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Esa sustancia conocida con que amasamos una estrella

Ricardo Riverón Rojas, 15 de noviembre de 2010

(Apuntes sobre la poesía de amor latinoamericana)

 Hecha de noche,
 de mordedura, beso, insomnio,
 veneno, éxtasis, convulsión,
 suspiro, sangre, muerte...
 Hecha
 de esa sustancia conocida
 con que amasamos una estrella
.

Nicolás Guillén

Roberto Manzano, lúcido ensayista cubano, ha afirmado que en América Latina, siempre que vayamos a hablar de poesía, tendremos que remitirnos al modernismo porque ese, y no otro, es nuestro estado naciente de cultura.

Se refiere, supongo, a que con las propuestas de dicha corriente América Latina por primera vez logró deslumbrar con sus letras la exhausta visión de una Europa, a la vez que secular y dominadora, desgastada en decires retóricos: aquella gestualidad cortesana y gentil y aquellos relumbres a los que se afiliaron Darío, Lugones, Herrera y Reissig y tantos otros, si bien no marcaron pautas desde el ángulo temático, sí consiguieron elevar las cotas estilísticas hasta puntos de exquisitez pocas veces vislumbrados con anterioridad en la lengua de Cervantes.

La impecable versificación, el apego al musicalísimo alejandrino, la sutil armonía imitativa con que Rubén Darío (ya resuenan los claros clarines) vistió a su «princesa» de «finísimos tules», sirvió, entre otras cosas, para que en nuestras latitudes se inaugurara un modo de decir signado por la elegancia —en cierto momento devenida amaneramiento— bien lejana de la sugestiva rispidez romántica con que, por ejemplo, Pablo Neruda declarara posteriormente en el «Poema 1»: Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme. / ¡Ah los vasos del pecho! ¡Ah los ojos de ausencia! / ¡Ah las rosas del pubis! ¡Ah tu voz lenta y triste!

Concuerdo con  mi amigo Manzano, y en una casi insignificante medida. Lo complemento, pues si bien el modernismo fue la primera de las corrientes literarias cuya invención podríamos patentar a la par que nos situó de lleno en el mundo como continente poético, la limitación temática que en notable proporción acusara, me despierta suspicacias en lo tocante a su autenticidad en tanto molde donde verter a plenitud la frondosa idiosincrasia latinoamericana. ¿Dónde dejaríamos, si no en las actas de estado naciente de cultura, los Comentarios reales, del Inca Garcilaso de la Vega, el Popol Vuh, o, simplemente, Espejo de Paciencia, de Silvestre de Balboa? ¿O los Veinte poemas de amor y una canción desesperada con su total renovación del decir romántico, y hasta La amada inmóvil, por muchas razones paradigma de la tumultuosa sensibilidad que ya el romanticismo europeo había desbastado hasta la total lisura?

Tal vez la teoría del barroco latinoamericano —que usufructuara Alejo Carpentier como estilo para darle cuerpo narrativo a su doctrina estética de lo real maravilloso—, o el neobarroco de que nos diera noticia Severo Sarduy, pudieran aspirar también a la escurridiza categoría de «estado naciente de cultura» para nuestras letras. Porque lo cierto es que la literatura de cualquier región siempre se halla en «estado naciente» si atendemos a que cada corriente, en su momento, algo nuevo le incorpora a su anatomía lírica.

La confinación de la categoría de estado naciente de nuestras letras en el modernismo podría llevarnos a perder de vista el legado de nuestros grandes románticos del XIX, herencia que podríamos definir desde la siempre desbordante y delectada sensualidad con que los poetas que a ella se afiliaron identificaban el cuerpo humano con el paisaje y éste último con los diversos estados de ánimo del sujeto lírico-hablante. Un inmejorable ejemplo de lo anterior pudiéramos encontrarlo en la honda elegía «Fidelia», del cubano Juan Clemente Zenea, pues al llorar la pérdida de la novia, a quien diez años atrás había jurado amor eterno, recuerda el momento de la candorosa entrevista con que inauguraran el amor: Tomamos, ¡ay!, por testigos / De esta entrevista suprema, / ¡Unas aguas que se agotan / Y unas plantas que se secan! / ¡Nubes que pasan fugaces, / Auras que rápidas vuelan, / La música de las hojas, / Y el perfume de las selvas!

Por otra parte, resulta muy curioso que en pleno siglo XX (recordemos que Darío muere en 1906) la renovación más vivificante que recibe el modernismo acuse una procedencia eminentemente romántica, al publicar Pablo Neruda, en 1921, sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada para que en lo sucesivo quedaran fusionadas, en compacta masa molecular, las retóricas romántica y modernista. Es a partir de ese título que ninguna de las dos corrientes pudo seguir existiendo en estado puro. Y no es hasta el arribo de las inquietas y despeinadas vanguardias donde militaron con destellos fundacionales el creacionista Vicente Huidobro (sobre todo con Altazor), el inclasificable César Vallejo (principalmente con Trilce) y el dinamitero Nicanor Parra (en lo fundamental con Poemas y antipoemas) que vuelve el lenguaje de la poesía lationamericana a alcanzar un nuevo «estado naciente», definido desde una casi imposible y explosiva mixtura romántico-modernista-coloquial-surrealista.

Puestos ante tales antecedentes, no es hasta bien entrada la década del ochenta que una vez más dibuja el decir poético-amoroso latinoamericano un nuevo matiz, con el arribo de cierto estado de frialdad neoclásica que podemos apreciar, sobre todo, en muchos de sus textos emblemáticos.

