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Poesía de Francisco de Oraá

Tropos, 26 de octubre de 2010

La poesía de Francisco de Oraá es una de las más importantes contribuciones de la Generación de los 50. Su profundidad psicológica, su riqueza simbólica, su enorme capacidad imaginativa impregnan sus versos de un insondable misterio comunicativo. A pesar de la elasticidad de su versículo, del desembarazo de sus composiciones en pautas tradicionales, del empleo de múltiples recursos oníricos, es evidente su filiación estética generacional, pues nunca le falta la impronta coloquial, la tonalidad conversacional característica. Pero sus poemas entran en la complejidad del sujeto con una veracidad y agudeza notables, y buscan las verdades profundas, más allá de la inmediatez referencial de lo histórico, por lo que establecen correspondencias con diversas actitudes expresivas de la poesía cubana y mundial. Su coloquialismo es íntimo y de gran densidad asociativa, incluso en aquellas composiciones que tienen como eje básico la celebración de un fenómeno o hecho exterior y colectivo. Jamás se diluye en el habla diaria, o se desliza por la rampa periodística, o se constriñe a la crónica ciudadana, o desciende al mero juego irónico, sino que pone en vibrante tensión las cuerdas del individuo en la aprehensión de lo social o lo existencial. Leer la poesía de Francisco de Oraá es penetrar en un cosmos de alta calidad artística y de gran profundidad humana. Las nuevas generaciones de poetas cubanos han expresado de múltiples modos la admiración y simpatía por su quehacer lírico.

ROBERTO MANZANO

FRANCISCO DE ORAÁ (La Habana, 4. 7. 1929-Íd., 27. 2. 2010). Premio Nacional de Literatura 1993. Algunos de sus libros de poesía son: Es necesario, Ediciones Belic, La Habana, 1964; Por nefas (1954-1960), UNEAC, La Habana, 1966; Con figura de gente y en uso de razón, UNEAC, La Habana, 1969; Ciudad ciudad, Premio Julián del Casal de la UNEAC 1978, Ediciones UNIÓN, Ciudad de La Habana, 1979; Bodegón de las llamas, breve antología, 1979; Desde la última estación, antología, 1983; Haz una casa para todos, 1986; La rosa en la ceniza 1947-1986, antología, prólogo de Enrique Saínz, Ediciones UNIÓN, Ciudad de La Habana, 1990; La noche y su fulgor, Colección Premios Nacionales de Literatura, Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana.



LOS PADRES DEL POEMA

Miraba a fondo, cuando niño,
con la atención metida en sueño,
las pensativas manos del carpintero, así
como se asiste al nacimiento de la flor;
y pienso que los ojos del carpintero adquieren
el olor melancólico de la madera.

He observado por tiempos
las metódicas manos del albañil
como el que espera el resultado de las horas;
y pienso
que los oídos del albañil toman prestado
el vuelo al agua,
el meditado peso de las cosas gentiles,
y su pensar la absorta desnudez de la piedra.

Y sé que manos de albañil, manos de carpintero
son manos con gracia como
la mar nocturna de la madre;
tal como poeta es un modo de santidad.
Y quien estiba los dormidos cuerpos que hace el hombre
recibe su compacto peso, la obstinación que distingue
a la vida frente a la callada mordedura del tiempo.

Y el que amasa la silenciosa obstinación de la materia,
le piensa nuevos espejos a la vida,
mueve las formas, instaura sitios,
es como aquel que saca música del puro espacio,
le toma el peso al tiempo, las intenciones a la noche,
hace que exista lo que no es
y, como consecuencia amorosa, extraño hijo,
su mirada consigue la dureza del árbol frente a la muerte.

Y contemplando los delgados gestos del pescador
que se hunde de cuerpo en la noche abstrae del agua
plata dormida como escondidos ojos,
peina la redecilla luminosa del mar
como escandido tiempo,
he recordado que el poeta
enreda peces como sonidos, ojos dormidos en su red.

