Para develar una tarja
Muchos años después, en el acto para develar una tarja que perpetúa la memoria de la presencia de José Lezama Lima, entre 1962 y 1969, en esta edificación de tanta raigambre cultural, su auxiliar durante aquellos años, aquí presente como invitada de honor, recordará, sin duda, innumerables anécdotas y su etapa de aprendizaje junto con el ya entonces reconocido Maestro de la Cultura Cubana. Ambos trabajaron, fuese bajo los auspicios del Centro Cubano de Investigaciones Literarias del Consejo Nacional de Cultura (1961-1965), fuese bajo los de la institución que le sucedió y reorientó sus perfiles de acción hacia otras vertientes de la investigación literaria a la vez que los ampliaba hacia los entonces inéditos entre nosotros estudios lingüísticos, es decir, el Instituto de Literatura y Lingüística que hoy lleva el merecido nombre de su fundador y guía durante mucho tiempo, José Antonio Portuondo Valdor; ambos trabajaron, decíamos, en importantes proyectos como la Antología de la poesía cubana, la edición de las obras de Julián del Casal por su centenario, la compilación de las poesías y las prosas de Zenea y, tras crearse el Instituto, en 1965, en su primer proyecto colectivo de importancia en el área de los estudios literarios: el Diccionario de la literatura cubana (Cuadernos de trabajo), dedicado solo a autores, y que fue la base del posteriormente ampliado y publicado en dos volúmenes. Muestras quedan de la detenida lectura y revisión realizada por Lezama Lima, entonces asesor literario del Instituto, de varios de aquellos primigenios cuadernos, donde laboraron de modo activo y sobresaliente (cuantitativa y cualitativamente) otros miembros del ya para entonces extinto Grupo Orígenes: Fina García Marruz, Cintio Vitier y Lorenzo García Vega (este, trabajador del Instituto; los primeros, como colaboradores).
La todavía joven Revolución había propiciado que las asperezas, incomprensiones y enfrentamientos del pasado entre las posiciones ideoestéticas de quienes se agruparon en torno a Orígenes con Lezama Lima como centro irradiador y fuerza cohesionadora a un tiempo, y las de quienes formaban filas en una izquierda casi acorralada que entendía el mundo y la cultura desde otra perspectiva, fuesen limados y superados. Y todos pudieron convivir más o menos armónicamente entre estas gruesas paredes y majestuosas columnas. Pero los tiempos fueron cambiando y llegaron momentos difíciles para la cultura cubana en los albores de la década de 1970, cuando ya Lezama Lima no laboraba aquí. Vinieron entonces los tiempos de la negación y el olvido, por suerte transitorios. Así, en este momento de recordación y homenaje no deben pasarse por alto las vicisitudes de quienes, en mayor o menor medida, quisieron dedicarse, en la institución que nos acoge, al estudio de la obra de este Grupo, su revista y sus figuras y obras más descollantes.
Entonces, conviene rememorar también cuando a un principiante que aspiraba a ingresar en el Instituto y para ello debía demostrar sus aptitudes para la investigación, le fue denegada la posibilidad de centrar su trabajo en el teatro de Virgilio Piñera; o cuando los artículos biobibliográficos sobre algunos origenistas, fueron extraídos sin miramientos del Diccionario de la literatura cubana que Portuondo había dejado terminado con ellos incluidos; o cuando el libro sobre una miembro del Grupo Orígenes, escrito por un ya avezado investigador, debió soportar un prolongado proceso de análisis, donde intervinieron hasta personas no especialistas en el asunto, para poder ser finalmente aprobado; y, aún en los comienzos de los 90, cuando posiciones antagónicas entre Dirección y especialista no pudieron conciliarse, y el proyecto de creación de una Cátedra de Cultura (o Literatura) Iberoamericana que llevaría el nombre de Lezama Lima y radicaría en esta misma Oficina que hoy nos convoca al homenaje, se vio impedido de alcanzar la realidad. Son pequeños lunares que muestran algunas de las contradicciones de nuestro proceso cultural contemporáneo, no solo inherentes al quehacer del Instituto, y que para nada empequeñecen la historia de la permanente presencia de Lezama Lima y Orígenes, como sujetos y como objetos de estudio, en esta institución o edificación.
Lo realizado por ellos en la etapa del Centro Cubano de Investigaciones Literarias y en los años iniciales del Instituto de Literatura y Lingüística, que no es solo lo hasta aquí expuesto, se ha visto continuado en los acercamientos a sus obras, sea en proyectos colectivos como el Diccionario de la literatura cubana o la Historia de la literatura cubana, ya publicados, o como "Literatura en Cuba (1959-1998): Diccionario biobibliográfico de autores", "Diccionario del teatro cubano. Siglo XX" y "Diccionario de obras y personajes de la literatura cubana" (título aún provisional; los tres últimos en proceso de actualización y revisión finales), así como en estudios particularizados sobre autores, obras, problemáticas, publicados en libros monográficos o en compilaciones de diverso cariz, artículos y reseñas en las diferentes revistas de la institución, y hasta en eventos como este que nos reúne hoy, entre otros.

La tarja que develaremos es de una salomónica sobriedad. Lo escueto de su mensaje nos dice que “En esta Oficina trabajó Lezama Lima entre 1962 y 1969”. En su sencillez, sabiamente, se están conjugando varias instituciones, por lo que, junto con la presencia de Lezama Lima, se preserva la memoria histórica y la continuidad de nuestro proceso cultural, de la colonia al presente, y en particular la historia de esta edificación. Me explico: Para Lezama Lima y para muchos, en esos años iniciales de la década de los 60, aun cuando sus funciones estuviesen entonces paralizadas, este edificio era, como lo es hoy, la Sociedad Económica de Amigos del País —creada en 1793―, donde radicaba el Centro Cubano de Investigaciones Literarias del Consejo Nacional de Cultura, y donde se fundaría después el Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba— hoy del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente. Es decir, esta Oficina es síntesis de las tres instituciones. De hecho, desde hace años funcionan en ella la Presidencia y la Secretaría de la Sociedad Económica de Amigos del País. Lezama Lima tuvo sentido de pertenencia con todas, y todas quedan perpetuadas en esta tarja, junto con la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, que tan generosa y anónimamente, con la modestia característica del actuar de su Director, Eusebio Leal, la ha donado. Se abren las perspectivas y ya la Oficina, las tres instituciones que abrigaron sus proyectos y la Ciudad, la ciudad que tanto amó y escudriñó Lezama Lima, se funden en una misma y diversa cosa.
De inmediato, aquella joven auxiliar de Lezama Lima en su quehacer en esta Oficina y posteriormente acuciosa participante en numerosos proyectos de nuestro Departamento de Literatura, Antonia Soler Mirabent, develará la tarja que nos ha reunido en esta memorable ocasión. Muchas gracias.
Tomado de La Jiribilla