Los años noventas y los dos miles, son de vuelta a modos ya antes autentificados, aunque algunas propuestas, a tono con corrientes globales, enfoquen la poesía (incluída la amatoria, por supuesto) hacia ciertas tendencias manieristas que pudieran parecernos de vanguardia.

Fuerte fue en los ochentas la tendencia a construir las poéticas personales, tras hondas destilaciones, desde una excesiva inclinación «intelectualista» casi siempre enrumbada hacia los poemas de tesis culturológicas, bien sazonados —es cierto— del postmoderno espíritu de remake, pero distantes de la apasionada raíz sensorial, voluptuosa y vivencial con que se vincula la mejor tradición poética latinoamericana de cualquier época o tema. Un poema como «Nocturno y elegía», del cubano Emilio Ballagas, pudiera ser un buen ejemplo de esa tradición ahora preterida: Dile que soy la rama de un naranjo, / la sencilla veleta de una torre. / No le digas que lloro todavía / acariciando el hueco de su ausencia / donde su ciega estatua quedó impresa / siempre al acecho de que el cuerpo vuelva. / La carne es un laurel que canta y sufre / y yo en vano esperé bajo su sombra.

Al repasar recientemente una de las imprescindibles antologías de poesía amatoria latinoamericana —me refiero a la compilada por Mario Benedetti y publicada por Casa de las Américas, por primera vez en 1969 y, finalmente en 1997, con una reimpresión corregida y aumentada en 1998— me pude percatar del diverso abanico de intenciones y gradientes estilísticos con que los poetas de nuestras tierras han abarcado el decir erótico, pues en ella se hace común tropezar, como bien afirma Benedetti, con poemas «sonoros como tormentas, exagerados como frutas de trópico» conviviendo con otros que —seguía afirmando el uruguayo– «resulta difícil rescatar de una peligrosa vecindad con la cursilería» para acabar interrogándose: «sin tales poemas ¿valdría la pena esta reunión de amores?».

Es el cuerpo humano (el cuerpo de la amada o del amado) el templo más valioso donde se vierten los jugos poético-amorosos de mayor trascendencia en nuestra lírica: ¿No se podría clasificar acaso como una pieza más que antológica el «Soneto de tus vísceras» de Baldomero Fernández Moreno, con sus simpáticas y desacralizadoras imágenes: Canto a tu masa intestinal rosada, / al bazo, al páncreas, a los epiplones, / al doble filtro gris de tus riñones / y a tu matriz profunda y renovada? ¿Y dónde dejaríamos el delicioso «Con los aujeros», del uruguayo Washington Benavides, que inmerso en los aires populares de la payada, canta: Te quiero más que a mis ojos, / más que a mis ojos te quiero, / y si me sacan los ojos / te miro con los aujeros / Y si me sacan la lengua / se deslenguarán mis versos / si me rompen los oídos / te escucharé por los sueños / que aprendí a comunicar / por ese oscuro teléfono?.

Resulta, por otra parte, innegable, que la poesía amorosa latinoamericana acusa indisolubles vínculos con los paradigmas musicales del continente: digamos el son, el tango, el bolero y muchos otros, de donde podríamos extraer ejemplos notables como el del poema-son de Nicolás Guillén titulado «Mi chiquita»:  La chiquita que yo tengo / tan negra como e / no la cambio por ninguna, / por ninguna otra mujer . // Ella lava, plancha, cose, / y sobre to, caballero, / ¡cómo cocina! // Si la vienen a buscar / pa bailar, / pa comer, / ella me tiene que llevar / o traer. O el texto «Dedicado a T. En un año» del argentino Noé Jitrik: ...especialmente “recuerdo que fue hace justo un año”, / pero que en nosotros no fue como en el maldito tango / sino un encuentro que creció como las batatas hacia el liviano cielo, / o como las estrellas en el viaje sideral de un astronauta

Algo que no podría escapar a la curiosidad de cualquier crítico que pretenda analizar la producción de poesía de amor en nuestra América, se localiza en la osadía, el desprejuicio y el desenfadado con que las poetisas se adentran en el tema en cuestión. Ya desde Sor Juana Inés de la Cruz se da por primera vez, en época de absoluta cerrazón y desde la rígidez conventual, la inusual y atrevidísima nota con un poema como «Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba»: Baste ya de rigores, mi bien, baste, / no te atormenten más celos tiranos / ni el vil recelo tu quietud contraste // con sombras necias, con indicios vanos: / pues ya en líquido humor viste y tocaste / mi corazón deshecho entre tus manos. Más adelante Delmira Agustini (labios que nunca fueron, / que no apresaron nunca / un vampiro de fuego / con más sed y más hambre que un abismo), Juana de Ibarbourou (Tómame ahora que aún es sombría / esta taciturna cabellera mía), junto a otras poetisas liderearían un poderoso movimiento feminista que, aún en esta primera década del siglo XXI, acusa resonancias. Elocuente ejemplo de lo anterior sería la cubana Carilda Oliver Labra: Me desordeno, amor, me desordeno / cuando voy en tu boca demorada; / y casi sin por qué, casi por nada, / te toco con la punta de mi seno.

La sublime armonía del cuerpo en comunión fecunda con el alma ha engendrado, para fortuna de nuestras letras, estas y muchas otras joyas que con mucho engrandecen el idioma. El amor, sentimiento a través del cual el ser humano remonta el espíritu hacia sus más elevadas cumbres sigue siendo, por tanto, el estimulador por excelencia de la vena cantable de cualquier persona que se considere poeta. Cabría entonces rendir tributo a la sentencia martiana: sólo el amor engendra melodías
 

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