Así también quien con la tierra
se ha maridado, en nupcias de albas
y atenta unión de noche, empuje diurno,
con sólo término en ella,
como que tiene la costumbre de la noche
y en sus manos el gusto de lo secreto,
agua sus ojos una lenta profundidad como quien mira el tiempo,
crece la voz del campesino con vegetal paciencia.

CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD

Hemos nacido, nos levantamos de la noche
tiempo adelante, muerte atrás; y nuestros ojos
han de nuevo nacido
y todas las cosas con ellos:
con alba ungimos ya los ojos de los seres,
con fresco nombre ungimos su
tiempo resplandeciente.

Pero no nos quedamos a nombrar sólo:
pensamos la ciudad:
la pared sea como mirada femenina,
las alcántaras como la raíz de la rosa,
el hormigón entienda a la alegría,
la dócil soga trate con la sed,
la podredumbre ya como puerta de año,
la memoria dé un paso al alba;
pensamos la ciudad, su joven vuelo:
los pies del sueño crecen con andamios,
el terco encabillado es la osatura
del vuelo, los encofrados, el hombro de la alegría,
los arquitrabes, el desnudo pensamiento de la ciudad:
tocamos ya las vestiduras aéreas de la ciudad,
sus pies, los monumentos a su edad, luces de piedra para sus cabellos;

comienza la ciudad a trabajar dentro del sueño,
y su ascensión hacia el espejo; entonces
numeramos la piedra
necesaria al espacio para salir a ser; ordenamos
los compartimientos del tiempo; calculamos
la vida, nos adelantamos a la sed, a la posible fiebre
del ser, la luz que gasta y
los alimentos que pide el tiempo, aun
los residuales que agrega la vida: damos forma al espacio
que ha de colmarse de sonrisas.
Y así, con blandos seres de pie, con delicada piedra,
con atónita loza,
y con la inacabable memoria de la tierra, asfalto antiguo
como la noche,
con los jugos que el tiempo y la materia dan para el hombre tocar su sueño,
con meditado mineral unido como espejo, en fin
con la sagrada, femenina, maternal, sola sustancia,
y con el agua, por el agua ayudados;
y la sudada
danza, voluntariosa sed, voluntariosos ojos, la siempre joven sed
con alas; con la fatiga y con
la alegría en los ojos del hombre
y las imágenes y el sueño
moviéndose en cuerpo de máquina,

                  entra en el tiempo la ciudad,
la ciudad se levanta,
se olvida el mar ya levantado, y danza ciega
sobre la eternidad, sobre la noche pero
sobre la tierra; mirada ígnea en el tiempo,
joven babel por cuántos ojos
da salidas al fuego,
y por su inagotable riñón el agua piensa
y por ciego cordón nutre la noche sus pies,
pero sobre la tierra:
como agua o sueño se transforma, y por sus ojos
toca el sueño las manos del sueño, la cabeza
del tiempo, sus ojos el tiempo;
y desde la cabeza de la ciudad, el agua
a ungir las alas de la alegría, el tiempo
de la sed: su creciente
cinturón es la noche:
debajo el cielo, más bella aun que el cielo la ciudad!

Y sobre la ciudad el transparente fuego de las palomas.

