito de musicalizarlo, cosa que nunca se hizo.
Ya era avanzada la tarde y el público se perdía entre los aplausos, recuerdos y lágrimas furtivas de Jaime Sarusky; en la memoria de la enfermedad del amigo, que no dejó que lo atormentara, ni atormentara a sus más allegados. La esperó, sabía que llegaría hace más de 20 años, estaba preparado: es el destino de todo el que vive. En el jardín, de la casa de Dulce María Loynaz, mientras bebíamos del té frío, lo vi abrir la verja de hierro, quitarse los zapatos y antes de pasar el umbral, lanzarlos, cariñosamente, contra el mundo.
