Luis Cernuda: la sensibilidad de lo puro
Hay poetas que detienen el tiempo con sus constantes búsquedas de un lenguaje capaz de entregar un nuevo acercamiento a la realidad; otros, con solo contarnos sus cuitas personales, nos hacen participar intensamente de ellas. Hay poetas inolvidables, cercanos, dotados de la magnificencia de la imagen y que marcan, con el poder de sus versos, para siempre. La Generación del 27, indescriptible unión de autores, atesora, como pocas promociones literarias, las características antes mencionadas. Federico García Lorca, Rafael Alberti, Jorge Guillén, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Luis Cernuda son algunos de los más reconocidos dentro de este grupo de poetas y teóricos.
Uno de los más sobresalientes escritores de la Generación del 27, Luis Cernuda, a 47 años de su muerte, continúa conmoviendo a los lectores por la interpretación tan personal de los acontecimientos sufridos durante la guerra civil. La meditación, honda preocupación, por el desastre que deja la contienda anida en los poemas de Cernuda. El tono melancólico que embarga las composiciones sobre la guerra descubre el horror y el sentimiento tormentoso del español que ama su país y lo ve destruido. El poeta nos lleva a esa tumba gigante, nos conduce a la losa donde llora; y su reflexión se hace más profunda, más impresionante, más chocante cuando muestra al hombre alejado de su tierra, al exiliado: “densa como una lágrima cayendo / brotó de pronto una palabra: España”.1 Y destacan, junto a estos sentimientos de compromiso, el uso de una expresión “llana” proveniente del coloquialismo, la construcción de una manera muy personal, muy suya, para borrar todo barroquismo de sus letras.
Pero también sabe Cernuda desdoblarse y entregarse en delicados y nostálgicos poemas, donde el eco de la inquietud religiosa punza la esencia del hombre mismo; tal es el caso de “La familia”. Otras veces ese rumor religioso se esfuma y la pasión estalla en gritos que desgarran. Estalla en el interior del poeta una comunión de sentimientos que lo hacen contar sus dolores más íntimos: “Yo no podré decirte cuánto llevo luchando / Para que mi palabra no se muera / Silenciosa conmigo, y vaya como un eco / A ti, como tormenta que ha pasado”.2
La intensidad y la pureza de sus palabras se escurren en la armonía del suceso cotidiano que transforma a su antojo. Su maestría técnica y la elegancia cincelada cuidadosamente a través del coloquialismo le permiten narrar en un hermoso “cuento lírico” sus recuerdos. Emergen “Las islas”3 ante el estupor del lector, y el paisaje devenido agua, plaza, flores, casa…, culmina en la posesión de una mujer que le hace reflexionar: “(¿No es el recuerdo la impotencia del deseo?)”. Y este conflicto revela a un poeta caracterizado por el erotismo.
Supo, pues, regalarnos Cernuda bellos y magistrales versos dedicados al amor, al eros, a su patria, a sus amigos. Toda preocupación se tornó tema constante en sus poemas. Su manera de crear se volvió cercana, palpable y dejó impronta en escritores como José Lezama Lima y Cintio Vitier. Ambos asimilaron la herencia del escritor español hasta convertirla en trasfondo de calidad en sus poéticas. Lezama admiró tanto el pensamiento renovador de Cernuda, que le dedicó un ensayo en 1936. Y es que Luis Cernuda, con un “criterio histórico acusado”, estudió a la Generación del 25 ―como le llamaba― y formuló su propia “teoría poética”.
Sus huellas ―más allá de sus textos definidos por la dimensión del momento histórico o de su pensamiento poético―, sus marcas emotivas y armónicas, le hacen fácilmente distinguible entre sus contemporáneos. La espontaneidad de sus versos denota además el trabajo del escritor cuidadoso al escoger los vocablos, las palabras adecuadas a la simplicidad que propugnaba. La musicalidad y el ritmo de sus versos convergen también en la naturalidad de su palabra.
Poeta que detiene el tiempo, que nos adentra en sus imágenes de la realidad, como guiándonos ―y lanzándose él mismo― a un abismo con fin, es Cernuda. El despeñadero se abre ante nosotros, que nos arrojamos satisfechos de la sensibilidad del hombre que nos espera puramente en su fondo para decirnos: “No sé nada, no quiero nada, no espero nada”.
Notas:
1- “Impresión de destierro”, Las nubes, 1940.
2- “A un poeta futuro”, Como quien espera el alba, 1944..
3- Este poema pertenece al libro Vivir sin estar viviendo, 1949.