No es este el sucio espacio de la muerte,
cochino tiempo de los muertos,
sueño tullido del espejo enfermo
ni la gravitación del anciano hacia atrás
ni el tiempo de cemento del tullido:
allí de pie
la risa del hombre,
el día del hombre, la brisa del hombre,
el domingo de piedra del hombre!
Ciudad del hombre! Sueño de
todas las manos, hijo de
todas las manos, gozo de
todas las manos, para todos!
Sueño de todos los ojos
en espejo común.
Y casa de
la vida, que comienza con oficios,
que toma nombre con oficios,
nombres con la sustancia del sueño,
que bien vale nombrar:
                                 El zapatero
cuñado de la danza; el cordelero
que ata a medida la velocidad y el sueño
a peso; el carpintero (parentesco: la vida)
que da al espacio su postura; el albañil
que da detenimiento frío al sueño
(parentesco: el poeta)
y el mecánico que guarda un secreto rítmico
y el que saluda desde la velocidad, traslada el sueño,
y el descubridor después de las imágenes,
y el maestro, el pariente del tiempo; el campesino
que participa misterios con el vientre de la vida
y oye agrandarse el sueño de la semilla, las hojas negras del tiempo,
que con honor habremos de llamar:
el partero, el alimentador, el amistado
con el nutriente silencio, quien de la mano trae
la fresca sustancia antigua a nuestra boca;
y el pescador padre de aguas
extrayendo del fondo nocturno
la plateada cuerda de la vida;
y el juez de sitios y costumbres, distribuidor de las satisfacciones,
y el panadero hermano de corderos,
y el que ata formas para recibir la luz,
y el que maneja el fuego de frente, y el minero
que se oscurece para sacar el día,
y el soldado que cuida las formas a la patria,
y el que inventa los nuevos oficios de la vida,
y aquel que con extraño oficio
y paso desconocido a nuestro oído,
con voz oculta en nuestras calles,
maneja noche, alza espacios a que la vida quepa,
hace volar nuevos ojos.

                                    Saludos
a los que han puesto la belleza, nombrado espejos
a la sed de los ojos, a la alegría del hombre!
Nombres interminables como el sueño
                                                  —A ellos salud!
Su calidad interminable de aguas,
su creadora cantidad de ser
                                             —A ellos salud!
El sueño alumbra la ciudad. Y, a la tarde,
una columna indica el sueño al hombre,
un techo bendice el cansancio del hombre,
y nuestra silla contempla un parque con silenciosa sombra para velar el amor,
y el santo olor de los establos como anciano medita con el humo, con el humo seño-rea la
         tarde,
y nuestra sed con cascos no tendrá fin en la llanura:  amarraremos más allá del humo,
nos tenderemos a la orilla del sueño marino,
y nos rodea la familia que decimos gramínea, el bosque que movemos ganado;
y en tanto el humo inclina a la ciudad hacia la sombra
contemplamos el sueño inacabable como algodón que cambia sus posturas,
tocamos un voluntarioso espejo que va tomando rostro con el tiempo
y para bendición de nuestra silla, para que nuestros ojos
reciban ya la copa de la noche,
las palomas pensando sobre la ciudad, siempre.

Pero sería nunca terminar
pues la ciudad nunca termina.

No acabarán nunca los ojos de la rosa rupestre,
no terminan las manos del hombre,
la sed del hombre no termina, si su vuelo
no terminan las estrellas,
la voz del hombre no termina porque el espacio aumenta sus oídos,
los pasos del hombre no terminan
y los ojos del hombre no terminan de pensar palomas sobre su cabeza,
para formar su último espejo.

Y no termina el río de los ojos
ni la sedienta sustancia ni el ansioso
erizo de las direcciones,
la transparente noche de los vuelos,
ni el gradual anillo de árboles para los enamorados pasos,
ni el sistema de aguas llameantes del amor,
ni el demente trabajo del espacio, nocturno hueco de donde salen las formas,
no acaba el agua de las formas:
prosigue la Ciudad, queda el poema
para una herencia de ojos.

SOL MEDIANTE

ESA OSCURA PERSONA

1

Siento vergüenza ya de lo que escribo
y no soy quien escribe, es un extraño.
No hago mi vida —¿a quién culpar del daño?
Habrán de perdonarme lo que vivo.

El verso se hace solo, y lo recibo;
él dice lo que quiere y yo me engaño.
Mi palabra seré y estaré vivo
cuando yo llegue a ser de mi tamaño.

Subo del fondo, estoy yendo a mi encuentro;
desconozco mi imagen, voy a tientas,
mucho más cerca mientras más distante.

¿Sabré quién es el que se esconde al centro,
esa oscura persona que me inventa
para ser a mí mismo semejante?

2

A pie de obra hasta la muerte, hasta
que no puedan mis hombros con el mundo,
de pie en la nada a cada instante fundo
el ser que no termina, que no basta.

