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El poeta y París. Testimonio de la vida en una ciudad

Kaly Smith Llanes, 08 de noviembre de 2010

Cada país es un universo
Dentro del universo
Un hervidero de sueños y herencias
De quejas y sugerencias

Buena Fe

 

Hace algunos años cuando leí Los puentes de Fayad Jamís me estremecieron dos extrañas sensaciones. La primera se convirtió en una verdad doliente: París no era la ciudad que soñábamos. La segunda todavía estoy por descubrirla, pero me rasgó el pecho como si una cuchilla afilada traspasara un papel. Del poeta que me producía tales emociones poco conocía. Luego el deseo de develar la nube de misterio que abrazaba a ese hombre me llevó a investigar su nombre. Y Fayad me sorprendió una vez más. Figura emblemática de la Generación de los 50´, su desdoblarse en poeta, pintor, periodista, editor, traductor, coleccionista, profesor, y diseñador gráfico marcó para siempre la opinión que poseo de ese intelectual.

Fayad Jamís vive en París cinco años y deja testimonio de esa experiencia en su libro Los puentes. La capital de Francia, cuna del arte mundial desde los comienzos del siglo XIX hasta la década del 60 del siglo XX, se torna una rutina tormentosa para el escritor. Urbe de tal estatus debería encantar al visitante y arrastrarlo a recorridos intensos e infinitos por sus calles, pero no es así en este poemario, puesto que esos paseos se convierten en caminatas de angustia. Considerada además la ciudad más hermosa y glamorosa del mundo, no seduce en este libro. El brillo de René Descartes, Voltaire, Víctor Hugo, Émile Zola, Alexandre Dumas (hijo), Edgar Degas y Claude Monet ya no deslumbra al Fayad caminante, escrutador de lugares recónditos.

París, más que una ciudad es un país, un país contradictorio lleno de secretos y también de verdades poco ocultas. El coloquialismo, el surrealismo y una atmósfera cargada de símbolos plagan la poesía que Fayad compone allí. El escritor se apodera de todo cuánto la ciudad le entrega, y le arrebata todo cuánto esta le esconde. Es por ello que en esos poemas parisinos late una angustia diferente a la de otros poemarios, porque eso sí, toda la poesía de Jamís es angustia volcada al verso. Si de textos sobre “el deterioro, la pérdida, la trashumancia, el fracaso y la sed de amor y armonía de los individuos”1 se trata, pues Los puentes es uno de los más claros ejemplos de esta tipología dentro de su producción literaria.

El tono y los temas como los pesares y el desamparo recorren las páginas del libro, y el lector que se acerca a esta emblemática obra sufre con cada palabra, sin embargo, ese dolor que produce es como un despertar ante lo que tenemos delante. Es como si Fayad nos dijese: fíjense bien no todo lo que parece es. Porque el mito de la encantadora París se derrumba con el testimonio de una rutina atormentadora. Las acciones repetidas una y otra vez, ya sea de día como de noche, establecen un círculo vicioso del que solo escapa Fayad cuando recuerda su Cuba, su Habana o cuando la naturaleza del lugar que habita cual extraño le envuelve.

Parecen interminables lienzos esas descripciones del cielo, las piedras, los jardines, la lluvia, el río y los puentes, esos infinitos puentes que se abren paso por todo París hasta convertirse en un poco más de tres docenas. Pero el puente como signo, deviene punto tangencial en el poemario. El puente no es solo la construcción, la arquitectura admirada, sino también un estadio en la mente del escritor. Engarce con su tierra, con la raíz que lo llama es el puente. Esa construcción le permite salvar el espacio que lo separa de Cuba, le ayuda a sobrepasar el enorme obstáculo encarnado en océano.

Ese testimonio tajante, que lacera muestra “un ánimo expectante, en constante tensión, una visión que constata hechos y vivencias en precipitada sucesión, la existencia plasmada como un friso absurdo y tajante, extendiéndose en la multiplicidad de elementos cotidianos cuyo torrencial lo transmuta en incrédulo teatro”2:

No están muertos ni la luz ni el pan

ni el polvo que va cegando esos papeles

Hay algo que respira ahí cerca

Un pedazo de tierra descubierta entre dos árboles

Un árbol cuyas hojas han caído sobre los huesos de las golondrinas

Un perro con los ojos abiertos como un hombre que piensa

Un hombre triste y solo como un perro

(«Algo»)

Lo que queda de ese teatro, de esa instantánea del dolor más que “artilugio del discurso vigila”3 se vuelve constancia de no tener, de padecer la soledad en muchos de los poemas de Los puentes. Aparecen pues símbolos de ese sentir: la luna, los pájaros que emigran, los gatos, el humo, la nieve, los barcos, el silencio. Innumerables los signos de la angustia que pasan de un poema a otro cobrando nuevas maneras de exteriorizar la soledad:

Mi alma es una gran bahía

donde siempre hay un barco que se va

(«Mañana»)

 

Yo no comprendo mucho pero me siento un poco Robinsón Crusoë

Robinsón de esta terrible hermosa grande ciudad que se llama París

[…]

París comienza a despertar ya no soy un Robinsón

más bien un extranjero más bien un fantasma

 («Vagabundo del alba»)

La ciudad, ese pequeño país hostil, es una llaga sangrante en Fayad. Puesto que París acoge pero no ofrece la promesa de protección al que la habita. Los inmigrantes se reúnen, comparten sueños, cigarros, vino y hambre:

Aquí en el 22 de la calle ámbar

en una gran buhardilla de yeso y tablas de cajón

hay varios hombres que viven

cargando una playa anaranjada en cada sien

El japonés el yanqui el yugoslavo

y las pipas que soplan madrugadas sin aire

largos mediodías sin pan

(«22 Rue Delambre»)

Hay dos protagonistas en el poemario: el poeta y la ciudad. El primero es una especie de contador, él sabe lo que quiere decir de ese espacio que lo oprime, por eso el pintar un cuadro de las costumbres que conforman ese espacio. La segunda, dama expectante, le provee al poeta la anécdota, el retrato cotidiano. La miseria junto a los inmigrantes y los vagabundos habla de un París distinto a la deslumbrante imagen que se tiene de esa urbe:

Todas esas paredes todos esos pasillos

escaleras hacia el polvo y la noche

están llenos de seres humanos que quieren comer y vivir

(«Charlot y la luna»)

 

Un mendigo duerme abrazado a su botella vacía

la oscura boina por almohada

Los pájaros picotean y saltan cerca de sus pies

(«A la orilla del río»)

 

La descripción de París en esos largos paseos no ejemplifica odio por parte de Fayad, sino extrañeza ante el movimiento de una ciudad que no tiene sentimientos que brindar:

Así es París yo te lo digo que a veces sueño que recorro un mundo muerto

(«Vagabundo del alba»)

 

Esta mañana el Sena corría

bajo los puentes como un camino solitario

Las flores de los álamos caían sobre el agua gris

Los mendigos dormían al sol en la orilla

Reyes del hambre Reyes del Vino Reyes de la Mañana

rostros de niños golpeados bajo las boinas de tierra

La torre Eiffel invadida por turistas

sobre el callado río en medio del cielo de vapor azul

la torre Eiffel A grande oscura inútil

clavada en la pulpa del día

(«El sol va a caer»)

El espacio citadino también trae, dentro de toda la amalgama de pena, alguna que otra alegría. Se vislumbra en pocos poemas esa imagen de luz irradiada por la intensidad de una mujer o por el recuerdo de Cuba. La fémina viene a ser como el consuelo, la vía de escape a no morir ahogado entre las chimeneas parisinas. Pese a esto, la figura femenina no rompe con el tono melancólico de Los puentes. Sí, ella es una esperanza pero como todo anhelo del autor se ve envuelta en la niebla gris. La mujer es intangible, desconocida:

Estoy enamorado de la mujer que guarda las llaves de la noche

Ella se ha mirado en mis ojos sin saber quién he sido

(«El ahorcado del Café Bonaparte»)

 

El invierno será más hermoso

cuando tu cabellera desconocida

cubra el abismo blanco de mi almohada.

(«La vía láctea cae»)

Niña de agua en tus ojos una ternura amarga

despedía palomas de temor palomas mensajeras

que viene a dormir silenciosas en mi alma

Todas las horas perdidas todos los desastres

 iban quedando atrás Tú estabas ahí

en medio de la noche con algo de lámpara en los cabellos en la voz

 

No te conozco no sé de qué polvo esta hecha tu claridad

y ya eres como la estrella que siempre estuvo ahogada en mi sangre.

(«Octubre»)

 

En París suceden cosas extrañas

A veces la belleza se arrastra por las calles bajo los árboles

rachas de fuego del otoño papeles sin destino

Tú estás callada yo te cuento un cuento

Las palomas que bebían en tus ojos revolotean ahora sobre el Sena

(«Cuento árabe para Mariannik»)

Cuba será la luz que alumbra desde lejos, el faro que guía el camino hacia el futuro, hacia el regreso. La isla se dibuja como un deseo tan añorado que para el regreso se hace hasta lo imposible:

Yo regresaré a La Habana en una bicicleta

(«La cerveza del viento»)

   O bien un destello de semejanza se encuentra en algún lugar de la urbe ajena, para añorar con más fuerza al país lejano:

El cielo está azul los perros ladran en los puentes

como al amanecer en los campos de Cuba

(«A la orilla del río»)

 

(…) el cielo resplandeciente de Cuba

(«Mañana»)

 

La poesía de Los puentes, testimonio de la vida en una ciudad, evidencia de una angustia poco superable, es asimismo exquisita intertextualidad. En esta obra “se hallan elementos del cuento, relatos-testimonios, noticias, anuncios de la prensa, fusión de narrativa y periodismo”4 junto a un lenguaje “rebuscado”. Pero, ese lenguaje “rebuscado” no es refinamiento o artificiosidad del verso sino una cuidada y elegantemente pulida espontaneidad. Hay en Fayad un barroquismo que no abruma al lector, sino una peculiar manera –que va desde la apertura a la intimidad hasta la sencillez de lo cotidiano- de poetizar la vida. El poeta y París tienen una relación convulsa, difícil, llena de sueños que siempre fueron. Fayad sabe que París es una marca imborrable, una herida que sangrará en sueños porque “cuando levantamos la frente el sueño nos deja en ella una extraña cicatriz”5.

 

Notas:

1 Roberto Manzano: Poesía de Fayad Jamís, en Tropos, 4 de octubre de 2010, www.cubaliteraria.cu

2 Pedro de Oraá: «El correlato pintura-poesía en Fayad Jamís», en Unión, Ciudad de La Habana, Año IX, No. 36, julio-septiembre, 1999. p. 84

3 Ibídem 2

4 Historia de la literatura cubana. Tomo III, La Habana, Editorial Letras Cubanas, 2008. p. 115

5 Fayad Jamís: «El hombre que tose y estornuda», en Los puentes, La Habana, Ediciones R, 1962. p. 143

 

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