Haydée Arteaga: la señora de los cuentos
Desde tiempos inmemoriales —salvadas por la tradición oral, la magia y la fantasía— las dotes singulares de la fabulación han resultado un enigma y también un placer, como en los mitos de los orígenes, expandidos por diferentes regiones, desde África y Oceanía a las heladas tierras del norte escandinavo o en las montañas y estepas del Asia, sin olvidar las leyendas ancestrales de los pueblos oriundos de nuestra América.
La palabra —como una suerte de privilegio humano— es el germen de la vida y la sustancia del arte, y también de lo que conocemos y llamamos como cultura, aunque nos llegue a través de trovadores y juglares, chamanes, gurúes y brujos tribales. Sobre ella se erigen las raíces del arte de la narración oral, que en nuestro país ya cuenta con infinitas réplicas y multiplicaciones, de una ciudad a otra, por todo el archipiélago, para dejar de ser cántico de un círculo limitado de personas, y traducirse en esperanza y amor de miles de hombres y mujeres, de todas las edades, religiones y razas.
En ese concierto que traslada y transforma el proceso vivo de retroalimentación narrador-escuchas, la literatura alcanza un horizonte infinito, desde la voz y el gesto de cada intérprete de un cuento o de un relato, hasta un testimonio o una historia. Dentro de esa colectividad sobresale la señora de los cuentos, doña Haydée Arteaga, con sus lúcidos y dinámicos noventa y cinco años de existencia y de infatigable labor.
Al entregársele la Placa Medalla al Mérito de la Oralidad 2006 —otorgada, por primera vez, por la Cátedra Iberoamericana Itinerante de Narración Oral Escénica (CIINOE)— declaró: «Este premio no es mío, sino de Cuba y de todos lo que me quieren; se lo entrego a la Revolución cubana», además afirmó considerarse un cuento vivo.
En el 2006 recibió otra alta distinción, el Premio Nacional Cuentería, del entonces Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello, hoy instituto cultural, por su actividad sistemática con niños, adultos y ancianos, en escuelas y en otros espacios públicos y sociales, en los que, desde la narración oral, ha contribuido al enriquecimiento del espíritu humano, gracias a sus excepcionales dotes de comunicadora.
Este año, mientras celebra sus noventa y cinco años, casi centenaria, se rinde tributo a esta niña negra y humilde, que nació a orillas del río Sagua La Grande, y que tuvo en su abuela —verdadera maestra de sabiduría— la guía de sus pasos, con aquellos cuentos que brotaban de la experiencia de la vida y de la tradición oral, una cultura que asienta sus raíces en las tierras de África.
Pequeña era, de cuatro años y ya sabía leer y escribir. A los cinco se presenta en su poblado natal ante el público, luego emigra con su familia a la capital, en la que participó en concursos literarios y estudió música, graduándose más tarde como profesora de Solfeo y Teoría, porque el piano, como intérprete, lo había abandonado.
Su mayor placer es la lectura, quizás por eso devoraba versos y narraciones en la adolescencia y juventud, y estuvo entre aquellos soñadores que encontraron en “La hora del cuento” —espacio creado por el poeta Eliseo Diego en la Biblioteca Nacional José Martí— al maestro que perfiló su vocación; en su caso le mostró el camino de la narración oral, en los años 60 del pasado siglo.
Años más tarde, y desde otra arista de su labor, asumió la dirección de «la única escuela de narración oral que existió en el país como parte del Plan Cultura-MINED, ideado por la doctora Consuelo Porto, quien llamó a varias personas para que la ayudáramos con el proyecto. Estuvimos preparándolo durante todo el 69. Los alumnos venían de todo el país a La Habana, a recibir el curso, y después regresaban a trabajar», como declaró al diario Juventud Rebelde.
El arte de la narración, el semillero de la literatura y de la vida como alimentos nutren el discurso de esta mujer que ahora, en su novena década, trabaja en el Centro Histórico, en varios espacios como la Biblioteca Rubén Martínez Villena, y en la Casa de la Obra Pía, vinculada a la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, a donde se traslada, voluntariosamente —incluso venciendo las dificultades del transporte— ya que no es inusual verla en una parada de ómnibus, o desandando las calles habaneras, apoyada en su báculo de madera o en sus familiares y amigos.
Otro costado suyo es la escritura, como lo demuestra un cuaderno de cuentos dedicado a la infancia Namach, en el que reunió tanto piezas propias como versiones de fábulas tradicionales, creación en la palabra escrita que también expresa esa longevidad de Haydée, narradora sapientísima y llena de energía, siempre con actitud y mente positivas, las que le han permitido explorar en otros países de América, intercambiar experiencias y narraciones en México y Venezuela, viajes que además nutrieron todavía más su imaginación y que ella continúa compartiendo con cubanos y cubanas.