Y hago forma de luz la noche casta
que llama silenciosa en lo profundo,
para que me ame con su amor me aplasta
y yo sea un olvido de este mundo.

Construir casa al espíritu en el habla,
enamorándola que huye y hostiga
la luz que busco pero nunca nombro.

Habla —pobre ladrillo, pobre tabla—,
carga serás al hijo que me siga
y haga su obra de pie sobre mi escombro.

3

¿Seré un libro que en polvo se deshace,
que un hombre tirará por la amargura
o las palabras al oído oscuras?
¿La imagen que dejé no satisface?

Que alguien, con los años, nos rehace.
…Si muere la memoria en que se dura;
nada alcanza su misma forma pura;
la vida aprende a ser con el que nace.

Si la vida me duele todavía
y yo no quiero ya que se me quiera;
no quiero hacer sufrir, y me desprecio

por ser el último, la porquería,
que no me llore nadie cuando muera:
toda mi vida he sido sólo un necio.

4

Terminaré, ya he terminado, y sigo;
cada nuevo dolor será más grande.
Oscura ley me ordenará que ande,
y anda el amor muriéndose conmigo.

Acepto. Es el descanso si me ligo;
no más error o sufrimiento mande.
Soy sólo mientras su rigor no ablande
y no soy si no quiere mi testigo.

Lo que sucede no es porque yo quiera:
mi vida oscura alguien oscuro me hace.
La noche madre con su ley —no hay modo,

no hay soledad— y la locura afuera.
El padre Sol sea fin al desenlace.
En agua voy a arder ya siendo todo.

SOL SOLAMENTE

5

Extrañeza de estar
CINTIO VITIER

Sé bien que estoy en esa ciega casa
donde no hay entrada ni salida
—¿en su vacío corazón? ¿La vida
pasa dentro de un río que no pasa?

¿Y en homenaje a quién la absurda masa
en el frío silencio está encendida?
Sabor tiene la noche de caída
y estar es alegría única, escasa.

Extrañeza de ser, de estar asombro:
en su lugar, a su medida, cosa.
Nudo de noche, la honda bestia brama

y el agua del amor ya se rebosa:
transfigurado en llama el ciego escombro,
el cuerpo en cuerpos como espejos ama.

6

Dentro es noche escondida ciego el toro
que devorando tiempo se devora
y hambre que de la nada se enamora.
La nada está mirándole su azoro.

Sale a ser luz sola en su rama de oro
—qué desolada luz desoladora—
y en espejos de amor desnudo aflora:
coro de llamas, álamos de oro.

Velocidad hacia delante alzada,
¡qué sabia redondez desnuda, lisa,
duerme en el vientre de la noche ciego!

De hueco asombro ante la muerte, risa:
¡Qué sabroso volar sobre la nada
bailando en las punticas del frío fuego!

7

Aún podré ver los árboles un poco,
agradeciéndoles su ser, el manso
río de sueño que pasa en las criaturas,
noche que el cuerpo esconde todavía,

imagen de la luz que en agua toco
—antes que ciegue en el vacío descanso,
mientras la muerte suave se apresura,
el mundo hecho un espejo a flor de día—

y sentir qué secreto relaciona
el álamo a la noche que murmura
de amor en habla ciega que no alcanzo.

Cuando entre sin cuerpo al agua oscura
en la imagen del Sol tendré corona,
me quedaré dormido en su figura.

8

Lugar donde se siente el tiempo apenas
y es más espacio, cielo sin corriente.
Se vuela en agua luminosamente,
se flota en luz sin formas, tan ajenas…

Quedan abajo, atrás, amor y penas;
arriba, afuera, música fluente
donde ya ni el estar ni el ser se siente
y la mirada mueve alas serenas.

Soledad de la luz, piel aparente,
infierno deseoso del vacío
y su desorden frío y transparente.

Sobre la nada —tiempo de este río—
a pasitos de son vámonos yendo
al silencio total, de nada riendo.

 
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