Testimonio de vida
Fue Obdulio Fenelo quien me facilitó El nuevo periodismo. Transcurría el año 2009 y yo no sabía de Ferry Southern, Joe MacGinns, Rex Reed y de todos aquellos monstruos que en la década del sesenta emprendieron la renovación de la prensa estadounidense. “El Fene” juzgó imposible que un corresponsal de Cubaliteraria desconociera tan exquisita tradición y en un súbito arranque de sabiduría doctoral me dijo: «Toma, para que bebas de los clásicos».
Confieso que pasé varias semanas con la sensación de ser un escritorzuelo decadente. Era imposible que mi pluma pudiera emular con algunas de las frases encontradas en aquel libro: una sentencia como «Ava Gardner anda majestuosamente en su rosada jaula leche-malta cual elegante leopardo», encabezando una simple entrevista, se me antojaba una línea extraviada de alguna novela de Salinger y me hacía comprender por qué los escritores del momento no tardaron en atacar a unos reporteros que se tornaban peligrosos rivales.
Pero mi mayor lamento iba en otra dirección. ¿Por qué otros reporteros no me regalaban imágenes como estas? Los debates amenazaban con sumergirme en el más completo escepticismo. Afortunadamente por esos días llegó a mis manos Páginas volanderas, libro que recoge una selección de los artículos publicados por María Antonia Borroto a lo largo de su carrera periodística. Desde el mismo inicio, el volumen me pareció una suerte de testimonio de vida, un espacio construido para salvar lo más valedero de un ejercicio profesional al que, dolorosamente, se decía adiós. A pesar de este poderosísimo motivo su publicación no me pareció una idea feliz. ¿Qué sentido tenía divulgar lo ya divulgado? Más tarde el propio volumen se encargaría de responder mi interrogante.
Uno de los méritos de este tránsito de la frialdad del diario a la intimidad del libro es el cambio que opera en la percepción del trabajo de María Antonia, faena que en la inevitable seriedad del semanario, me pareció demasiado tímida. Nada de eso, en sus casi once años de labor periodística
La valentía de esta escritora se advierte en el artículo “Ni ángel ni demonio”, allí María Antonia se pregunta: «¿Qué sucedería si desaparece la electricidad?» y acto seguido responde: «Para los cubanos eso no es difícil de imaginar.» La problemática económica, tan peliaguda y difícil para la mayoría de los corresponsales, se enfoca aquí mediante la eficaz herramienta del humor. Mas no se piense que estamos en el inicio de una disquisición sobre desempeño económico. Nada más lejos del asunto. Se trata simplemente de una crónica destinada a analizar nuestra concepción de la televisión y el chiste que lo encabeza, de muy mal gusto para un periodista de estos tiempos, será la única referencia a lo que maliciosamente llamamos “la situación”.
Alguna vez al reseñar Palpitación de lo diario. Un modernista llamado José Martí, afirmé que por la destreza y rapidez con que entra y sale de ciertos asuntos, María Antonia es una consumada esgrimista. Pues bien, este nuevo libro reafirma lo atinado de mi valoración. Recuerde solo un detalle: la muchacha que todas las mañanas se encaminaba a la redacción del Adelante, era la misma que de regreso al hogar se sumergía en problemáticas un tanto más literarias. Luego, es normal que la una contaminara a la otra, que los touchés aprendidos en la redacción, sirvieran luego para enfocar determinados temas de naturaleza culturológica.
Estoy de acuerdo con aquellos que afirman que Páginas volanderas es un libro que transita de lo social a lo personal, pero cuidado, ello no significa que el tono íntimo predomine en los últimos trabajos, aquellos que resultan muy caros para la autora, como el de la revista digital
La belleza de este volumen no radica solamente en la variedad y excelencia de sus artículos. Como objeto, Páginas volanderas es también un libro hermoso. Los que piensen que exagero pueden descorrer sus páginas, allí, agazapadas tras los comentarios, encontrarán las ilustraciones de Joel Besmar, uno de los artistas camagüeyanos más interesantes del momento y cuya actitud de creador es tan perfecta como sus propios cuadros.
Aunque parezca increíble el mérito principal de Páginas volanderas aún no ha sido dicho. Enunciarlo me obliga a regresar al libro de Tom Wolf. Allí escuché hablar de una generación de periodistas que, en aras de aumentar la calidad de sus reportajes, decidió vivir el suceso noticioso. Ignoro si María Antonia conoció la labor de estos personajes, pero una cosa es cierta: para historiar la vida espiritual de la comarca camagüeyana —su principal misión en los años en que trabajó en el Adelante— la periodista de tez blanca y porte antiguo se fue a vivir con los bohemios y trashumantes. Cuando llegaba un peludo con sandalias a la redacción, la recepcionista decía: «Viene a ver a María Antonia». Tales compañías le ganaron mala fama entre los practicantes del viejo periodismo, aquellos que no entienden que la evaluación de un hecho cultural solo puede ser resultado de la observación sistemática del mismo.
Hoy, María Antonia Borroto imparte clases en la filial camagüeyana del Instituto Superior de Arte. Una inevitable decisión la alejó del ajetreo periodístico, pero no nos lamentemos, de aquellos años quedan estas páginas, testimonio indiscutible de que periodismo y literatura pueden andar unidos.