Federico: de la luna a la luz de los hombres

Federico sueña a manos de Teatro de las Estaciones. ¿Qué encuentra a su paso? A una mujer que ansía tener un nieto, a unas hormigas agobiadas por las labores, a unos novios que rompen su compromiso cuando estaban camino al altar, a un viejo titiritero con un matrimonio de títeres que reproduce los típicos problemas de parejas y los roles de género y que anuncian los personajes posteriores en la producción de piezas de retablo del granadino. Porque el sueño de Federico lo remite constantemente a los problemas de la vida diaria, la magia se fusiona con las vicisitudes cotidianas, con los celos y el desengaño. Dormido, Federico se prepara para vivir.
A todos parece que Federico del Sagrado Corazón de Jesús es un nombre muy largo para un niño solo, para un niño perdido en la noche. Insisten en llamarlo Galapaguito. Junto a la novia rana este niño no solo aprenderá a afilar sus inclinaciones poéticas, sino que desde el mismo sueño tendrá que enfrentar y asumir la pérdida y la debilidad de sus manos que no logran sostenerla y el viento la lleva consigo. Así, pues, la soledad será uno de los estados recurrentes por los que pasará el niño, luego del encuentro con cada uno de estos personajes itinerantes. También se asoma a los prejuicios patriarcales, a los cuestionamientos que pueden hacérsele a los roles de género heredados, al desgaste de un matrimonio de títeres en manos de un titiritero perdido en la noche, llevado azarosamente por el viento.
El retablo, el mundo del teatro al que este niño se asoma en su sueño por primera vez, se entremezcla con la posibilidad de un viaje a La Habana. Rosita no quiere ser la esposa sumisa y obediente a su marido regañón, quiere viajar, conocer, ir a La Habana, la ciudad donde se exiliaron algunos de sus primos a causa de la guerra en la Península Ibérica. El éxodo y el peregrinaje son comportamientos consustanciales a la raza humana, como demuestran estos personajes, y, del mismo modo, Cuba y el teatro se funden como referentes que en el futuro serán tangibles y entrañables para García Lorca.
Federico ha despertado, ya es un niño adulto. Pincel, teatro, poesía, música anuncian sus aficiones y variadas líneas de su desarrollo artístico. Al borde del amanecer termina la obra, porque él quiere ser eso para siempre, un poeta que comienza con la primera sonrisa y el verso por escribir, quiere pensar que perennemente se puede ser un niño frente al primer nacimiento del sol, “con el dulce mañana intacto”.
¿Hay, entonces, peripecia, cambio de fortuna en esta obra? Negarlo sería pensar que, por ejemplo, Prometeo en la obra conservada de Esquilo no sufre una transformación, algo que no es cierto, si entendemos que este termina despeñándose desde las alturas a las que ha sido atado, decidido con testarudez a no revelar su secreto. Federico parte de un sueño, está dormido y perdido en la noche. Como el titán de la mitología griega, ve pasar a distintos seres que se cruzan con él en la vastedad de la vigilia. Hasta que decide moverse. Pasa de la ensoñación al despertar, lo que ya entraña un cambio. Conoce de los sufrimientos humanos y de las frustraciones de los que se le acercan. A diferencia del dios mitológico, Federico es muy pequeño para tener razones contrapuestas a lo que dicen, por lo que se limita a escuchar y a aprender. Ha crecido en el vientre oscuro del anochecer, y se encamina al alba, hacia lo desconocido con la información que ya tiene. Protegido por los lánguidos y luminosos brazos de la luna, sabe que ha de tropezar, de amar, de sufrir, porque a eso los hombres llaman vida. Va de la sobreprotección en el seno de la madre a la soledad y el peregrinaje. El dramaturgo nos presenta al niño en el umbral del camino y al adulto en el final de la vida, unidos por la misma mirada soñadora, por la magia de la primera vez que las dificultades no lograron apagar. Hay un salto entre el niño recién asomado al mundo y este hombre que vuelve con la mirada intacta, a salvo de las profundidades, que los sufrimientos no le han robado el brillo de sus enormes pupilas, y se presenta con sus grandes ojos donde cabe la noche, y con el olor y la sal del primer amanecer.
El diseño de Zenén Calero reafirma su indiscutible y elevada calidad en esta puesta con que Teatro de Las Estaciones celebra sus quince años, que, en manos de un equipo dirigido por Rubén Darío Zalazar, dan vida a la noche de teatro en que Federico toca sueños tan distantes como una isla del Caribe y una rana con velo de novia. Los actores continúan creando una interdependencia entre ellos y los muñecos, relación esta que en las puestas de Los zapaticos de rosa y La virgencita de bronce ya mostraban al títere en una dimensión privilegiada. Cada uno de sus gestos es asumido como acto de magia, como encarnación de lo imposible, como una marabilia en sucesión. El actor experimenta las sensaciones del muñeco y a la vez se extraña de sus actos, en la conjunción de ambos. El extrañamiento de los intérpretes ante los comportamientos del títere se vuelve veneración.